Se habla de la participación militar contra el delito en Argentina

La derecha espera lograr réditos

Hay opiniones adversas en su entorno porque es inevitable que se lea como un «giro a la derecha» en este asunto que conmueve a millones de argentinos, particularmente en el conurbano.

Pero Kirchner habló alguna vez con los suyos de esa eventualidad, antes de los dramáticos acontecimientos que desatara el asesinato del joven Axel Blumberg y que destapa la profunda corrupción policial que ya no es solo la bonaerense: en este caso puntual obligó al retiro de altos oficiales de la Policía Federal y el arresto, nada menos, que del jefe de la Brigada Antisecuestros comprometido de algún modo con la tragedia.

Los espectaculares anuncios de altos oficiales de la Policía Federal comprometidos en el caso Axel más que en línea de esclarecimiento parece una guerra interpolicial y entre las dos, el Servicio de Inteligencia del Estado y sectores judiciales. Suma de culpas y denuncias cruzadas que más que orientar, confunden.

No es improbable que en este cuadro de descomposición de las fuerzas de seguridad y en el nuevo escenario de que Kirchner reconoce que ya no impone la agenda pueda acelerar reagrupamientos derechistas. Las «acusaciones» de que el Gobierno esta influenciado por los Montoneros no es un gracioso juego de palabras.

El Presidente anunciará en días un nuevo Plan de Seguridad, cuyos mojones han sido ya colocados con los cambios en el gobierno bonaerense en el manejo de este tema específico y que incluirá la formación de una especie de FBI criolla, una nueva policía para el poblado conurbano, generalizar los juicios con jurados para acelerarlos, darles transparencia.

El plan de Pampuro dice en lo esencial que los militares aportarán material logístico y cuando entreguen helicópteros estos deberán ser conducidos por pilotos civiles. Varios cuarteles desafectados serán alquilados por algunas provincias para ampliar las instalaciones para procesados y condenados que crece tanto como el delito y que la mayor severidad de las penas no logra frenar.

El ministro pensó en desplazar gendarmes de las fronteras o del cuidado de las centrales nucleares a los centros urbanos y ellos serían reemplazados por efectivos militares. Pero las leyes actuales lo impiden.

Pampuro sondeo sus ideas entre dirigentes de derechos humanos o especialistas democráticos en cuestiones de seguridad y no encontró escollos. Si los expresan algunos legisladores amigos de Kirchner y el ministro del Interior, Aníbal Fernández. Aunque en ningún caso  juran–habrá militares patrullando calles. La idea que hay un regreso castrense pone en vilo al movimiento social, especialmente el de desocupados, por la creencia que vienen tiempos más duros para ellos como lo revelan acciones judiciales contra piqueteros.

En el gobierno enfatizan que no se violarán las disposiciones de las leyes de Defensa Nacional y de Seguridad Interior, dos mojones de política de Estado elaborados desde el regreso a las instituciones constitucionales en 1983 hasta hace poco, e incluso algunos organismos donde la ley prevé sillas para oficiales de las FF.AA. la legislación será modificada.

Con todo, se abre un debate porque algunos temen que sea como aquello de la muchacha que ha quedado «un poco embarazada».

Sea o no un proceso que acaba con un parto, la cuestión planteada sigue dejando pendiente tomar el toro por las astas en cuestión de seguridad, estos es que es una manera distinta de mirar la política, una forma diferente de razonar el poder.

Argentina esta ahora más cerca que nunca de Latinoamérica no solo por un análisis de conducción de los asuntos exteriores: la miseria llegó para quedarse por largo rato. Sin buscar revertirla, a largo plazo no hay una política de seguridad exitosa. Pero quebrar las complicidades en los grandes delitos de policías, magistrados, sistema penitenciario y caciques políticos que es la manera diferente de mirar el poder es la tarea posible ahora.

La designación de León Arslanián como ministro de Seguridad bonaerense fue presentada como con esa intención tanto por el gobernador Felipe Solá y por varios ministros. Kirchner lo santificó antes del episodio que lo llevó al hospital y amortiguará por varias semanas su trabajo.

Hay escepticismo. ¿Por qué esas dudas?. El hecho que a la asunción del ministro hayan cantado presente casi todos los intendentes del peronismo de los que se sospechan tiene vara alta en la designación de comisarios y de mantener relaciones impúdicas con ellos, obligan a ser cauteloso sobre la profundidad con que actúe el ministro.

Una señal más fuerte hubiera sido que en aquel sitial se hubiera designado al especialista Marcelo Saín, pero Eduardo Duhalde, mandamás del peronismo bonaerense, lo tiene vetado desde hace tiempo, cuando llegó a ser subsecretario de seguridad provincial e hizo el diagnóstico más preciso sobre las causas de la inseguridad que buscaba quebrar la coyunda político-policial-judicial. Fue acusado de izquierdista y lo echaron.

Arslanian es en definitiva el vértice de un acuerdo entre el Presidente y el ex gobernador que transita en Montevideo el camino del estadista. ¿Condiciona o no a Arslanian la bendición de Duhalde que en 1999 lo despidió de igual cargo por presiones del entonces ascendente Ruckauf?. De hecho, y mucho más allá de la subjetividad, Kirchner seguirá atento mientras deba acudir a Duhalde. Y todo plan destinado a apartar a los caciques suburbanos de la reorganización policial, puede frustrarse si el ex gobernador privilegia a su aparato político.

La irrupción en estos temas de Juan Carlos Blumberg, padre del muchacho asesinado, provoca controversias. Como todo fenómeno debe ser observado en su desarrollo, contradicciones y acciones, sin prejuicios.

El hecho que su discurso del 1 de abril haya pedido leyes más duras y que a su lado se colocaran peronistas de derecha como Carlos Ruckauf, que a la vez, impusieron su impronta en el Parlamento que aprobó una nueva legislación penal sin discutir el fondo del problema, generó suspicacias

Sin embargo ante una multitud este ingeniero textil pidió respetar la democracia y la gente, en gran mayoría, ni reclamó pena de muerte ni tampoco escuadrones de la muerte como comerciantes cariocas financiaron la «seguridad» de su ciudad. Más aún, Blumberg luego se despegó de esos laderos oportunistas, elogió la firmeza del Presidente, reclamó que comisarios y fiscales sean electos por el voto popular (una antigua aspiración democrática) y actúa como tábano para mantener despierto a los gobernantes en esto de poner a fondo el escalpelo dentro de las fuerzas policiales.

Es curioso como esta explosión Blumberg es analizada desde derecha a izquierda. Los primeros suponen que hay un reclamo antipolítico por falencias claras y que esa será la base social de un reagrupamiento a todas luces en camino del espacio más conservador, que alcanza desde menemistas a liberales. Serían (y más populosas) que las manifestaciones contra el terrorismo de Estado de los últimos tiempos, o sea, un fracaso presidencial.

Elisa Carrió le dijo a este diario que la movilización frente al Parlamento, (que se reiteran dónde hay una muerte cruel) «es un punto de inflexión» y debe ser mirada en su profundidad, como otra muestra de hartazgo de la sociedad que pudo haber tomado las calles como en diciembre del 2001, contra el «corralito» impuesto por Domingo Cavallo y Fernando de la Rúa, y «ahora reclama por sus hijos». En lo hondo de esos movimientos tumultuosos, cree, se va gestando una nueva República que entierre la política que hoy domina el peronismo con sus internas duras que serían un signo más de esa descomposición y alumbramiento.

Curiosamente el Partido Obrero (trosquista) equipara también la movilización por e
l llamado de Blumberg con lo que domina el «argentinazo» del 19 y 20 de diciembre del 2001, que acabó con el gobierno de la Alianza , pero a diferencia de la líder del ARI, se trata de tomar partido, impulsando luchas cada vez más confrontativas contra Kirchner y su plan de modernización del capitalismo.

En aquellos días, un sector del movimiento de izquierda y social creyó estar en los preludios de la revolución y su discurso ante el plan político del entonces presidente Duhalde se enroló en esa perspectiva con resultados electorales magros. Evaluar mal en una ocasión no quiere decir que el yerro sea repetible, pero parece desmesurado suponer que el efecto Blumberg suponga el anticipo de un giro radical.

Aparecen como más nítidas las expectativas que desde la derecha hacen del fenómeno, pero, a ellos le cae también el sayo, pueden estar mirando la forma y no el contenido de lo que esta ocurriendo.

Hay a todas luces una realidad: Kirchner adopta ahora el discurso de lo que se supone como de «moderación» después  dicen algunos analistas–del desborde verbal de su mensaje del 24 de marzo cuando en el aniversario del golpe de Estado de 1976, entregó los espacios de la Escuela Mecánica de la Armada para un Museo   faena que no será sencilla– hizo descolgar cuadros del Colegio Militar, uno de ellos el de Jorge Videla y pidió perdón a la sociedad por que la democracia no había enterrado la impunidad. Esa, la madre, claro, de la que hoy reina.

Aparentemente el Presidente mismo cree que entonces se fue de boca, aunque no reniega de esos pasos que para algunos ha sido el Punto Final de su prédica contra la impunidad donde se encuadran la derogación de normas de protección de crímenes en tiempos del terror y la recomposición de la Corte Suprema. Si esto fuera así   lo que no todos comparten–la presencia castrense con las limitaciones señaladas en los temas de seguridad, abrirían una nueva etapa en la relación de Kirchner con las FF.AA. que hasta ahora se mantuvo en el plano de la depuración de cuadros más que en la formulación de objetivos. Pero la última palabra no esta dicha todavía. *

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