Emocionado homenaje a las víctimas de Madrid
Las lágrimas del rey Juan Carlos y la reina Sofía simbolizaron el intenso dolor que se respiraba entre los familiares en la Catedral de La Almudena de Madrid, en cuya nave central se colocaron cerca de 500 familiares de las víctimas, al lado derecho del altar las personalidades extranjeras, y en el izquierdo las máximas autoridades españolas. En total, cerca de 1.300 personas.
Un gran lazo negro sobre fondo blanco colgaba de detrás del altar, donde 30 obispos co-oficiaron la misa junto al Arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, quien en su homilía contrapuso la «estrategia del amor a la estrategia del odio».
La mañana amaneció gris y lluviosa en Madrid y los alrededores de la Catedral, situada junto al Palacio Real, se encontraban «blindados» por la policía, en cuyos controles se iban presentando poco a poco los familiares de las víctimas para poder acceder a la iglesia.
Frente a ella, la boutique conmemorativa del enlace que la catedral acogerá el 22 de mayo entre Príncipe Felipe y Letizia Ortiz, cerraba sus puertas.
Los familiares de las víctimas que entraron en la catedral –un máximo de diez por víctima, por motivos de espacio, mientras que otros siguieron la ceremonia a través de pantallas colocadas en los alrededores– esperaron cerca de dos horas que se hicieron eternas a que entraran todas las autoridades.
La Familia Real –el rey, la reina, el Príncipe, su prometida, las infantas Elena y Cristina y sus cónyuges Jaime de Marichalar e Iñaki Urdangarín– recibieron a la entrada a los presidentes, jefes de Gobierno y miembros de casas reales, entre ellos el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, el británico Tony Blair, el francés Jacques Chirac, el alemán Gerhard Schroeder, el portugués Jorge Sampaio, Alberto de Mónaco, Mulay de Marruecos, hermano del rey Mohamed VI.
Los últimos en llegar a la catedral, minutos después de la hora del inicio de la ceremonia, fueron el Príncipe Carlos de Inglaterra, y el presidente italiano, Carlo Azeglio Ciampi.
Enfrente, se encontraban las máximas autoridades españolas: todos los miembros del gobierno en funciones de José María Aznar, quien ocupaba la primera fila junto a su esposa, Ana Botella, el futuro jefe del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, sentado al lado del líder del Partido Popular (PP) Mariano Rajoy, quienes charlaron afablemente.
También estaban numerosos líderes políticos, los ex presidentes Felipe González y Leopoldo Calvo Sotelo, presidentes de comunidades autónomas, representantes sindicales, empresariales y también militares.
La Familia Real hizo entrada en la catedral con el himno español de fondo y cuando las notas terminaron y Aznar se disponía a tomar asiento, se escuchó en la catedral la voz de un familiar que le increpó: «Señor Aznar, le hago responsable de la muerte de mi hijo».
«Le hago responsable de la muerte de mis dos hermanas», dijo una mujer.
Comenzó entonces la homilía: «A la vista de los atentados, tan terribles, de Madrid, sería lícita la siguiente glosa de este versículo de la primera carta de San Juan: el terrorista lleva en sí la semilla de la muerte eterna», dijo Rouco.
«Se han propuesto atacar y dañar profundamente la convivencia, concordia y la paz de los españoles y a la vez avanzar en la consecución de uno de sus más importantes objetivos: el de minar progresiva y aceleradamente las bases morales y espirituales sobre las que descansan nuestras sociedades y naciones de raíces cristianas», subrayó Rouco.
«Manteneos lejos de toda forma de nacionalismo exasperado, de racismo y de intolerancia», subrayó el arzobispo.
Frente a la solemnidad que mostraban los rostros de las autoridades, la humanidad la ponía el dolor de los cerca de 500 familiares de las 190 víctimas de 16 nacionalidades.
En el momento de la comunión, algunos familiares se acercaron a los reyes Juan Carlos y Sofía, que en un lugar preferente presidían la ceremonia, en busca de consuelo, ante lo que los monarcas les trataron de reconfortar y fue entonces cuando les saltaron las primeras lágrimas. La reina se las retiró con la mano. El rey sacó un pañuelo blanco.
El momento más emotivo se produjo al final de la homilía, cuando, rompiendo el protocolo, los ocho miembros de la familia real dedicaron media hora, recorriendo todos los bancos, a dar, uno a uno, un sentido y caluroso pésame a los familiares, a quienes les dedicaron besos, abrazos y palabras de consuelo.
Había quien se agarraba de forma desesperada a la mano de la reina, quien buscaba alivio en unas palabras del rey.
Los reyes no pudieron reprimir sus lágrimas, al igual que la infanta Cristina y su esposo, quienes fueron consolados por los príncipes de Jordania.
Las autoridades seguían en pie, a la espera de la salida de los reyes –como marca el protocolo– de la catedral. Aznar no se acercó a los familiares.
Los monarcas abandonaron el templo acompañados por el matrimonio Aznar, y en dos ocasiones que el rey extendió el brazo al jefe del Gobierno para despedirle, éste lo rechazó indicando con un gesto que se despidieran en la calle. Los líderes extranjeros fueron subiendo a sus respectivos coches oficiales, mientras que los familiares ya habían abandonado la catedral por otra puerta. *
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