Análisis internacional

De vuelta en la vieja Europa

«Resulta incontestable: la derrota de Partido Popular (PP) en los comicios españoles se debe a la capitulación del electorado ante el terrorismo». Esa es la diagnosis simplista de algunos observadores, sobretodo en los Estados Unidos. Solamente sirve de consuelo a Aznar y Rajoy, pero no le hace ningún favor a los intereses norteamericanos.

En una era dominada por las declaraciones televisivas de una sola línea, editoriales minúsculos, citas apresuradas al vuelo, nadie tiene tiempo de explorar más a fondo de la superficie la noticia. Hay que intentarlo.

Hay un hecho irrebatible: antes de la matanza de Madrid el PP aventajaba al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en las encuestas, pero no llegaba ni mucho menos a la mayoría absoluta. Reducir el vuelco a solamente las consecuencias del atentado y acusar a los electores que se decidieron por el PSOE de que dieron un cheque en blanco al terrorismo es tan inexacto como injusto, cuando no una falta de respeto condescendiente.

La votación del domingo 14 de marzo no fue un referéndum sobre el terrorismo: fue una opción entre dos partidos y dos actitudes ante la aventura de Irak. El panorama electoral español es, además, complejo y complicado.

Conviene delinear algunas de las numerosas causas secundarias, pero importantes, que en el trasfondo convencieron inexorablemente a miles de votantes a inclinar la balanza:

En primer lugar, los argumentos tenazmente esgrimidos por el PP acerca de la aparentemente espectacular mejora de la economía española se veían contrarrestados por el alto costo social de la desprotección de numerosos sectores en un mercado liberalizado. Curiosamente, este liberalismo fue puesto en marcha por el propio PSOE hace más de una década, pero no podía reconocerlo. Ante el elevado coste de la vivienda que la ponía fuera del alcance de los jóvenes (atrapados por empleos a tiempo parcial y con contratos cortos), un ministro de Aznar dijo que era cara «porque los españoles tenían mucho dinero en el bolsillo». Los que no lo tienen, naturalmente, esperaron a las elecciones.

Las aseveraciones del «España va bien», slogan preferido el PP, se contradecían por el clima generalizado de crispación política y social.

El consenso forjado hace un cuarto de siglo para aprobar la Constitución estaba hecho añicos, a merced de una oposición que clama por la reforma urgente de ciertos aspectos, y un gobierno que bajo la mayoría absoluta se negaba a hacerlo. Cualquier intento, moderado o audaz, de ampliar el sistema de autonomías era interpretado como anatema. No es una frase: se criminalizó, mediante proyecto de ley (censurado por la unanimidad de los juristas del país) la mera intención de presentar un referéndum para una hipotética independencia del País Vasco.

Cuando estalló la crisis derivada de la entrevista de Josep Lluís Carod Rovira, el dirigente del partido independentista catalán Ezquerra Republicana, con representantes de ETA, se paralelizó a todos los catalanes como cómplices del terrorismo. En aparente respuesta, los partidos catalanes, con excepción del PP, doblaron sus escaños en el Congreso.

La tranquilidad (¿arrogancia?) con que el PP encaró las elecciones contribuyó también a su caída. Y haber elegido a Rajoy, un candidato aburrido que no le hiciera sombra mediática, se ha convertido para Aznar en un boomerang fatal.

En el exterior se olvida que, al menos en gran parte de Europa, Bin Laden e Irak son dos fenómenos nítidamente diferentes. El electorado contemplaba estupefacto cómo, mientras se abría paso la autoría islámica del atentado en Madrid, el gobierno seguía insistiendo en la pista de ETA. En la misma víspera de las elecciones, ejercía un lobby desesperado sobre los corresponsales extranjeros en remachando la autoría de ETA. La Agencia oficial EFE insistía en un mismo aspecto.

España consiguió, para alarma de sus socios, aprobar una declaración en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas mencionando explícitamente a ETA, cuando la propia inteligencia española estaba segura en un 99% del radicalismo islámico.

Fue así que se pasó repentinamente a interpretar la maniobra del gobierno como manipulación y mentira. No fue un rechazo a la lucha antiterrorista, sino la máxima bíblica y tradicional del «no mentirás». Naturalmente está íntimamente unida a la única razón por la que Aznar justificó la aventura de Iraq: la existencia «incontestable» de las armas de destrucción masiva.

A Washington no le queda más opción que esperar la lógica consecuencia del cambio: oferta de colaboración por parte del gobierno del PSOE, en sintonía con los socios europeos que siguen contando en el entramado internacional (la «vieja Europa», adonde España regresa, por ser su contexto natural), lealtad sincera en la lucha conjunta contra el terrorismo internacional e interior. Es seguir exactamente donde España ha estado desde la transición: en la OTAN, en Bosnia, Kosovo, Centroamérica, la guerra del Golfo, y en Irak (¿por qué no?) en las condiciones adecuadas y con la verdadera UE detrás. *

(*) Joaquín Roy es catedrático ‘Jean Monnet’ y director del Centro de la Unión Europea en la Universidad de Miami.

«Servicio exclusivo en Uruguay para LA REPUBLICA»

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