Irak: la retirada es la antesala de la guerra civil
Con todo el respeto por los ciudadanos españoles que lloran sus muertos y han emitido sus votos, creo que, objetivamente, la posición del líder socialista José Luis Zapatero de retirarse de Irak, implica de hecho una victoria para Al Qaeda. Precisamente así la organización terrorista ha interpretado esa posición, que profusamente difunde y celebra a través de Internet y las televisiones árabes proclamando (con razón o sin ella): «Hemos vencido».
Muchos en Europa seguían pensado que el terrorismo era, casi exclusivamente, un problema entre árabes y estadounidenses y que estos últimos, en algún modo «se lo han buscado». Ahora tienen la prueba irrefutable de que Al Qaeda representa una amenaza real también para nosotros, pues se trata de una organización que opera a escala global y de acuerdo con una agenda política que lejos de ser secreta, es anunciada, predicada y desplegada.
Si hoy todavía alguien piensa que estas son obras de «cuatro beduinos» o que puede estar más seguro encerrado en su casa, en la mejor de las hipótesis es un ingenuo y por cierto no ha entendido lo que está en juego en esta dramática guerra en curso.
Basta leer la lista de las matanzas de los dos últimos años –Nueva York, Balí, Estambul, Riad, Casablanca, Bagdad, Nasiriya, Karbala, ahora Madrid–, que se agregan a las precedentes (Nairobi, Dar Es Salaam, etcétera) para advertir la dimensión del reto. Y no puede servir de excusa la enumeración de los errores reales o presuntos cometidos por algunos de los protagonistas de este drama en los últimos meses.
El problema es uno solo: ¿qué debemos hacer ahora? ¿Preparar las maletas? Si esa es la respuesta, significa abandonar una vez más a los iraquíes y dejarlos sumidos en una violenta guerra civil, con repercusiones inimaginables en toda la región y el mundo.
Sería realmente oportuno que los occidentales comprendamos que no somos los únicos protagonistas y árbitros del mundo, y que cada palabra que pronunciamos es traducida, escuchada, interpretada y repetida, hora tras hora, por 220 millones de árabes o musulmanes.
Involuntariamente –estoy segura– algunos líderes de la izquierda europea han declarado: «Nuestra línea es la misma de Zapatero». Quizás no han advertido cómo este anuncio puede ser leído e interpretado por los mismos terroristas. (No por casualidad el candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, John Kerry, intervino de inmediato para criticar esa posición.) Pero si pensamos un momento, la adivinanza no es difícil: otros atentados más, contra organizaciones internacionales o regionales, civiles o militares, árabes, norteamericanos o europeos de Estados o gobiernos escogidos con gran precisión táctica y «política» para esparcir el terror, para aterrorizarnos y convertirnos a todos en rehenes y prisioneros.
Por ello, un compromiso electoral del candidato socialista a la presidencia de España, convertido inesperadamente en programa de gobierno, no debe dar lugar a una orden de retirada que puede hacerle el juego a los estrategas de Al Qaeda.
No todos somos Zapateros. No debemos serlo ni podemos estar (o parecer que estamos) al servicio de Bin Laden y de su explícita agenda política.
Como militante radical he luchado desde el comienzo para que se otorgase un papel en el conflicto iraquí a las Naciones Unidas y para que se tratase de evitar el pasaje a la fase bélica por medios diplomáticos, mediante una propuesta para forzar a Saddam Hussein al exilio, que en otros casos (pienso por ejemplo en Liberia) probó ser concreta y racional.
En un contexto más amplio, nuestro proyecto para una Organización Mundial de la Democracia implica una reforma de las Naciones Unidas orientada a restaurar el espíritu y la letra de la carta fundacional de la ONU.
Pero en las circunstancias actuales es necesario decir claramente que, después de las divisiones en el Consejo de Seguridad de la ONU y de los atentados terroristas que segaron la vida de los más altos funcionarios de la ONU en Bagdad, un llamamiento a la ONU puede servir de coartada retórica si no está acompañado por un reclamo categórico a los países que continúan mirando la escena desde la ventana y a los mismos países árabes para que se decidan a asumir responsabilidades claras, pesadas y serias en el teatro iraquí.
En resumen: al contrario de los Zapateros, la respuesta adecuada debe ser «vayamos todos a Bagdad» con la determinación de participar efectivamente en la lucha contra el terrorismo. Sólo de este modo pueden adquirir sentido y concreción los llamamientos a la ONU y/o a la OTAN como expresiones de responsabilidad compartida.
Por último, abandonar a los iraquíes (como a los chechenos y ayer a los bosniacos y a tantos otros) cuando más nos necesitan, en un momento tan decisivo para su futuro, nada tiene de noble. No es un comportamiento del que los demócratas podamos sentirnos orgullosos. *
(*) Emma Bonino, diputada en el Parlamento Europeo y dirigente del Partido Radical Transnacional. (Exclusivo IPS).
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