Diez explosivos estallaron en cuatro trenes colmados de pasajeros en cercanías de Madrid

Un "11 de setiembre español"

La cadena de atentados y la magnitud de la masacre llevó a dirigentes locales a hablar de un «11 de setiembre español», en referencia a los ataques de 2001 contra Estados Unidos.

El gobierno acusó de inmediato al grupo independentista vasco a pesar de que no hubo en principio reivindicación y aunque el brazo político de esa organización, Batasuna, descartó que ETA sea responsable de la acción, y señaló a la «resistencia árabe» como posible autora de los atentados.

El gobierno español rechazó con ira esa posibilidad y la atribuyó a intenciones maliciosas, aunque fuentes de inteligencia estadounidenses tomaban en cuenta la hipótesis de un ataque de grupos islámicos, a raíz de la alianza de Madrid con Estados Unidos y su participación en la ocupación de Irak. Varias horas después de la acusación oficial a ETA, el gobierno debió reconocer que no puede descartar ninguna posibilidad, mucho más teniendo en cuenta el hallazgo de «una cinta en árabe con versículos del Corán» en una furgoneta encontrada por la policía en la zona de los atentados, y en la que había además siete detonadores.

«El 11 de marzo ocupa ya un día en la historia de la infamia de España», afirmó el premier, José María Aznar.

España quedó paralizada: la campaña electoral de los comicios del domingo fue suspendida por todos los partidos políticos y Aznar decretó tres días de luto nacional.

En tanto, miles de personas condenaron los atentados de forma espontánea en las plazas del país y otras muchas hicieron filas para donar sangre ante el llamamiento de las autoridades sanitarias. Los ataques fueron perpetrados a la hora «pico», las 7.30 locales (6.30 GMT), cuando diez explosiones casi simultáneas y sin previo aviso –al contrario de lo que siempre hace ETA– se registraron en cuatro trenes que cubrían la línea de cercanías Alcalá de Henares (noreste)–Madrid.

Tres de las detonaciones ocurrieron en un tren que se encontraba en la estación de Atocha; cuatro en otro tren en la cercana calle Téllez; otra en un tercer tren en la estación de Santa Eugenia (ciudad dormitorio); y dos en un cuarto convoy que se encontraba en El Pozo del Tío Raimundo, zona popular situada en el sureste de Madrid que en los años 50 acogió a numerosos inmigrantes procedentes de Extremadura.

Dos hombres, según la policía, fueron vistos subir y bajar varias veces de los cuatro trenes cuando se encontraban parados en Alcalá de Henares y que partieron con un intervalo de cinco minutos hacia Atocha, recorrido que les demanda 25 minutos.

Los autores de la matanza colocaron en las vías asientos y portaequipajes, 13 mochilas con cerca de 15 kilos cada una de titadine y dinamita –los explosivos que usa habitualmente ETA, según dijo el Ministerio del Interior– con temporizadores para hacerlos estallar.

Diez mochilas estallaron mientras otras tres, preparadas para atentar después, cuando los servicios sanitarios realizaran sus labores, no lo hicieron y la policía las detonó bajo su control.

Fuentes judiciales informaron que los autores del atentado pretendían hacer volar la estación de Atocha, haciendo estallar allí al mismo tiempo dos de los trenes, pero el retraso de dos minutos de uno de ellos, y el fallo de la bomba colocada en la cabecera de otro (que sí tuvo explosiones en el centro y en la cola) evitaron una tragedia aun mayor, pues la estación estaba atestada de gente.

Las explosiones causaron escenas dantescas, relataron los testigos: los vagones quedaron reducidos a amasijos de hierro y en su interior, cuerpos calcinados y el único sonido de teléfonos móviles que no encontraban respuesta.

Por los alrededores se podían ver grupos de personas ensangrentadas que corrían hacia los servicios sanitarios, que montaron hospitales de campaña.

Las ambulancias trabajaban a destajo y muchos heridos fueron trasladados en taxis y autobuses, mientras que los bancos de las plazas fueron usados como camillas.

Tras el trasiego de camillas, comenzó el de las bolsas negras con cadáveres: a los servicios de urgencia les tomó diez horas retirarlos de los trenes atacados.

Los hospitales madrileños quedaron colapsados y allí se sucedieron escenas de angustia de los familiares de las víctimas.

Los fallecidos fueron trasladados a uno de los pabellones de un recinto ferial convertido en morgue. Aznar dijo a la nación que «sólo con firmeza lograremos que acaben los atentados. Les derrotaremos. Lograremos acabar con la banda terrorista. Los criminales serán detenidos, serán juzgados y condenados. Cumplirán íntegramente sus condenas», declaró Aznar, de luto, culpando indirectamente a ETA pero sin nombrarla.

Poco antes, el Ministerio del Interior, Angel Acebes, había dicho que «no hay duda de la autoría de ETA. Lo había intentado en cuatro ocasiones y desgraciadamente, en esta ocasión, ha conseguido su objetivo». Sin embargo, debió admitir que ningún grupo reivindicó la acción y que no había comprobación alguna sobre los explosivos usados.

Acebes dijo que es «intolerable cualquier tipo de intoxicación, como la que ha hecho Arnaldo Otegi», portavoz de Batasuna, quien había declarado: «no contemplo ni como mera hipótesis que ETA sea la autora de los atentados de Madrid porque no es en absoluto el modus operandi de esta organización, pues siempre ha avisado de la colocación de explosivos» y lo atribuyó a «un sector operativo de sectores de la resistencia árabe». Ya avanzada la noche, cuando el país no salía del estupor, se conoció la noticia del hallazgo de la furgoneta con versículos del Corán y detonadores. El ministro Acebes corrigió entonces sus declaraciones iniciales. Habló de que no se podía descartar ninguna hipótesis aunque, insistió, la línea principal de investigación se refiere a ETA. *

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