El "viejo león" sirio
Damasco, ANSA
Hafez el Assad, fallecido ayer a la edad de setenta años, gobernó a Siria con puño de hierro y una clara visión histórica durante casi treinta años, desde el golpe de Estado que dirigió en 1970, y fue uno de los líderes más importantes de la «línea dura» contra Israel y los países árabes más moderados, con el apoyo de Rusia.
Irónicamente, Assad murió poco después del humillante retiro israelí del sur del Líbano, un triunfo para su línea de firmeza y su alianza estratégica con Irán, que paradójicamente llevó a su reacercamiento con el Occidente en 1991, cuando Siria apoyó a los aliados antiiraquíes en la Guerra del Golfo.
Bautizado «hombre de los mil rostros» por el ex secretario de Estado norteamericano Warren Christopher, a causa de sus imprevisibles maniobras en el campo minado de las alianzas del Medio Oriente, Assad apoyó tanto al Hezbolá filoiraní del Líbano como al PKK del kurdo Abdullah Ocalán en Turquía.
El «viejo león» sirio (Assad en árabe quiere decir león), conocido por sus habilidades de estratega internacional, logró pues transformar a su país como un verdadero poder regional, imponiéndolo a Líbano, Irak, Turquía y sobre todo Israel, el «enemigo número uno» que desde 1967 ocupa el territorio sirio de las Alturas del Golán.
Assad, como muchos líderes de su generación en el mundo árabe, formaba parte de las Fuerzas Armadas –fue piloto y oficial antes de volverse general– y militante nacionalista, en su caso del Baas, partido panárabe de inspiración socialista al que irónicamente pertenecía también Saddam Hussein.
Nacido en 1930 en Kardaha, en el norte de Siria, Assad pertenecía a los alauitas, secta chiíta minoritaria en su país, y estudió en la escuela militar de Horns y en Egipto, antes de participar en el golpe de marzo de 1963, organizado por el Baas y de imponer su poder personal en noviembre de 1970, a los 40 años, luego de una serie de peleas entre jerarcas militares.
A pesar de la derrota contra Israel en la guerra de 1973, el papel de Assad en la imposición de la «paz siria» en el Líbano, con la presencia de decenas de miles de sus soldados en el vecino país, lo volvieron un interlocutor inevitable en la región, pero le granjearon también muchas antipatías en el mundo árabe, especialmente entre los palestinos.
Humillado por los israelíes en el Líbano en 1982 y amenazado por la revuelta interna de los Hermanos Musulmanes –que ahogó en sangre en 1982 con la matanza de Hama– Assad comenzó a mostrar los síntomas de la diabetes que lo iría debilitando en los años siguientes. Aun así, el hombre fuerte de Damasco logró sobrevivir al derrumbe del campo socialista, volviendo más liviano el control estatal de la economía, abriéndola a los inversores extranjeros, y dando comienzo a una vasta campaña nacional de lucha contra la corrupción, que según observadores extranjeros aún tiene que seguir adelante tras su muerte.
Assad había preparado la sucesión de la presidencia para su hijo mayor, Basil, quien sin embargo murió en un accidente automovilístico en enero de 1994. Desde entonces, el delfín designado es su hijo menor, Bashar, cirujano oculista considerado más moderado que su padre.
Durante el gobierno del laborista Isaac Rabin, Siria había definido un acuerdo verbal que preveía el retiro israelí del Golán a cambio de un acuerdo de paz duradera, pero la victoria electoral del conservador Benyamin Netanyahu en 1996 hizo fracasar esta hipótesis de acuerdo. El retiro israelí del sur del Líbano, llevado a cabo en las semanas pasadas, deja ahora abierta la puerta para que Siria –el único país vecino de Israel aún en estado de guerra con Jerusalén– logre definir un acuerdo con el país limítrofe.
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