Un encuentro simbólico de las dos Coreas

La cumbre en el paralelo 38

Pekín, ANSA

En Pyongyang, fue movilizado gran número de voluntarios para limpiar las grandes avenidas sin automóviles de la capital y dar un toque de modernidad al pequeño aeropuerto en el que el lunes aterrizará el presidente de Corea del sur Kim Dae Jung.

La del lunes es la primera cumbre intercoreana desde que los dos países fueron separados hace 55 años.

En la capital del sur, Seúl, la gente se toma fotografías llevando en el rostro las máscaras de Kim Il Sung y Kim Jong Il, padre e hijo de la dinastía comunista que ejerce el poder en Corea del Norte desde 1948.

También se venden muy bien las camisetas y las muqueñitas conmemorativas del acontecimiento político más importante ocurrido en la península desde el armisticio de la Guerra de Corea (1950-53), hace 47 años.

Kim Dae Jung llegará el lunes a Pyongyang con una delegación de 130 personas, entre las cuales habrá al menos tres ministros y la primera dama Lee Hee Ho.

En Pyongyang, el presidente surcoreano mantendrá dos o quizás tres encuentros privados con el más desconocido e inasequible líder Kim Jong Il, quien desde 1994 está en el poder en Corea del Norte.

En el sur, sin embargo, las autoridades mantienen una prudente cautela, intentando limitar las esperanzas excesivas.

En efecto, el presidente Kim Dae Jung afirmó: «Prefiero intentar obtener hoy algo sobre lo que ambos estamos de acuerdo y aplazar los motivos de desacuerdo para una segunda o tercera cumbre».

En el norte, el «gran dirigente» Kim Jong Il calla, como hace casi siempre, pero el diario del Partido de los Trabajadores, el Rodong Sinmun, escribió el jueves que lo esencial para cada país es mantener la independencia, si se quiere «evitar el yugo del colonialismo y de la esclavitud». Uno de los principales puntos de acuerdo está en el desarrollo de la cooperación económica. El norte lo desea porque se está muriendo de hambre tras cinco años de carestía y el fin de las ayudas después del hundimiento de la Unión Soviética.

Y el sur también lo quiere porque teme que se produzca la ruina del régimen comunista y una reunificación forzada que conllevaría costos estimados en 22.000 millones de dólares al año hasta el 2010.

Una cuestión más compleja es la que se refiere a un acuerdo sobre los diez millones de familias que están separadas desde hace cincuenta años por el paralelo 38, que divide en dos la península coreana.

Corea del Sur y Corea del Norte están en total desacuerdo, en cambio, sobre la presencia en el sur de 37.000 soldados de las fuerzas norteamericanas, que para Pyongyang representan el odiado «imperialismo» y que cada día es condenado por los norcoreanos.

Cualesquiera que sean los resultados concretos inmediatos o futuros de la cumbre, la fotografía de los dos Kim dándose la mano es ya de por sí exitosa.

Se trata además de una victoria personal para los dos líderes, que a pesar de tener el mismo apellido Kim, muy común en Corea, no están emparentados.

Para el presidente surcoreano es una victoria importante, sobre todo después de la reciente derrota electoral sufrida por su partido en las elecciones y para el presidente norcoreano lo es también porque en sus manos está el destino de 22 millones de personas a las que falta casi todo: arroz, petróleo, electricidad, medicinas.

Dos días de cumbre no lograrán derrumbar la desconfianza y las sospechas alimentadas durante años por la propanda de los dos régímenes, que describieron al adversario como a un demonio.

Pero cuando el próximo miércoles el cortejo del presidente Kim Dae Jung al volver de la cumbre cruce en coche la última frontera de la Guerra Fría en Panmunjom, la tensión debería haber disminuido en la península coreana, que hasta ahora estaba considerada como uno de los lugares con más riesgo de conflicto en el mundo.

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