Comenzaron a "cultivar" microchips como perlas
Paolino Accolla
Un equipo de investigadores de Texas abrió el camino a una nueva generación de microchips en superminiatura, explotando la tendencia de las proteínas y de los cristales a adherirse de manera espontánea y ordenada como hacen los moluscos bivalvos que producen la perla.
«Es el primer paso de alcance tecnológico para la integración de moléculas orgánicas e inorgánicas», dice Angela Belcher, de la Universidad de Texas, de Austin.
La investigadora ilustró de este modo, en la revista Nature, un estudio sobre la posibilidad de realizar circuitos integrados a partir de péptidos –los precursores de las proteínas– y cristales de silicio, los compuestos más comúnmente utilizados en los microchips.
La idea principal es utilizar la capacidad de estos péptidos de unirse a los cristales catalizando el alineamiento de más cristales en una estructura continua y homogénea, como ocurre en los moluscos bivalvos.
En ellos, al unirse a un cristal de carbonato o de fosfato de calcio, las proteínas inducen el desarrollo de columnas de cristales, perfectamente visibles como las estrías de la perla.
Si de un lado se define el estudio como «un gran cambio en el campo de la «nanotecnología», anticipando microprocesadores cada vea más pequeños, Belcher no vacila en imaginar un mundo en que pronto ellos se podrán implantar en las células nerviosas para obviar daños neurológicos.
Para individualizar las moléculas con las que trabajar, Belcher y sus colegas seleccionaron centenares de millones de virus, cada uno de los cuales individualizado sobre la membrana externa de un péptido distinto que sirve al microorganismo para aferrarse a las paredes de las células a modificar.
Colocado cada uno de ellos en un ambiente rico en cristales de materiales semiconductores, fueron individualizados los virus que se aferraban a los cristales con más fuerza.
Su péptido fue aislado y el experimento repetido, constatando que incluso el péptido solo se unía férreamente al cristal y hacía de catalizador para el crecimiento de una estructura compleja con la formación de otros cristales.
Nacen así materiales «biocompuestos» que pueden servir como «ladrillos para la construcción de una nueva generación de complejas y sofisticadas estructuras electrónicas».
Para comprender mejor, basta con pensar que el microprocesador Intel III, el más utilizado en las computadoras de última generación, entre sus 28 millones de transistores, tiene conexiones de 180 nanómetros.
Un nanómetro es una millonésima parte de un metro, que para el 2005 la ciencia prevé llevar a 100.
Los péptidos utilizados en el estudio por Belcher y sus colegas son en cambio de unos 15 nanómetros aproximadamente.
Les toca ahora a los técnicos resolver el nada fácil problema de cómo producir matrices de circuito que pueden contener conexiones tan pequeñas.
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