La mistificación ideológica de Berlín
El término no se utilizó en el comunicado final, sin duda por la ausencia de Tony Blair, el difusor de la fórmula creada por el jefe de la London School of Economies, Anthony Giddens, al cual el canciller germano le introdujo la variante de «nuevo centro». Pero a defecto de las palabras, el concepto impregna el documento, que se limita a enumerar los problemas archiconocidos, sin ningún atisbo de solución. Mejor dicho: plantean profundizar la política económica culpable de la enorme disparidad del mundo de hoy.
Un americano en Lisboa (y Aquisgrán)
En este caso sí hemos de coincidir con Alain Touraine, quien definió la «tercera vía» como una «variante neoliberal» que de ningún modo representa «una hipótesis intermedia entre el mercado y la socialdemocracia».
Clinton sostuvo una reunión previa cerca de Lisboa con la presidencia de la Unión Europea y recibió el Premio Carlomagno en la ciudad renana de Aquisgrán (Aachen en alemán, Aix-la Chapelle en francés), considerándosele «un europeo». Sólo dos norteamericanos le precedieron en este galardón, y el primero fue el general George Marshall, que dio su nombre al plan para la reconstrucción europea tras la II Guerra Mundial, cuyo objetivo primordial –según se reconoció sin tapujos años más tarde– era evitar que los comunistas llegaran al poder, principalmente en Francia y en Italia, en andas del prestigio ganado por su participación en la lucha antifascista.
El activismo europeo de Clinton se evidenció en la masacre perpetrada en Kosovo por la OTAN, que llevó a la rastra a los gobiernos socialdemócratas europeos y que ubicó a la alianza militar capitaneada por EEUU en el centro de Europa, con posibilidades de expansión hacia el este, siempre bajo mando USA. El presidente dijo en Aquisgrán que la intervención en Kosovo fue «uno de los mejores momentos de la Alianza». Ahora se propuso además embarcar a Europa en su proyecto de escudo antisimiles (en el marco de la antigua «guerra de las galaxias» reaganiana), enfrentando la resistencia notoria a una aceleración de la carrera armamentista.
Tercera vía, vía muerta
El País de Madrid opina que «Clinton está dejando una impronta ideológica en el viejo continente. Llámese tercera vía, nuevo centro o como se quiera, la modernización del pensamiento y la política socialdemócrata y liberal en Europa se ha inspirado en muchas de las propuestas desarrolladas por su Administración». Esto se vio en las anteriores reuniones del grupo, que se iniciaron en 1998 en Nueva York, prosiguieron en 1999 en Florencia y reunieron ahora en Berlín a 14 gobernantes de cuatro continentes (de Alemania, Francia, Italia, Portugal, Holanda, Grecia y Suecia, de EEUU, Canadá, Argentina, Brasil y Chile, Sudáfrica, y una única mujer, la primera ministra de Nueva Zelanda, Helen Clark).
La pregunta es: ¿pueden fungir como de centro-izquierda, socialdemócratas, «progresistas» y «modernos» (como proclamaba el lema de la reunión) gobiernos como el de Clinton o el de Cardoso?
En Inglaterra, la alcaldía de Londres fue conquistado en forma arrasadora por Ken Kivingstone en oposición abierta a la política de Blair y proclamando que «los mercados financieros internacionales han matado más personas que Hitler».
En Alemania, Oskar Lafontaine se viene oponiendo a la política de Gerhard Schröder (el otro adalid del «nuevo centro») y proclama que no conduce a ningún lado «en la medida que acepta la dominación de los mercados financieros».
En última instancia, es a éstos que rinde pleitesía la declaración final, más allá de unas fórmulas huecas acerca del desempleo y de que «la distribución de la riqueza se ha vuelto aún más injusta», cosa que ya ni siquiera el FMI y el BM niegan.
Pero lo que se ha pretendido en este gran operativo publicitario es borrar las fronteras entre las posiciones izquierdistas y de centroizquierda, de contenido general progresista, y las de supeditación a las prácticas corrosivas de los organismos financieros internacionales.
¿Y quién controla al FMI?
Un pasaje característico de la declaración final señala que hace falta «mayores controles de parte de las instituciones financieras internacionales».
Pero la cosa es al revés: lo que realmente hace falta es un mayor control de la sociedad sobre el FMI y consortes, más aún, una remodelación total de dichos organismos, que llevan la batuta en todo el mundo y cuyas políticas han llevado a las tremendas crisis económicas (de México a Rusia, del sudeste asiático a Brasil) y a la acentuación de la desigualdad entre los países ricos y los países pobres, entre la gente rica y la gente pobre no sólo en los países en desarrollo sino también en el mundo desarrollado, incluido Estados Unidos y demás integrantes del G-7 o los 28 miembros de la OCDE.
El reciente informe del PNUD sobre Desarrollo Humano 1999 revela los extremos abismales de la desigualdad en el mundo. Las dramáticas condiciones de sobrevivencia de miles de millones de seres muestran los resultados concretos de la orientación impuesta por el FMI y el BM. Por sus frutos los conoceréis. Volveremos sobre el punto.
Lafontaine vs Schröder
No es unánime la opinión de la socialdemocracia europea respecto a dichos temas, ya que Lionel Jospin, por ejemplo, se ha negado a dejarse uncir a ese carro, a pesar de la tenacidad de la dupla Blair-Schröder. Por otra parte, la oposición de una figura tan representativa como el ex presidente del SPD y ex ministro de Finanzas alemán, Oskar Lafontaine, gravita en el debate de ideas contra esta variante del «pensamiento único» que se pretende contrabandear con otro envoltorio.
Su libro «El corazón late a la izquierda», objeto de un virtual relanzamiento en su versión española, ya había conmovido a Alemania a partir de su presentación en la Feria del Libro de Frankfurt, en octubre pasado, con su afirmación de que la tercera vía implica una adaptación a las condiciones impuestas por los mercados y la globalización «que contradice las tradiciones europeas y los principios de la socialdemocracia».
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