"Vengo porque no me queda otra opción, tengo una familia que alimentar. Ahora espero tener un sueldo"

Ex miembros del partido Baas de Saddam reniegan de su pasado

El aspecto de esos hombres anónimos, sin uniforme, que esperan pacientemente en los fangosos caminos de la academia de policía de Mosul, no hace pensar que hayan sido importantes oficiales del ejército y de los servicios secretos de Saddam Hussein.

Van pasando en grupos a una habitación en la que unos sonrientes soldados estadounidenses les hacen firmar el documento en el que repudian al partido panárabe Baas, en el poder durante el desaparecido régimen.

Bajo la pancarta de «Welcome» (bienvenidos), con música de fondo, se sirven refrescos y pasteles. Un ambiente jovial que contrasta con lo que han ido a hacer allí esos hombres: renunciar públicamente a su pasado.

«Juro ante Dios proteger y reconstruir el nuevo Irak. Declaro ante todos que ya no tengo nada que ver con el partido Baas y que no volveré a unirme a él nunca más.

Ahora soy independiente (…) Dios es testigo de mi compromiso». En pie, con la mano derecha en alto, prestan juramento solemne antes de salir de la habitación y dar paso al siguiente grupo.

Todos dicen tener la impresión de que «algo ha terminado». «El Baas está acabado y no volverá jamás. No lo siento», explica Taha al Zibari, ex coronel del ejército.

«Somos ciudadanos iraquíes. Antes servíamos a nuestro país, ahora también lo haremos», dice Fahrán Mahmud, ex oficial convertido en taxista cuando el administrador estadounidense, Paul Bremer, disolvió el ejército en mayo de 2003. Y es que la mayoría de esos hombres, que ocuparon cargos importantes en el Baas, no han percibido salario alguno desde hace siete meses y, debido a la política de depuración, se les prohibe trabajar en la administración.

«No les hemos prometido trabajo pero esta renuncia les permite volver a empezar», dice el comandante Hugh Cate, de la 101 división aerotransportada.

«No se puede excluir de la vida civil a una gran parte de la población sin repercusiones negativas. Es muy importante para ellos sentirse de nuevo incluidos en el futuro», insiste el teniente Strauss Scantlin, mientras el representante del gobernador de Mosul, Idriss al Barazanchi, felicita a esos hombres por su «valor» y habla de un proceso de «reconciliación nacional». Para el teniente Scantlin, «la mayoría de estos hombres son sinceros cuando condenan el Baas».

Pero muchos sólo lo hacen por pragmatismo.

«La situación ha cambiado, tenemos que aceptarlo. Y a mi edad, sin salario, sin empleo, ya no soy nada. Es cruel pero es así», suspira un ex coronel que no quiere dar su nombre.

«Yo sólo quiero vivir en paz. Nosotros los baasistas nos hemos convertido en los enemigos preferidos de los demás partidos, muchos nos odian y quieren vengarse. Espero que con este certificado, dejen de molestarme», explica Ahmad al Musaui, llegado de Rabeaa, a 70 km de Mosul.

Sólo algunos se atreven a decir que creyeron en el Baas, como Sami. «Me afilié a ese partido voluntariamente, era un partido nacionalista y creía en él. Esta mañana vengo porque no me queda otra opción, tengo una familia que alimentar. ¿Ahora? Ahora espero tener un sueldo», dice. *

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