Una nueva Europa de 450 millones de consumidores
El 22 de enero se inició la recta final de un proceso lanzado a comienzos de los años 90 sobre los escombros del Muro de Berlín.
Tras algunas dudas, los europeos apostaron finalmente por unificar su continente con una expansión sin precedentes hacia el Este.
Se trataba entonces de ayudar a países que durante décadas estuvieron detrás del denominado Telón de Acero y ofrecer a sus democracias incipientes una perspectiva clara en las reformas colosales que debían realizar para acercarse a sus vecinos del Oeste.
Los europeos temían la inestabilidad potencial de una amplia zona comprendida entre la actual UE de los Quince y Rusia.
La forma de prevenirlo era sumando a esas naciones que arrastraban un retraso considerable, particularmente en lo económico.
La UE abrirá sus puertas a Hungría, la República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, los tres países bálticos (Lituania, Letonia, Estonia) que aún formaban parte de la Unión Soviética hace menos de 15 años, así como a dos islas mediterráneas, Chipre y Malta. Rumania y Bulgaria se sumarán en el 2007, según lo acordado en la última cumbre de jefes de Estado.
La UE ampliada será el tercer conjunto de población del mundo detrás de China e India, con unos 450 millones de habitantes y consumidores.
Un bloque, con un euro fuerte y compitiendo con el dólar, y con acuerdos políticos, económicos y comerciales en todos los continentes.
Las negociaciones de ingreso con los diez nuevos comenzaron entre 1998 y 2000. Los países candidatos incluyeron desde entonces a marchas forzadas en su legislación nacional «la experiencia comunitaria», es decir la amplia reglamentación de la UE.
La tarea fue enorme, sobre todo para los ocho de Europa oriental, que acababan de salir de una economía totalmente estatizada.
Las conversaciones culminaron en diciembre de 2002 en la cumbre de Copenhague, donde también se fijó la factura de la ampliación: 27.500 millones de euros netos para los Quince entre 2004 y 2006, es decir menos de 25 euros anuales para cada uno de sus habitantes.
El tratado de adhesión se firmó en Atenas el 16 de abril de 2003 y ya ha sido ratificado por los Estados miembros.
Pero se perfilan muchas incertidumbres para los inicios de la UE ampliada, sobre todo en el ámbito institucional.
Los europeos no lograron entenderse en diciembre pasado sobre un proyecto de Constitución común que muchos consideran imprescindible para evitar la parálisis y ahora esperan llegar a un acuerdo sobre el texto antes del final de 2004.
El fracaso de la cumbre de Bruselas reactivó además las especulaciones sobre una Europa «a dos velocidades», donde algunos países avanzarían más rápidamente que otros en el camino de la integración.
Los detractores de dicha perspectiva denuncian una amenaza a la cohesión del nuevo conjunto.
El punto muerto institucional puede también reflejarse en las próximas negociaciones para decidir el futuro presupuesto de la UE (2007-2013), en las que se prevén feroces regateos sobre el reparto de las ayudas comunitarias. *
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