El neoliberalismo pasó de moda

Sostengo desde hace tiempo que el neoliberalismo, tan de moda hace pocos años, es una doctrina económica que está dando muestras de agotamiento. Es un hecho que no ha sido capaz de resolver los problemas cruciales del mundo actual.

Tanto en Estados Unidos  motor de la economía global  como en Europa o Japón y especialmente en los países emergentes, la sacralización del mercado, tal como fue practicada en las décadas finales del siglo pasado dio lo que tenía que dar, hundiendo al mundo en lo que el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz describe como «la primera gran crisis planetaria de la globalización».

En la Unión Europea las consecuencias fueron igualmente desastrosas, con el añadido de que los partidos socialdemócratas en el gobierno  en once de los quince países miembro  al no haber conseguido aplicar, por incapacidad o falta de coraje político, las políticas sociales que constaban en sus programas, se dejaron influir por las teorías neoliberales de inspiración anglo-americana. De esta manera, en muchos casos acabaron por entregar el poder a la derecha. Se trató de una oportunidad perdida cuya crítica debe ser hecha con rigor y asumida si estos partidos  que se proclaman de izquierda  aspiran a volver al poder en nuevas elecciones.

Es cierto que durante su gobierno el presidente Clinton consiguió un buen resultado económico en Estados Unidos, que incluyó una drástica reducción del déficit fiscal. El estaba convencido  pero creo que ya no lo estará  de que la apertura de los mercados, sin más, conduciría necesariamente a la eficacia y a la prosperidad. Recuerdo que le escuché decir que en diez o quince años la globalización terminaría con la pobreza en el mundo. Sucedió lo contrario, sobre todo en el Tercer Mundo, como hoy todos admiten.

En efecto, el libre mercado, al ignorar el papel regulador que le corresponde al Estado lleva a injusticias sociales profundas, cierra los ojos sistemáticamente ante las exigencias ecológicas que hoy son irrecusables y en, esta fase del capitalismo especulativo en la que nos encontramos, ha dado lugar a graves vicios de los que son ejemplos poco edificantes los escándalos de Enron, Vivendi y otros.

Por ello Stiglitz considera indispensable establecer un «equilibrio entre el mercado y el Estado, basado en los valores de la justicia social y la igualdad de oportunidades, y que otorgue la prioridad a la creación de empleo». Se trata de valorizar la política y el papel del Estado, junto con el derecho del ciudadano a la información, en relación a las exigencias de la economía.

George W. Bush, neoconservador y heredero de la tradición neoliberal tal como fue interpretada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, se ha visto obligado en virtud de su política unilateralista orientada a la dominación mundial, a hacer exactamente lo opuesto a lo que había prometido. Dejó crecer el déficit presupuestario hasta proporciones difícilmente controlables, que sólo resultan soportables en razón de las ingentes inversiones extranjeras. Estas inversiones han afluido mientras la economía estodounidense ha dado garantías de estabilidad.

Entretanto, como Estados Unidos ha dejado que el dólar se devalúe, particularmente en relación al euro para así aumentar sus exportaciones y reducir sus importaciones, las inversiones extranjeras comienzan a mermar, lo que representa un peligro manifiesto para la economía norteamericana.

Por otro lado, y pese a erigirse como gran heraldo de la apertura de los mercados emergentes, Bush se ha revelado bastante proteccionista. No vaciló en decidir intervenciones neo-keynesianas para defender las industrias nacionales de la aeronáutica, la hotelería y el turismo, después del 11 de setiembre. También impidió la importación de aceros y cereales por medio de los subsidios otorgados para proteger esos sectores de la competencia extranjera.

Infructuosamente la Unión Europea y los llamados países emergentes protestaron en la Conferencia de la Organización Mundial del Comercio (OMC), en Cancún, contra esas medidas. Pero la reacción más grave provino del gigante chino ante las medidas de Bush para frenar la importación (invasión) de productos textiles. Un alto dirigente chino (un comunista, ¡imagínense!) indignado por ese desplante denunció el escándalo proteccionista y afirmó que se trataba del «fin del libre comercio». ¿No es el mundo al revés?

Lo peor es que los chinos están efectivamente en condiciones de asestar represalias ya que son grandes acreedores de Estados Unidos con unos cuantos miles de millones de dólares invertidos en bonos del Tesoro y en fondos norteamericanos. Si vendiesen la economía de la superpotencia sufriría un colapso y con ello arrastraría en la crisis al capitalismo mundial.

Bush proclamó después de la invasión de Irak que «el mundo está ahora mucho más seguro». ¡Habráse visto! Sólo falta ahora que, en su afán por ganar las elecciones del próximo año deje librado a su triste suerte al Irak caótico y al mundo en una crisis económica sin precedentes. Tendrá razón George Soros  especulador y filántropo  en haberse comprometido a consagrar gran parte de su fortuna a la lucha contra la eventual reelección de Bush.

 

(*) Mario Soares, presidente de Portugal entre los años 1986 y 1996.- Exclusivo de IPS.

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