Lula, el presidente del pueblo
Nunca los brasileños habían escuchado de un mandatario un discurso como el que Lula profirió el primero de enero, cuando se convirtió en el primer presidente de izquierda de Brasil, con un lenguaje y una trayectoria en sintonía con los menos favorecidos.
«Cuando observo mi vida de emigrante, de niño que vendía cacahuetes y naranjas en el puerto de Santos, que se convirtió en obrero mecánico y líder sindical, que fundó el Partido de los Trabajadores y creyó en lo que estaba haciendo, que ahora asume el puesto de Supremo Mandatario de la Nación, veo y sé con toda claridad y convicción que podemos mucho más», afirmó ante el Congreso que lo invistió presidente.
Una vez en el poder, Lula siguió siendo un brasileño del pueblo, que llora en los funerales de víctimas de catástrofes, mantiene un bienhumorado y paciente diálogo en las más difíciles situaciones, cierra sus más habilidosas negociaciones en torno a un asado y hasta recurre al fútbol para pedirle paciencia al pueblo.
«El buen técnico no es el que comienza ganando, sino el que termina ganando, porque lo que vale es el resultado final», afirma.
El presidente, de 58 años, que ha dedicado su vida a impulsar reivindicaciones sociales, encaró su primer año de gobierno con un durísimo control del gasto público para enfrentar la difícil coyuntura económica. El resultado, una ducha de agua fría para los brasileños, que en vez de ver cumplidas sus ambiciosas promesas económicas y sociales, terminan el año con más desempleo y estancamiento económico.
Aun así, Lula cierra el año con una insólita popularidad de 69%;, interpretada como un voto de confianza de los brasileños a la espera de que sus proyectos de campaña se cumplan en 2004.
Lula es el «símbolo de una gran esperanza», aseguró el jurado de la Fundación Príncipe de Asturias que le concedió el premio de Cooperación Internacional 2003. De hecho, también ha hecho gala de su carisma en los principales foros internacionales, con una maratónica agenda de viajes, en los que ha defendido la creación de un fondo mundial contra el hambre, un orden internacional más justo y la articulación de los países en desarrollo en defensa de sus intereses.
«No tengo diploma universitario, pero este país estará orgulloso de ver cómo un tornero mecánico puede cuidar de Brasil mejor que algunos doctores que gobernaron el país», afirmó este hijo de agricultores pobres y analfabetos del pobre y árido nordeste brasileño, que a los siete años emigró al industrial estado de Sao Paulo, en la época un sueño de sobrevivencia.
«Lula», que incorporaría luego ese apodo a su nombre, no terminó la escuela primaria, y su precoz vida laboral sólo le permitió una formación de tornero, profesión que ejerció en las fábricas metalúrgicas de Sao Paulo, donde perdió el dedo meñique de su mano izquierda y donde ingresó al sindicalismo del que saldría como una leyenda, al liderar las históricas huelgas de fines de los años setenta, en las postrimerías de la dictadura.
En 1980 fundó el Partido de los Trabajadores (PT), el mayor de la izquierda en Brasil, y en 1983 la Central Unica dos Trabalhadores (CUT), también mayoritaria.
Con el tiempo, y sobre todo en la última campaña electoral, tras tres candidaturas fallidas en 1989, 1994 y 1998, cambió sus posiciones más radicales de izquierda por una ideología más moderada y de pacto con empresarios y políticos. También cambió sus revueltos cabellos e informales camisetas por formalísimos cortes y trajes.
Católico practicante, se casó en 1969 con María de Lourdes, fallecida al año siguiente durante un parto en el que también murió el bebé. En su viudez tuvo una pareja de la cual nació una hija. En 1974 se casó con Marisa, madre de otros cuatro hijos. *
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