Estados Unidos: El chivato en campaña

Saddam Hussein no podía sospechar agazapado en su madriguera que sería una víctima de la campaña presidencial de los Estados Unidos. No se podía imaginar que iba a caer en manos de los GI por el chivatazo de un republicano, agente de George Bush. De momento, el arresto de Saddam va a contribuir a la reelección de Bush, sin que los demócratas parezcan poder pararla.

La impactante escena de la captura del sátrapa iraquí no pudo haber llegado en peor momento para los contrincantes de Bush. Apenas se habían recobrado de la impresión mediática de la cena de Thanksgiving en Bagdad, preparaban cuidadosamente pero con mucha aprehensión las frígidas campañas de las primarias que podarían sus filas y decidirían implacablemente el contrincante del presidente.

Mientras tanto, todo parecía aliarse para que el perfil del retador fuera el menos idóneo para desalojar al actual inquilino de la Casa Blanca. Por la derecha o la izquierda, o el redundante centro, los diversos posibles candidatos se neutralizaban canibalísticamente, gracias al curioso inexistente sistema de partidos políticos.

Por un lado, con la autoeliminación de Gore, quien prefiere pasar a la historia por haberle ganado el voto popular a Bush, su segundo David Liberman luchaba por sacarse de encima el pecado original de ser judío y por lo tanto convencer a sus electores de que no malgastarían el voto en tratar de votar por un candidato que no tragaría una parte notable de la América profunda.

Algunos de los «carrozas» demócratas no conseguían entusiasmar a nadie, fundamentalmente porque tenían demasiada fama de perdedores a mitad de camino.

El representante de Missouri, Richard Gephard, uno de los pretendientes con más prestancia «presidencial» y buen discurso, apenas conseguía el favor del 6% de los demócratas, algo por encima de otro viejo conocido como el senador John Kerry de Massachussets.

Con la retirada temprana y elegante del senador Bob Graham, el antiguo gobernador floridano que solamente era conocido en su estado, de los demás apenas quedan las esporádicas imágenes, con la excepción de la ex senadora de Illinois Carol Moseley, probablemente (y a riesgo de insertar un comentario políticamente incorrecto) por ser negra y mujer, y agregar de esa forma un toque noticioso a los debates previos.

Este panorama deja por eliminación dos alternativas, a cual más dispar y a la larga con notoria inferioridad ante Bush. Por una parte, las encuestas han estado emitiendo un tenaz veredicto positivo con respecto al ex gobernador de Vermont, Howard Dean.

Pero la captura de Saddam y la actitud de Liberman pro intervención en Irak le pueden zapar el terreno.

La siempre amenazante alternativa del general Wesley Clark es digna todavía de meditación, pues sin experiencia política alguna, en algún momento era la gran esperanza demócrata y el mayor peligro para Bush.

Finalmente, la palmadita de Gore en la espalda de Dean no solamente ha irritado a Liberman, su antiguo compañero de ticket, y ha alborozado a Bush, sino que ha sido recibida con alivio por Hillary Clinton. Arropada por el silencio de su marido con respecto a sus correligionarios, confía en que una derrota demócrata le deje las puertas de la Casa Blanca abiertas de par en par en 2008.

Y, ¿qué dice el resto del electorado sobre Bush? Atenazado por el trauma del 11 de setiembre, sin entender en realidad lo que pasa en Irak, piensa que «más vale malo conocido que bueno por conocer». *

(*) Joaquín Roy es catedrático Jean Monnet y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.

«Servicio exclusivo de IPS en Uruguay para LA REPUBLICA»

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