Morir en Irak
Estados Unidos está decidido a hacer con manos ajenas la guerra en Irak, mucho más prolongada y cruenta que lo proclamado por Bush-Rumsfeld. Sufre bajas todos los días, conjuntamente con sus aliados españoles, italianos y otros, no sólo en el triángulo sunnita sino en todo el territorio. Esos países honran a sus muertos, EEUU no. Los que van a primera línea de fuego son negros y latinos. EEUU ha tenido éxito escaso en su reclamo de que otros países envíen tropas (Japón mandará un contingente, enfrentando el sentimiento del pueblo) y ahora procura conformar grupos paramilitares para absorber los ataques mortífero de la resistencia iraquí.
Bandas paramilitares
Hoy está claro que dicha resistencia sigue un plan determinado y dispone de un comando o de formas de coordinación. No actúa a tontas y a locas. Se concentró primero en objetivos norteamericanos, luego contra dispositivos italianos y de la inteligencia española, para volver a concentrar el fuego contra EEUU. También golpean a los colaboradores internos de las tropas invasoras. Por ejemplo, en un solo día se verificó un ataque suicida con explosivos en la base militar yanki en Mossul, en el norte, un atentado en una mezquita sunnita en Bagdad donde cayeron además tres soldados norteamericanos. Desde hace meses, cuando Bush proclamó con alharacas triunfalistas el «fin de la guerra», ésta ha sido la realidad de cada día.
En este cuadro EEUU pretende configurar grupos paramilitares locales para que reciban los golpes y repliquen a las fuerzas opuestas a la ocupación. Esto implica fracturar internamente a los iraquíes y romper los lazos en que se sustenta la lucha contra las tropas invasoras, que llegaron para quedarse, sin término.
El periódico mexicano La Jornada escribe que «el propósito de la creación de estos cuerpos armados irregulares es convertir la agresión anglo-estadounidense contra Irak en una guerra civil entre iraquíes, a fin de presentar a esos infortunados árabes como intrínsecamente sanguinarios y belicosos, así como esgrimir la justificación de un conflicto interno para perpetuar la ocupación y el saqueo de la antigua Mesopotamia».
De esta suerte, al fomentar la creación de destacamentos paramilitares no harían otra cosa que aplicar un modelo que ya han concretado en otras regiones del planeta, particularmente en el sudeste de Asia y en varios países de Centroamérica.
Variación contrainsurgente
Se trataría de una mera variante, o de una nueva forma de la lucha contrainsurgente. El periódico señala con razón que «en Irak los militares estadounidenses van a producir escuadrones corruptos y corruptores, violadores regulares de los Derechos humanos, propiciadores y beneficiarios de prostitución, narcotráfico y contrabando, represores y perseguidores implacables de sus propios compatriotas y, a la postre, mercenarios delictivos a los que será difícil controlar».
Acuden a la mente varios ejemplos paradigmáticos: los escuadrones de la muerte en El Salvador, o la «contra» que EEUU armó, pagó y dirigió para enfrentar la revolución nicaragüense; en escala aún mayor, el ejército de Vietnam del Sur, agresor de sus hermanos del norte, ejemplo de corrupción en todos los órdenes e instrumento de golpes de estado. Respecto a El Salvador, leíamos las declaraciones de la madre de un soldado del batallón salvadoreño en Irak, según la cual «mi hijo en Irak es una pesadilla peor que la guerra civil de El Salvador» y reclamaba su retorno a un gobierno entreguista que se plegó a EEUU enviando tropas, del mismo modo que lo hicieran Colombia y Puerto Rico en la guerra de Corea en 1950. Pero quizá el ejemplo más revelador sea el de Afganistán: allí los yankis fomentaron la creación de bandas irregulares para combatir la ocupación soviética, las que se constituyeron en el embrión de la red de Al Qaeda, a la cual se le atribuyen no sólo los atentados terroristas del 11 de setiembre en EEUU, sino múltiples actos terroristas en distintas partes del mundo.
EEUU se propone ahora engendrar un monstruo similar. Todo sea para evitar más bajas de sus propias tropas, lo que podría complicar al extremo la reelección de Bush.
Mentiras, mentiras, mentiras
Parafraseando a Hamlet (que decía en una parte: «Palabras, palabras, palabras»), cabe agregar que la campaña militar de EEUU en Irak se ha aderezado con una campaña mediática en que las mentiras proliferaron a un nivel pocas veces visto. La invasión se justificó mediante una sarta de mentiras colosales (como la existencia de armas de destrucción masiva o los vínculos con Al Qaeda) y se alimentó con falsedades en cadena. Se ha demostrado que el fantástico pavo servido por Bush a las tropas en Bagdad era de plástico y formó parte de un escenario para la foto que recorrió el mundo, por lo que llegó a escribirse la historia de «un pavo real que sirvió otro falso» y Michael Moore, el lúcido cineasta de «Bowling for Columbine», le envió a Bush una carta abierta de antología. El presunto diálogo entre el Air Force One que conducía a Bush a Irak con un piloto de British Airway es otro invento. La batalla de la ciudad central de Samarra, en que los yankis alegaron haber matado 46 combatientes uniformados (que después pasaron a ser 54) para vengarse de las bajas sufridas, nunca existió. Los cadáveres nunca se vieron, los uniformes tampoco.
El rastro de sangre
Lo que sí es cierto, es que las tropas yankis multiplicaron los ametrallamientos por helicópteros y aviones de combate, redadas más frecuentes en las viviendas, arrestos en masa. En Afganistán mataron 16 niños en dos raids. Ya opera en Irak el primer contingente irregular contra la guerrilla, con 700 hombres para empezar. Bush eliminó brutalmente a las empresas de Francia, Alemania, Rusia, y también Brasil, de la reconstrucción en Irak, en castigo por el no envío de tropas, y cedió los 18 mil millones de dólares de contratos a empresas yankis, generosos aportantes en potencia en la campaña para su reelección. *
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