El Papa pidió "el don precioso de la paz"
El Pontífice rezó también por las «víctimas de las guerras y de tantas formas de violencia», ante una multitud de fieles y turistas congregados frente a la imagen de la Inmaculada, que lo aplaudió durante largo tiempo.
Juan Pablo II insistió en su auspicio de paz «sobre todo para esas naciones donde se sigue combatiendo y muriendo cada día» y destacó su «fuerte preocupación, en esta época caracterizada por incertidumbres y temores por la suerte presente y futura de nuestro planeta».
El Pontífice suplicó a la Virgen para que escuche «el grito de dolor de las víctimas de las guerras y de tantas formas de violencia que ensangrientan la Tierra».
Juan Pablo II también le pidió a la madre de Jesús obtener «para los hombres y las mujeres del tercer milenio el don precioso de la paz: paz en los corazones y en las familias, en las comunidades y entre los pueblos, paz sobre todo para las naciones donde se sigue combatiendo y muriendo».
El Papa, de 83 años, con la voz ronca, la respiración entrecortada y por momentos con evidente esfuerzo, leyó de manera completa los tres amplios párrafos de su discurso.
Pero en cambio no se arrodilló en el reclinatorio instalado a los pies de la imagen de la Virgen, como lo había hecho en 25 años anteriores, sin faltar una vez.
En la cita tradicional en la que el Papa recuerda el dogma de inmaculada de la Virgen María, según el cual murió sin pecado original. El Papa ofreció a la imagen un cesto de rosas.
El Papa recordó el cariño que siente por la ciudad de Roma y subrayó el «afecto» con el cual los romanos lo «acompañaron siempre en todos los años de mi servicio en la Sede de Pedro».
El presidente de la Cámara de Diputados, Pier Ferdinando Casini, y el alcalde de Roma, Walter Veltroni, que habían llegado poco antes al lugar, junto al presidente de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), cardenal Camillo Ruini, y al embajador de España, con uniforme de gala, lo recibieron de pie.
El Papa recorrió en el «papamóvil» la elegante calle Condotti y apenas llegó a los pies de la columna que sostiene la imagen mariana fue aplaudido intensamente por una multitud que se encontraba en la plaza y en las calles aledañas.
Juan Pablo II descendió con su silla ortopédica del «papamóvil» ante miles de personas, entre fieles, curiosos y turistas de todas las nacionalidades, que desde hacía horas lo esperaban en la plaza.
Sobre un edificio a espaldas de la columna, el municipio hizo colocar un enorme cartel con la bandera blanca y amarilla del Vaticano, donde se leyó «La ciudad saluda afectuosamente al Papa, obispo de Roma y ciudadano honorario».
En todos los balcones y ventanas de la Embajada de España, que se asoma sobre la plaza, fueron colgados estandartes rojos con los escudos reales y al centro del gran balcón flameaba la bandera amarilla y roja de España.
El pedestal de la columna estaba cubierto enteramente de ramos de flores, coronas y arreglos florales.
Entre todas, se destacaba el escrito «indulto» trazado con flores blancas y amarilla, y firmado simplemente por los «detenidos», sobre el cual está apoyado un enorme cuadro del Papa junto a la Virgen frente a las barras de una celda, detrás de la cual se advierte, fuera de foco, una figura humana.
La columna de plaza de España sostiene una estatua de bronce de la Virgen colocada en 1856 en recuerdo del dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado por Pío IX en 1854, y del cual se cumplirán 150 años en 2004. *
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