G8 pedirá confianza para la reactivación económica
La cumbre es una de las reuniones más solemnes de la política internacional. En la elegante localidad francesa sobre el lago de Ginebra, que da su nombre a una célebre agua mineral, los siete gobernantes de los países más industrializados y Rusia tienen una agenda de temas muy cargada.
En un hotel de lujo, el Royal, convertido en una fortaleza para enfrentar eventuales atentados y para hacer frente a manifestaciones de protesta, con miles de policías, soldados y gendarmes, los miembros del G8 pasarán revista a los principales problemas y males del planeta hasta la mañana del 3 de junio.
Temas no faltan: peligro de recesión, terrorismo, proliferación de armas de destrucción masiva, sida, la deuda de los países más pobres, el retroceso de Africa, la posguerra en Irak, Medio Oriente, el programa nuclear norcoreano y el iraní, los problemas del Tercer Mundo para acceder a los medicamentos y el agua potable, las negociaciones de Doha por una nueva liberalización del comercio internacional.
Pero eso no asegura que los «ocho grandes» (el norteamericano George Bush, el ruso Vladimir Putin, el japonés Junichiro Koizumi, el alemán Gerhard Schroeder, el italiano Silvio Berlusconi, el británico Tony Blair, el canadiense Jean Chrétien, el francés Jacques Chirac) sean capaces de lograr progresos concretos en algún punto de la agenda, más allá de alguna declaración general.
Desde ya, los contrastes entre franceses y norteamericanos nacidos respecto de la guerra contra Irak no están superados.
Hoy, en una entrevista, Bush buscó quitar dramatismo al alcance del desacuerdo con Chirac respecto de Irak («estoy desilusionado, pero no enojado, no habrá sanciones. ¡Viva Francia!»), pero en realidad las divergencias son numerosas y profundas.
Chirac cuestiona en su conjunto la actitud de Bush en política exterior, lo acusa de ser «muy unilateralista», insiste en la ilegalidad de la guerra contra Irak y promueve una visión «multipolar» que para él es evidente ante el impetuoso despertar económico de China y la creciente importancia de India.
No sorprende, por lo tanto, el gesto de desaire diseñado por la Casa Blanca: Bush se irá de Evian en la tarde del 2 de junio, antes de la conclusión de la cumbre, con la excusa «el conflicto en Medio Oriente».
La diplomacia, de todos modos, quiere que entre ambos presidentes haya ocasión –el lunes a la mañana, cuando se encuentren cara a cara– para los apretones de mano y las sonrisas. Pero la reconciliación verdadera parece lejana, y el G8 corre el riesgo de convertirse una vez más en el clásico «parto de los montes», una reunión aparatosa sin grandes resultados.
Chirac intentó por todos los medios hacer las cosas a lo grande, y para el primer día de la cumbre invitó a medio mundo, en perfecta concordancia con su visión multipolar. *
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