La cara externa del presidente Lula

El presidente Lula se está preparando para su próximo gran evento internacional. El primero fue hace unos meses en Davos, éste será el 1º de junio en Francia. Allí se reunirán los mandatarios del G7, los países poderosos, más Rusia; y el presidente de Francia ha invitado a su colega del Brasil.

Por segunda oportunidad, al inaugurar su sexto mes de mandato presidencial, Luiz Inácio Lula da Silva tendrá una platea hacia el mundo. Todos escucharán su mensaje.

Es innegable que existe mundialmente un interés marcado por conocer más de este singular presidente del Brasil. No es común que llegue a ese cargo una persona que nació en la mayor de las pobrezas, que existía hace cuarenta años en el sertón nordestino, que emigró a San Pablo y trabajó en lo que pudo, hasta que se hizo tornero mecánico y luego líder sindical. Que convocó a las mayores huelgas contra la dictadura militar y fundó un partido que se llamó de los Trabajadores.

Y lo que es menos común es que, cuando ese hombre llega a la presidencia del Brasil, actúe con madurez y moderación, llevando adelante una política económica que es halagada por los mercados internacionales, los economistas más prestigiosos y hasta los directivos de los organismos multilaterales, incluyendo a los jerarcas del FMI.

Lula será oído por todos y ya se sabe que su gran propuesta será la creación de un Fondo Internacional para combatir el hambre y la pobreza. Una especie de Fome Zero mundial. Y la idea indudablemente tendrá impacto, lo que queda por ver si cuenta con los aliados suficientes para llegar a instrumentarse.

De dónde saldrán los fondos para ese gran Fondo y quién lo administrará son las preguntas fundamentales. La primera es aún más difícil de responder que la segunda. Se ha hablado de parte de los intereses que pagan los países subdesarrollados, pero eso puede encarecer sus créditos y hacer más pesado el servicio de la deuda. Y a Brasil esto es a quien menos le conviene.

La idea es muy buena, pero como todo gran proyecto es de engorrosa instrumentación. Basta ver el ejemplo local en estos cinco meses. Nadie duda de la importancia que se le da al programa Hambre Cero en el gobierno Lula, sin embargo, ha mostrado en una enorme pesadez en su fase inicial. Todavía sigue siendo una promesa.

Esta última frase puede ser descriptiva de la fase actual por la que atraviesa Lula: aún sigue siendo una promesa. Esto es lo que siente hoy casi todo el Brasil. Aplaude por los éxitos macroeconómicos, festeja la baja del dólar y del riesgo país, pero no ve en su bolsillo estas mejoras. Por el contrario, los precios suben y los ingresos no. Lo que también sube es el desempleo.

Entonces, los brasileños se preguntan, hasta cuándo habrá que esperar.

Para que se vean y se sientan los resultados. En carne propia.

Lula sigue contando con la confianza de quienes lo votaron, pero la espera mina la esperanza. Ya se sienten signos de descontento entre los dirigentes políticos y en la calle también se palpan. Sigue con un caudal de gracia a su favor, pero cada vez es menos.

Habrá que hacer algo. Lula se prepara para su palestra internacional. Todos los focos y micrófonos esperan por él. Pero, concluido este periplo por Francia, él retornará al Brasil y volverá a enfrentar la cara interna del problema: la tasa de interés, los votos para las reformas, los disidentes del PT, la violencia del narcotráfico, la corrupción y tantas otras dificultades.

Mientras estás de viaje, sonreí Lula, que el mundo te ama. *

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