El futuro gobierno argentino bajo presión derechista

Kirchner define su gobierno

Es el plazo que piensan o sopesan sectores políticos de los EEUU que, ya se conoce, apostaron a Ricardo López Murphy (LM) como futuro mandatario y aunque dejó de gustarles Carlos Menem, era preferible al patagónico.

Hoy debía concretarse el segundo turno constitucional para que los ciudadanos eligieran a su presidente. No será, ya se sabe, porque el riojano se apeó de la montura, en principio horrorizado por el alud de votos de repudio que le habría dado a Kirchner el porcentaje más alto de las elecciones de la historia nacional.

Hubo un intento de letrados derechistas por encontrar un atajo legal para hacer participar a LM del balotaje, luego de desistir Menem. Fue tercero el 27 de abril como para poder haber ambicionado esa oportunidad que él mismo descartó por forzada y desestabilizadora. No tuvo eco, pero es un mensaje agresivo.

El previsible alud de votos puede ser leído de diversas formas, pero hay algo insoslayable: una inmensa mayoría repudió el eventual regreso de Menem, no sólo por su figura, de suyo muy cuestionada, sino por el estilo de gobernar, la impunidad, las secuelas de las políticas económicas y sociales de los ’90, incluso el alineamiento con los EEUU.

No surge como un respaldo a Kirchner ni a su programa, pero tampoco indiferencia: la cantidad de votos en blanco prevista por los sondeos no iba a ser hoy significativa, y sí en cambio la masiva participación en esta elección que no fue, y ello podría traer consecuencias.

No consecuencias de orden institucional ni de legitimidad: ésta podrá ser afianzada según el rumbo de las políticas de la nueva administración. Pero el 22% real de votos al posible 70% (o más) que el patagónico podría haber recogido hoy, alienta a la derecha (y no solamente a ella) a intentar imponer condiciones. No hay que mentir: la huida desnudó a Menem, lo postró frente a su enemigo Eduardo Duhalde, pero a Kirchner lo ubicó como dependiente del actual mandatario.

Minutos antes de que Menem informara de su decisión, Kirchner leyó su último discurso de campaña, a guisa de legado anticipado de los que piensa del poder y cómo gobernar.

Un discurso perturbador

Lo dicho provocó escozor en el «establishment», que incluso interpretó las referencias de Kirchner a golpes de Estado en el pasado como un ataque a los militares. La Nación reclamó la cabeza del escriba sin saber que el texto lo redactó el propio Kirchner.

Antes del primer turno, el entonces candidato recibió vía oral de un emisario del espacio derechista algunas «inquietudes»: a) clarificar una política de alineamiento con los EEUU; b) no innovar sobre las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida, cuya inconstitucionalidad, o no, debe decidir la Corte seguramente en pocas semanas; y c) poner freno a los piqueteros. «No estoy de acuerdo», anticipó. Hay entre los peronistas que acompañan a Kirchner la creencia de que ese discurso no tiene importancia, ni hay que pensar que existe una conspiración tras la dimisión de Menem. La vida dirá la verdad, aunque es cierto que el nuevo presidente deberá construir su legitimidad para no quedar, con su 22%, sujeto al respaldo que le brindó Duhalde, que fue decisivo.

¿Cómo se construye el poder? No hay una respuesta sencilla, pero acaso una luz la dará la conformación y el perfil de su gabinete  del que se tendrán precisiones entre mañana y el martes– y el discurso que debe emitir en la Asamblea Legislativa después que le tomen juramento.

Las dificultades no son pocas. Kirchner no puede esperar respaldos de parte de López Murphy, y sabe que Elisa Carrió se niega a integrar un gobierno de coalición, aunque lo pone a prueba por unos meses, ayudándole en las leyes que comparta, criticando otras, para saber a qué se atendrá en otro momento el ARI.

La base parlamentaria de Kirchner es, de inicio, conflictiva. En el peronismo, primera minoría (aunque en lo fundamental engrosarán un bloque único especialmente en la Cámara baja), viene de enfrentamientos severos durante la campaña electoral. Aunque el menemismo era minoría, el damero que es el oficialismo obligará a Kirchner a interminables negociaciones, a seguir contando con el apoyo de Duhalde con el peligro de tener que acercarse a la política del tome y daca, método que el electo repudió ahora.

Además, y no es poco, hay un verdadero festival de elecciones para gobernador, legisladores de todo tipo, intendentes y concejales, una de las razones adicionales por la que caudillos menemistas le pidieron a su jefe que se bajara del intento de hoy para no verse pegados a una derrota cuando deban competir los próximos meses.

Habrá un primer test: la elección del nuevo jefe del Gobierno porteño, el 24 de agosto. Facetas en la formación del nuevo gabinete, no están desvinculadas de esos comicios. El ingreso de dirigentes del Frente Grande al equipo gobernante permitiría al líder de esa fuerza, Aníbal Ibarra, que va por su reelección, contar con el respaldo presidencial, y poder enfrentar las opciones de la derecha, tanto la de López Murphy, que el 27 de abril triunfó en este distrito, como la del titular de Boca Juniors, Mauricio Macri, primero ahora en los sondeos.

El test es aun más complejo, porque Ibarra necesita no sólo que Kirchner lo tome como opción, sino, sobre todo, que Elisa Carrió se ponga las pilas y su prestigio (fue segunda aquí en abril) y salga a caminar a favor del actual jefe de Gobierno local. Que sería como ir conformando una convergencia indirecta pero interesante, si funciona.

Lavagna, un nombre clave

Si el gabinete definirá el primer camino de Kirchner, en el equipo es clave Roberto Lavagna, actual ministro de Economía, continuidad que es personal, de equipos y de orientación. La agenda es cargada: renegociación de la deuda externa, resolver los reclamos de las empresas privatizadas sobre tarifas; la de los bancos, acerca de compensaciones por la devaluación asimétrica (asunto en manos del Parlamento), el nuevo convenio con el FMI y la política real para comenzar a revertir la gravedad de la desocupación.

Acaso Lavagna es el único que conoce los pasos del futuro presidente y su influencia es tal que, de no encontrar Kirchner en las próximas horas a la persona adecuada, el funcionario ejercería paralelamente la cartera de Relaciones Exteriores.

Esa inclinación tiene varias explicaciones: una buena relación personal y el mérito que el presidente electo le reconoce al ministro haber sacado a Argentina, después de la devaluación, de un proceso recesivo que venía desde 1998. El crecimiento del PBI, en el primer trimestre de este año, alcanzó el 5,8%.

Hay otro dato clave: la necesidad de recomponer el futuro de las relaciones con EEUU, que han tenido muchos vaivenes. Washington tiene prevenciones respecto a Kirchner, por su pasado en el peronismo combativo y por algunas líneas directrices de su pensamiento y acción: el presidente electo fue duro para condenar la guerra contra Irak, y apoyó la decisión del actual mandatario de modificar el voto de condena por la abstención en la ONU sobre la cuestión de los derechos humanos en Cuba. También le preocupa la distancia que, en general, ha tomado Kirchner del «establishment» económico e incluso algunos gestos suyos en el área diplomática: rechazó dos reuniones con el embajador de USA, James Walsh.

Lavagna comulga con la mirada de modelo productivo que encarna Kirchner, pero estima indispensable un vínculo sólido con Washington. El nuevo gobierno deberá resolver en lo inmediato la renegociación del acuerdo con el FMI, que vence en agosto, y la deuda externa impagada, de 180.000 millones de dólares. El ministro supone que nada de todo eso será factible sin
la venia de la administración Bush.

En la voz de Lavagna, regularizar la relación con Washington y con los organismos de crédito tiene que ver, además, con uno de los proyectos de atacar el desempleo: un ambicioso plan de obras públicas para el cual se están rastreando créditos en el Banco Mundial. Esa iniciativa podría tener un valor adicional: beneficiaría la renegociación de los contratos con las empresas privatizadas, ya que el Estado podría contar con fondos para las inversiones, dicen que dice el ministro.

Ahora bien, ¿tanto pragmatismo de Lavagna no chocará en algún momento con las convicciones que Kirchner dice tener? Pero, atención: el ministro tiene la misma óptica sobre privilegiar al Mercosur y de cómo encarar la obsesión norteamericana por el ALCA, más cerca de Lula, que de Bush.

La coyuntura económica no es desfavorable pero requiere de audaces medidas tributarias y de crédito para la pequeña y mediana empresa, a fin de ir desmontando la perversa desocupación y marginalidad. En tanto, continuarán los planes de asistencia, que le permitieron a Duhalde regular la tea social.

Ese discurso tan criticado de Kirchner fue tildado de «setentista» para descalificarlo, y no lo colocan en el espacio de la izquierda: su juventud militante estuvo cercana al ala más radicalizada de la Juventud Peronista, que dio la mayor cuota de mártires en los años del terror, que reivindica así como Ricardo Lagos recuerda a Salvador Allende como parte de su historia personal.

La práctica de Kirchner como administrador  once años gobernador de Santa Cruz  lo exhibe como un pragmático que negoció con grandes multinacionales como la petrolera Repsol o las grandes companías de pesca de España, así que, por ese lado, todo lo que se diga en su contra, por derecha o izquierda, es pura especulación política. No es un mérito, pero todavía no se sabe cuánto dinero le dieron las empresas petroleras para su campaña; sirve simplemente para desbaratar la idea de un socialista peligroso.

Habrá una política militar, con estabilidad para los cuadros y una sucesión de los jefes sin grandes alteraciones en la cadena de mandos, ni propuestas para que la Corte Suprema abandone su idea de declarar constitucionales las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.

Kirchner no avanzará sobre el más alto tribunal como lo hubiera hecho Carrió, a pesar de que él apoyó el frustrado juicio político contra los supremos, en febrero del 2001. Irá paso a paso. Primero, seguirá alentando el juzgamiento de uno de los nueve, Carlos Fayt, y acaso arrastre con esa medida a otros dos, uno muy enfermo y otro que busca algún lugar en el mundo. Con tres vacantes, si consigue cubrirlas con hombres de prestigio, se iniciaría la depuración del Poder Judicial. Pero, atención, que el Senado es el que da o no los acuerdos a los pedidos del presidente en la materia.

¿Apelará a las masas si encuentra obstáculos, o su promesa de tomar el micrófono si quieren chantajearlo quedará como un deseo? La idea de las consultas populares no goza de preferencia en las cercanías del nuevo presidente, no quieren que lo asimilen a Chávez.

Está atraído sí por la trayectoria de Lula, pero carece de ese carisma y poder político, y son secretos sus ideales estratégicos. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje