Niños iraquíes arrastran las secuelas de años de brutalidad
Ahmed, y como él otros miles de niños vagabundos, constituyen hoy el grupo más vulnerable de una ciudad en la que reina la inseguridad desde la caída del régimen de Saddam Hussein hace más de un mes.
«Es muy peligroso vivir en la calle. Hay muchos ladrones que nos roban y nos atacan», se queja el niño, jugueteando con una pistola de plástico que le regaló un desconocido.
«En el orfanato nos pegaban y aquí nos disparan, pero de todas formas prefiero vivir en la calle», asegura.
Ahmed y quince compañeros de infortunio se pasan la mayor parte del tiempo deambulando en torno a la plaza Al Fardus, en el centro de Bagdad, donde el 9 de abril fue derribada una enorme estatua de Saddam Hussein poco después de la entrada de las tropas norteamericanas en la capital.
Asaltan a los periodistas extranjeros y a los soldados de los tanques norteamericanos para pedirles una moneda pero, cada vez que se acercan, los empleados del hotel Palestina, donde se aloja la mayoría de los corresponsales, les regañan y les expulsan.
Callejeando, se bañan en el agua verdosa de una fuente huyendo del asfixiante calor.
Por la noche, se alimentan de las migas que deja el personal del hotel antes de echarse a dormir bajo las estrellas entre los cartones extendidos en un jardincito cercano.
Fumando un cigarrillo tras otro, Ahmed admite que la mayor parte del tiempo se lo pasa aspirando disolvente de pintura. «Sé que es malo para la salud, pero no puedo privarme. Me ayuda a olvidar a mi familia y a dormir bien por la noche», afirma.
Todos sus amigos dicen haber sido maltratados en los orfanatos durante el régimen de Saddam Hussein.
Rehab Abdel Aziz, de 15 años, está obviamente embarazada pero no quiere hablar de ello y asegura que sigue siendo virgen. Sus padres murieron en un bombardeo durante la guerra Irán-Irak, que causó decenas de miles de muertos entre 1980 y 1988. «Me siento segura en el jardín aunque no nos proteja nadie y nos aceche mucha gente armada», asegura. *
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