La fuerza irresistible del antimenemismo
Menem no es Le Pen porque, aunque derechizado, tiene un pasado de lucha dentro del sistema democrático, aunque, cuando estuvo en el poder, se tentó para forzar lo que la carta magna permite e, incluso, en tiempos duros, rozó el límite de fujimorizarse, como un intento de cerrar el Parlamento.
No hay caso para el ex mandatario porque es a él al que buscarán el 18 exorcizar los argentinos. Y de paso, cañazo: purificarse de sus propias culpas por haberle dado en 1995 la reelección y, aún el 27 de abril, uno de cada cuatro votos.
La victoria del sureño se palpa en el búnker menemista. Juan Carlos Romero, el copiloto de esta carrera que encabeza Menem, confiesa en la intimidad que «hay que hacer todo lo que se pueda», dicho esto como reducir la brecha, para que la derrota no sea tan bárbara como pronostican los sondeos. ¿Qué dicen los números? Que Kirchner superará el récord de Juan Perón de 1973 cuando logró el 62% de los votos: «la brecha podría ser de 40 puntos», dicen algunos encuestadores.
Y se siente en los movimientos del establishment económico, con sus inopinados elogios de última hora sobre la gestión de Duhalde como piloto de tormentas, que en rigor tiene el nombre del titular de economía, Roberto Lavagna, criteriosamente nominado por Kirchner para que sea quien continúe en esa cartera después del 25 de mayo.
Incluso la dura de Anne Krüeger, segunda del FMI, sorprendió con su aleluya por lo que bien que marcha la economía argentina, cuando ella y sus adláteres no daban un níquel meses atrás, y desde ese lugar la dama de Bush en el organismo financiero anticipó las preferencias del Norte por el hombre de Santa Cruz sobre el de La Rioja, para no quedar desubicados más adelante. Hay personas aquí que creen que el pulgar de Washington giró para abajo, a pesar que Menem era funcional a los proyectos para Latinoamérica, entregada en consignación al exilio anticastrista de Miami.
Menem utilizó sus relaciones con la familia Bush y sus excelentes contactos con el FMI como carta para hacer valer en la contienda electoral. Pero como en todos sus gestos o actitudes, partió de la mala lectura sobre qué pensaba la sociedad de su gestión, y no sobre sus buenas relaciones con los EEUU, por otro lado, país que no está en el corazón de los argentinos. Creyó hasta antes del 27 de abril que los recuerdos de años de bonanza a costa del endeudamiento letal de un país sin trabajo, podría pesar sobre cualquier otra consideración, incluso los actos de corrupción. Tarde verificó y hace lo posible por modificar la polarización menemismo-antimenemismo, volcada la gente a esta segunda opción, más que por amor a Néstor Kirchner.
El poder y cómo lograrlo
La clave del futuro girará sobre cómo Kirchner acumula poder desde el poder, para que su triunfo, altamente probable hoy, no se desvanezca como un castillo de naipes, tanto por la hostilidad que recibirá del menemismo, que no se aniquila con el previsible urnazo como por lo predecible: que el duhaldismo de paladar negro, busque hacer primar sus intereses sobre una renovación del peronismo que se hace vital.
Es el punto débil, el de la dependencia del aparato político del peronismo bonaerense, donde golpea Menem, inútilmente, porque él es el problema. Aun entre críticos de Duhalde dentro del Partido Justicialista y ni que hablar en el seno de la sociedad. Es un tema de futuro, insoslayable.
Hay un entramado de intereses y sobre todo un resabio cultural que trabarán la mejor de las intenciones.
Y está la realidad internacional posguerra de Irak, escenario en el que Bush persistirá en asegurar una estrategia de primacía mundial, la cual encierra una perspectiva agresiva en materia de política exterior y de seguridad, arrogándose el derecho a recurrir a su poderío bélico cuando así lo considere imprescindible, sin tener en cuenta las condiciones de legitimidad, legalidad y moralidad que exige el uso del instrumento militar en las relaciones internacionales.
Aunque Kirchner insiste en que lo diferencia de Menem «otro modelo» económico, si se pasa el peine fino sobre lo que hace Lavagna o lo que propone el eventual ministro de Economía del ex mandatario, Carlos Melconian, no es difícil hallar más coincidencias que diferencias.
Lo antagónico brota desde la perspectiva de la inserción de la Argentina en el delicado ordenamiento mundial en curso, donde Mercosur, ALCA, Irak, Cuba, ni tienen semejanzas. Por eso los encuentros de Kirchner con Lula y Ricardo Lagos, sobre todo con el primero, deben ser ubicados tanto por su incidencia en los comicios del próximo domingo como la búsqueda de afianzar un espacio sudamericano desde donde poder defenderse del imperio.
No alcanza con señalar que se puede conformar un universo sudamericano de centro-izquierda con el eventual triunfo de Kirchner. Los que tramitaron la gira la han ideologizándola, sin matices, aunque Lula no es igual a Lagos. Y porque Chile debe terminar por diferenciarse sobre si privilegia su relación con Washington, hoy en tiempo de castigo temporario, por la postura de Santiago en el Consejo de Seguridad, o se acerca más decididamente al Mercosur, no como zona de libre comercio sino como emprendimiento político.
La relación estratégica con Brasil
Así como Duhalde fue el canal directo con Lula para el viaje a Brasilia, desde febrero, socialistas de Lagos mantienen con el entorno de Kirchner buenas relaciones que alfombraron una visita que el chileno ha repetido con quien se la ha pedido; por caso, con Ricardo López Murphy. A Uruguay no fue porque su gobierno no emitió señales de estar interesado «y porque (Jorge) Batlle apuesta a Menem», confió a este periodista uno de los organizadores del periplo.
Por su condición de patagónico y por madre chilena, Kirchner sabe más del país trasandino que del Mercosur. Incluso, debió ser convencido para que hablara con los embajadores del bloque, lo que finalmente ocurrió, y hasta se entusiasmó con la charla.
En Santiago hay aprensiones con el hombre de Santa Cruz, sobre todo en el nacionalismo de derecha, por su posición de acuerdos de límites en el extremo sur en el pasado, que hoy ya son parte de la historia. En este sentido, Menem estuvo, en su momento, más claro. En relaciones exteriores, como en el tango, no se baila solo. Siendo el duhaldismo un universo en sí mismo, es que hay cerca del candidato cultores de la Argentina como ombligo del mundo, y que no debe tener en cuenta, además de los propios, los intereses de los socios.
Kirchner oculta como su secreto más íntimo el nombre de su canciller, y no hay señales que Lula, por caso, lo haya sondeado, ahora que se comprometió tan abiertamente en respaldarlo electoralmente.
Se supone que el silencio es por indefinición. O falta de claridad, que acaso, la gira disipó. Por ejemplo, un ascenso del actual subsecretario de Relaciones Exteriores, Martín Redrado, no sería una buena señal para Brasilia, porque el ex «golden boy» de Menem , es un pronorteamericano. Alguien lanzó esa posibilidad hasta el 10 de diciembre, fecha constitucional para el nuevo mandatario. El resto es yapa, y con mucho de reflejo del que se va. Con esa mirada quedaría Lavagna en Economía para pasar más tarde a ser canciller, pero son conjeturas.
De todas maneras, a falta de canciller, no escasean candidatos ni estudiosos de la nueva realidad planetaria en torno de Kirchner, que en algunos casos se trata de diplomáticos que desde hace tiempo se subieron al tren del sureño. Hay entre ellos los que entienden que el reto para América del Sur es conservar un mínimo de autonomía para hacer frente a la política antiterrorista con la visión de Washington, que tiene su focalizaciÃ
³n en Colombia y en la Triple Frontera. Aun los asuntos económicos estarán condicionados por consideraciones militares.
La mirada de Washington
Después de la Revolución cubana, EEUU impulsó en el hemisferio la doctrina de la seguridad nacional para combatir al «enemigo interno», y ahora, como señala el experto argentino Juan Gabriel Tokatlian, «estimula una suerte de doctrina de la inseguridad nacional en el área para combatir a las ‘nuevas amenazas'». ¿Cuáles son ellas? Por ejemplo, las expresiones antisistémicas internas.
Así las cosas, las relaciones interamericanas tenderán a ahondar dos brechas ya existentes. Por un lado, la distancia entre una sociedad estadounidense más conservadora, xenófoba y autocentrada, y sociedades sudamericanas más nacionalistas, movilizadas y demandantes; por otro lado, la distancia entre gobiernos latinoamericanos notoriamente inclinados hacia Washington y sociedades latinoamericanas cada vez más críticas respecto de EEUU.
Dice Tokatlian, de la Universidad de San Andrés: «El mayor desafío que afrontarán las relaciones interamericanas es evitar que se arraigue un irritante esquema de dependencia entre Washington y las naciones del continente; algo que los republicanos actuales en EEUU están movidos a perpetuar y profundizar por todos los medios posibles». Como esto es así, cobraría más sentido la opción no peronista entre Kirchner y Menem, y si el sureño es capaz de darle consecuencia a los gestos actuales dirigidos a conservar la mayor autonomía posible. A partir de este presupuesto, hay que entender que Brasil no sólo aspira a consolidar su poder regional, sino a proyectar su poderío internacionalmente. Y es quien mejor entiende cómo diferenciarse de Washington sobre Colombia y Venezuela.
El caso más delicado será el de Colombia, donde EEUU no descarta la intervención militar. Buenos Aires deberá definir, después del vaho electoral, si robustece los organismos internacionales, si promueve las soluciones pacíficas, si consolida la alianza con Brasil y si fortalece un Mercosur compacto, incluso en materia de defensa. «Res non verba».
EEUU observará atentamente el curso argentino. Kirchner debería asimilar que lo que no defina autónomamente le será impuesto desde afuera. Tiempos interesantes. *
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