Radicales al borde de la fractura
El miércoles, el último día del mes de abril, una procesión de a pie cruzó el centro de Brasilia, desde Planalto hasta el Congreso. En ella estaban veintisiete de los gobernadores de estados de todo el Brasil y muchos prefectos de las más importantes ciudades y todos rodeaban a un hombre. De traje y con su barba, él repartía sonrisas y ocurrencias.
Este simpático personaje es el presidente Lula y la procesión organizada por él fue para presentar al Parlamento los proyectos de reforma de la Previdencia (Previsión Social) e Impositiva. Dos leyes que este gobierno considera cruciales para que el desarrollo del país se asiente sobre bases sólidas.
Brasil hoy está de moda en los mercados financieros internacionales, pero las modas por definición no duran eternamente. Y esta economía, que aún soporta sobre sí la carga de una enorme deuda externa, por razones de sanidad, debe recaudar más y gastar menos.
Esto es lo que buscan estas reformas y Lula ha puesto toda la carne sobre el asador para conseguir que se aprueben en el Poder Legislativo.
El Presidente pudo, después de dos maratónicas reuniones, convencer a la amplia mayoría de los gobernadores, pero todo se presenta más complicado entre los legisladores. Muchos ya han levantado sus voces de rechazo a varias de las disposiciones contenidas en las reformas.
La norma más resistida es la que grava con un impuesto a los funcionarios jubilados, que aquí se les dice aposentados. Son varios los diputados y senadores que no quieren saber nada con votar esta medida tan impopular; y lo peor para el gobierno que algunos de ellos pertenecen al PT, es decir, al partido de gobierno.
Son los llamados radicales del PT. Un conjunto de dirigentes, que incluye a un puñado de parlamentarios, que discrepa abiertamente con los lineamientos de esta administración y la acusa de traicionar los principios históricos que tuvo esta fuerza política desde el poder.
Hasta ahora han sido un piedra en el zapato de Lula, en el presente amenazan con convertirse en un peligro mucho mayor.
El gobierno no tiene ni por asomo una mayoría parlamentaria estable para aprobar en el Congreso los proyectos que considera fundamentales. Para cada uno, el ministro jefe de la Casa Civil, José Dirceu, tiene que hacer malabarismos políticos con los partidos aliados, y a veces hasta con la oposición, para conseguir las mayorías necesarias. Y en esta oportunidad, para votar estas reformas presentadas en mano por el Presidente, muchos (casi diría todos) de los parlamentarios a los que se les pide el voto, exigen que todos los legisladores del PT las apoyen. Lo cual es coherente en estos juegos políticos.
Saben que de esta manera lo están poniendo a Lula y a los ortodoxos frente a una calle con una única salida: enfrentar a los radicales. A este grupo de rebeldes, que se han negado a evolucionar junto con el partido y su líder, y así continúan blandiendo viejas banderas e ideas de otro tiempo.
No se trata de un conjunto homogéneo, como buenos rebeldes que son, su unidad parte del rechazo.
Han rechazado muchas medidas de este gobierno, no les gusta como lleva la economía el ministro Palocci, estuvieron en contra de la nominación del banquero Henrique Meirelles como presidente del Banco Central y de José Sarney presidiendo el Senado.
La dificultad para el gobierno que este grupo de disidentes comprende a un pequeño grupo de legisladores: cuatro diputados y una senadora. Ella es Heloisa Helena, una mujer que desde hace muchos años pertenece al PT y participó de las instancias más difíciles cuando había que militar contra los gobiernos militares. Una señora con coraje, que no tiene pelos en la lengua y se le ha plantado hasta el más encumbrado (lease José Dirceu).
Ha llegado el momento del enfrentamiento interno en el PT, una lucha fratricida que tal vez ninguno de los bandos quiso. Pero en política, todo llega. Ya se oye un inminente sonido de fractura, las amenazas ya han subido de tono y las posiciones se tornan inconciliables.
No hay que ser augur para pronosticar que, en breve, en el espectro político brasileño, surja un pequeño partido, a la izquierda del PT, y que haga oposición desde ese incómodo lugar.
Incómodo para ambos, para los rebeldes que se han pasado a la oposición y, también, para Lula y sus leales petistas. *
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