El sheriff de Rio de Janeiro

«Estoy colocando en la Secretaría lo que tengo de más importante en mi vida: mi marido.» Con esta declaración pública de amor de la gobernadora de Rio de Janeiro, la política parece confundirse con una telenovela. O mejor habría que decir con el radioteatro, ya que ambos personajes, la amante esposa y su cónyuge, tienen antecedentes como locutores de radio.

Anthony Garotinho y señora constituyen una pareja muy especial en la escena política brasilera, tan inéditos como esta jugada que acaban de realizar. El año pasado fue un período de éxitos de popularidad para ambos. El era el gobernador de Rio y decidió presentar su candidatura a la presidencia de la República. Para ello, tuvo que renunciar a su cargo seis meses antes de que expirara su mandato. Entró a la gobernación su suplente, Beneditta da Silva, quien pertenece al PT y es actualmente ministra de Acción Social.

Pero este matrimonio no se contentó con que el esposo aspirara a ser presidente de Brasil, sus ambiciones no conocen los límites que imperan para las parejas comunes y silvestres. El estado de Rio de Janeiro es su zona de influencia y no podían abandonar su base electoral. Por ello, decidieron que ella sería candidata al máximo cargo estadual.

Rosangela Mattheus Garotinho, conocida como Rosinha, sin mucha experiencia previa para alcanzar tan difícil puesto, arrasó en las urnas. Ya en el primer turno, a comienzos de octubre del año pasado, ganó la elección con más de la mitad de los votos cariocas. Una votación espectacular, en la que mucho tuvo que ver el prestigio político de su marido. Y a él tampoco le fue mal en su aventura presidencial: llegó tercero, detrás de Lula y Serra, y superando a Ciro Gomes. Tuvo quince millones de sufragios, una cifra nada despreciable.

Este año 2003, en lo que va de su curso, no ha sido hasta ahora tan pródigo con este casal. El 1º de enero, Rosinha asumió el cargo de gobernadora de Rio de Janeiro y los problemas no demoraron en presentarse. Los primeros fueron los financieros. Las arcas estaban vacías y no existían recursos para abonarle a los funcionarios el aguinaldo del año que concluyó.

La novel mandataria no se quedó callada con sus dificultades. Inmediatamente, contraatacó culpando al gobierno federal por retener remesas del Estado y a su antecesora, por no dejar dinero en caja; pero las acusaciones no hicieron desaparecer el problema. Los servidores, quienes no habían recibido su decimotercero salario, protestaron airadamente. Llegaron a rodear y sacudir el automóvil de la gobernadora, con ella dentro.

Todo esto afectó severamente a doña Rosinha, que dicen que pasó varias noches sin poder dormir. En esos días, ella tuvo que aparecer públicamente con unos lentes oscuros que ocultaran sus ojos llorosos y sus ojeras. A eso se agregó el caso de corrupción de los fiscales de rentas del Estado, todos allegados a la pareja, que tenían cuentas millonarias en Suiza y que en la actualidad varios se encuentran en prisión.

Pero lo peor aún estaba por llegarle y vino en la víspera del Carnaval. Los traficantes lanzaron su mayor onda de violencia en toda la ciudad: ómnibus incendiados, bombas, ráfagas de metralleta por doquier.

Rio de Janeiro se convirtió en un infierno y la gobernadora parecía no estar preparada para enfrentar este pandemonio. Solicitó a Brasilia el envío de tropas militares para reforzar la custodia de las calles cariocas durante la semana de Carnaval, pero en la primera reunión que tuvo con los ministros de Defensa y Justicia, hizo participar de ella a su marido, quien no ejercía cargo alguno en su administración. Desde entonces a hoy, las acciones violentas del crimen organizado han continuado. Cada tanto, hay una serie de atentados en distintos puntos de la ciudad y los encargados de reprimir estos actos no muestran gran eficacia. Al grado, de desnudar una peligrosa descoordinación entre ellos. El secretario de Seguridad, el coronel Josías Quintal, ha tenido serias y abiertas desavenencias con el jefe de la Policía Civil, Alvaro Lins. Y como se puede enfrentar a los bandidos, los cuales cada vez están más organizados, si los responsables de las fuerzas del orden se pelean y discuten entre sí.

Los problemas de la gobernadora cada vez eran peores. Ya no eran meramente financieros, la ciudad se descontrolaba bajo su mandato. Por otro lado, las cosas tampoco le iban bien a su marido. Lula no le había dado ningún cargo de importancia en su administración y él no ocultaba su disgusto. Este lo llevó a atacar al gobierno federal, sin encontrar eco ni siquiera en su propio partido. Garotinho estaba desempleado y su mujer desbordada por las dificultades.

Fue, entonces, que a alguno de ellos, no se sabe bien a cuál, se le ocurrió la idea brillante. La jugada que hoy impacta no sólo a Rio sino a todo Brasil. La señora designó a su esposo para la Secretaría de Seguridad, reemplazando al coronel Quintal. Algunos dijeron que era una muestra clara de nepotismo, más bien se trata de la acción desesperada de una mujer que ha sido superada por los problemas y que no se le ocurre otra solución que recurrir a su marido. Un diputado la ha comparado con los tiempos en que las esposas llamaban a sus cónyuges cuando pinchaban un neumático.

Garotinho (el seudónimo, convertido en apellido, es algo así como «muchachito») no parece ser la persona más indicada para el cargo. Este usualmente ha sido cubierto por policías y militares, expertos en estas cuestiones de seguridad. Pero lo que no le falta al personaje es arrojo. El sabe que en esta movida está poniendo en juego su futuro político y éste le importa muy mucho. Vive para él.

El nuevo secretario de Seguridad de Rio de Janeiro no es una persona de un carácter tranquilo y templado. Por el contrario, se mueve por arrebatos, como aquél que lo llevara a pedir que Fernandino Beira-Mar fuera trasladado a la cárcel de Bangú, en Rio. También le gusta en demasía la notoriedad y las frecuentes declaraciones. Seguramente opacará a su mujer, aunque ella sea la gobernadora; ya lo está haciendo.

Mientras tanto, los cariocas presencian atónitos esta radionovela que se desarrolla en la cúpula del poder. Sería graciosa, si sus vidas no dependieran del combate al tráfico organizado. Y éste no es un problema exclusivo de Rio de Janeiro, aunque aquí alcance su máxima medida. Es el mayor escollo que Brasil debe superar para aspirar al desarrollo, condición que sólo alcanza una sociedad cuando vive en paz y sin miedo. *

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