Tan lejos de las urnas como cerca de la muerte

Valeria Castro no sabe si podrá ir a votar el domingo en las elecciones argentinas porque se mantiene como un soldado al pie de una cama del atiborrado hospital de Tucumán donde uno de sus hermanos, desnutrido grave como millares en la provincia, puede morirse en cualquier momento.

«Mi mamá no da abasto y ahora tiene otro bebé de dos meses. Mi papá trabaja día y noche arreglando cañerías en las casas del barrio», cuenta Valeria, que tiene 19 años, 12 hermanos y estudios hasta cuarto nivel primario. Apenas lee y escribe.

La adolescente-madre es una tucumana de piel morena y ojos vivaces que no deja de sonreír mientras sostiene entre sus brazos a su hermano Angel Brian Ortiz, que lleva el apellido de su madre y tiene 1 año y ocho meses, igual que uno de sus dos hijos. Angel Brian es un tío gurrumín con un sobrino de su misma edad.

«El niño es un desnutrido crónico. Pesa la mitad de lo que debería. Tiene diarreas severas y daño neurológico. Se puede morir esta misma noche si se le forma una obstrucción de parásitos astares en los intestinos», describe la médica Silvia de Juárez en una oficina contigua, en un subsuelo donde no entra el sol.

Los médicos de guardia están fogueados en atender a niños que empiezan a desnutrirse cuando dejan de amamantarlos. Son 20.000 los registrados por el Gobierno, en esta provincia de 1,3 millón de habitantes.

Valeria y el resto de la familia Castro-Ortiz viven en una pequeña casilla de madera con piso de tierra y un techo que chorrea agua en la época de lluvias en Tucumán, la provincia argentina más pequeña del territorio pero más densamente poblada, con 50,7 habitantes por kilómetro cuadrado.

El ranchito de los Castro-Ortiz, como le dicen a la vivienda los tucumanos, está en el barrio Cancha Los Vázquez de San Miguel, capital tucumana, donde otros niños están jugando al fútbol en la soleada y fresca mañana de otoño austral.

Un vecino advierte: «Mejor no entre, es peligroso», pero nadie se acerca.

Tucumán ganó triste fama cuando dieron la vuelta al mundo las imágenes de niños esqueléticos, raquíticos. En la lejana Buenos Aires, a 1.300 Kilómetros al sur de este distrito subtropical, se dispuso un Operativo Rescate y se enviaron raciones de leche y otros alimentos. Pero se siguen reportando muertes.

«Aquí no hay nada nuevo, esta es la tercera generación de desnutridos», aclara María Lavado, médica y subdirectora del Hospital del Niño Jesús, único pediátrico para toda la provincia, donde asisten a Angel Brian y a otros 30 desnutridos severos.

Lavado dice que el problema es que los padres no se alarman porque ven a sus hijos gorditos, pero «en verdad están inflados como globos con hidratos de carbono». Tucumán es la capital de la caña de azúcar y los niños encuentran una forma precaria de alimentarse chupando lo que arrancan de los cañaverales.

«Se llaman niños ‘kwashiorkor’, palabra que viene de Africa y Asia, porque están hinchados por edemas. La piel se les cae a pedazos, se pueden morir de un resfriado», cuenta Lavado.

La doctora señala el camino de la primera planta, donde hay otros casos y la sala de terapia. Al pie de la escalera algunos padres y un grupo de monjas están participando de una misa. Un joven canta una canción religiosa y se acompaña con una guitarra.

En la puerta de la sala las madres instalaron un ícono de la Virgen. Colgaron como ofrendas chupetes y ropita de bebés. Adentro, ellas montan guardia junto a las camas donde hay niños reducidos a piel y huesos. Desde los ventanales se extiende el verde de una plaza donde se ve un tiovivo clausurado y tapado.

La doctora María López trae en brazos Ana Rebeca Chuquillampa, que tiene ocho meses y pesa 5 kilogramos, la mitad de lo que debiera. Su madre acaba de irse a Lules, a 25 kilómetros de San Miguel, para atender a sus otros 12 hijos.

Ana Rebeca llora débilmente, tiene la mirada perdida, el pelo ralo y la piel como manchada por falta de minerales. «No dejamos que se la lleven porque en su casa se muere mañana», dice López.

A 10 calles del Hospital, en la Plaza frente al Palacio de Gobierno, protesta sentado dentro de una carpa blanca Miguel Galván, un veterano de 40 años de docencia que tiene la piel agrietada y marrón como la tierra que habita.

«Los alumnos no preguntan qué vamos a estudiar. Nos preguntan: ¿Qué hay de comer?», se enoja Galván mientras mira los cerrados portones del Palacio gubernamental de Tucumán, la provincia cuyos exportadores de limones y cítricos son cada vez más prósperos. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje