Estadounidenses instalan cárcel en Bagdad para saqueadores
En el gran recinto que alberga los dos edificios del ayuntamiento de Bagdad, el ejército estadounidense se ha desplegado, con tanques y vehículos todoterreno. Hay algunos militares fuertemente armados tumbados en la hierba.
De un vehículo de transporte de tropas, salen varios soldados mientras otros apuntan con sus armas a nueve ladrones sudorosos, descalzos, míseramente vestidos, con las manos atadas a la espalda, arrodillados en el suelo y con la cabeza inclinada.
El primero de los prisioneros baja de un brutal golpe en la espalda. Un soldado le pone la camisa en la cabeza para que no pueda ver lo que ocurre. Le obliga a tumbarse. Después, sus camaradas hacen bajar a los demás con la misma dureza.
«Por favor», gime uno de ellos. Inmediatamente los soldados le responden a gritos: «Â¡Cierra la boca. No somos amigos!».
Varios militares retienen a los prisioneros bajo la amenaza de las armas. Bruscamente, un todoterreno se detiene. Encima del capó, hay un hombre tumbado boca abajo. Tiene las manos, y también los pies, atados a la espalda con un cordel. «Estaba robando en un banco», explica lacónicamente el conductor.
En el asiento de atrás, hay cuatro Kalachnikov. «Pertenecen a esos nueve ladrones. Estaban atacando las tiendas y a la gente que pasaba amenazándoles con sus armas», dice. «Ahora, prohibimos los saqueos y llevar armas en la calle, el orden tiene que regresar a la ciudad», añade.
Los nueve prisioneros fueron detenidos en la zona comercial de Sorja por una escuadra norteamericana, entre los aplausos de la gente, exasperada por los saqueos. «Bush, Bush», grita la gente. Pero los soldados están tan nerviosos que les dicen a gritos que se alejen.
«Queremos seguridad. Queremos poder abrir nuestras tiendas. No queremos volver a ver a esos bandidos. Los estadounidenses tienen que actuar. Lo que han hecho hoy está bien pero no es suficiente», afirma Kazem Alí, un comerciante de esa calle.
En el vehículo que les lleva al ayuntamiento, los soldados tratan brutalmente a sus prisioneros. En cuanto levantan la cabeza para poder respirar, les obligan a volver a bajarla apuntándoles con sus armas y gritando. Con la entrada de los norteamericanos en Bagdad, los saqueos sin precedentes no sólo afectaron a edificios públicos y mansiones de grandes figuras del régimen de Saddam Hussein, sino también a tiendas y mercados públicos, que fueron incendiados.
La conmoción fue tan grande para algunos habitantes que llegaron a decir públicamente que añoraban la época de Saddam Hussein. Ayer lunes, se vieron en Bagdad las primeras patrullas comunes de policías y soldados norteamericanos. *
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