Adiós, luna de miel

Es como si todo estuviera preparado. El mismo día que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva iba a dirigir su primer mensaje transmitido por cadena de radio y TV, los indicadores de la economía brasileña tuvieron una jornada espectacular de mejoría. Fundamentalmente, los que atañen a los mercados.

Si será drástico el cambio generado en estos aspectos, a lo largo de estos cien días de gobierno, que actualmente la preocupación no es que el dólar suba su cotización, sino más bien que no baje en exceso. Ayer alcanzó los 3,155 reales y los exportadores ya se empiezan a preocupar con lo que esto afectará sus ventas en el exterior. Y Brasil no puede descuidar este sector, es quien mantiene fuerte al país, logrando contribuir a un alto superávit primario. Todas las mejorías alcanzadas en aspectos macroeconómicos, en estos tres meses pasados, no hubieran sido posibles de no existir un gran empuje en las exportaciones.

La economía nunca da tregua en su generación de problemas, ni cuando va bien ni cuando va mal. Pero el discurso de Lula no entró mucho en estas consideraciones económicas, el Presidente no es afecto a estos análisis técnicos o teóricos y abordó estas circunstancias con su estilo particular.

A Lula no le gustan las sesudas y profundas descripciones de los problemas de la economía. No es un experto en la materia, nunca lo será a nivel teórico y nadie espera eso de él. Los brasileños no lo eligieron para presidente por ser un renombrado economista, lo escogieron por su sensibilidad para los asuntos humanos y porque avizoraban en él una gran capacidad de liderazgo. Ambas cualidades permanecen intactas en él y lo demostró en este repaso de sus primeros cien días de gobierno.

El pronunciamiento fue corto, unos ocho minutos, y estuvo cargado de esa perspectiva humana personal que Lula sabe darle a sus alocuciones. No parten de la abstracción, surgen directamente de cómo él vive y siente la tarea de gobernar. Nada más lejos que un tecnócrata. Un ser que habla de las cosas desde un punto de vida humano y personal.

¿Qué otro presidente podría admitir que algunas decisiones adoptadas en estos días de gobierno le costaron algunas noches de sueño, que algunos remedios amargos le dolió tomarlos, pero que ellos ya han surtido efecto? Para mudar el país, muchas veces el remedio amargo es la única alternativa.

Lula se estaba refiriendo al aumento a la tasa básica de intereses y a varios cortes que tuvo que hacer en los gastos del Presupuesto de muchos programas de asistencia social, decisiones que mucho le debe haber dolido tomar. Pero él es un intuitivo de la economía y tiene un conjunto de colaboradores con capacidad y sensibilidad para acometer los cambios necesarios.

¿Quién podía esperar que Lula fuera un gobernante con sentido tan claro de cómo deberían empezar a ordenarse los factores? El mundo de las finanzas internacionales, y muchos brasileños desconfiaban de ello. Veían un socialista voluntarista que iba a empezar a repartir la manteca antes de asegurar un flujo mayor de leche.

Lula, en estos cien días, ya le ha demostrado al mundo y al Brasil que no es aquel personaje tenido, que aterrorizó a los inversores y a los organismos multilaterales de asistencia, con lo que podía llegar a hacer un Presidente, que venía de la miseria y se había destacado como un combativo dirigente sindical.

Lo hecho en estos tres meses de gobierno han aventado casi por completo aquellos temores. El Cuco se ha destapado como un conductor firme y decidido en persistir por este rumbo de sanidad económica en las cuentas fiscales. Los temores se han disipado de los mercados y, en su lugar, inesperadamente se ha instalado una euforia. El mundo quiere invertir en Brasil, es uno de los países emergentes que más atrae la compra de sus papeles. Se ha tornado casi una moda adquirir bonos de este país. Una moda bienvenida…

Pero que todos saben que no persistirá para siempre en constante aumento. Nada es eterno y menos en los cambiantes mercados internacionales. La primera etapa de tranquilizar a los profetas de las catástrofes se ha cumplido con excelentes resultados. Los temores de los desajustes que este Presidente barbado podía someter a la frágil economía brasileña, han desaparecido por completo. Ya nadie se asusta con el sapo con barba, como lo llamara un tiempo Leonel Brizola.

Pero aventando los miedos, no se logra todo. Sólo se consigue un importante margen de confianza y de esperanzas. La gente sigue confiando en el Presidente, en él más que en nadie, y en sus colaboradores. Pero ahora viene para ellos la etapa más difícil. Bajar a la tierra esos logros que se han conseguido en las altas finanzas.

La gente quiere ver que los resultados y las mejorías logradas en los indicadores, les lleguen a ellos. La economía del Brasil aún no ha alcanzado un círculo virtuoso, en el que aumente sensiblemente la actividad interna y se generen más empleos. Este es ahora el nuevo desafío que tiene por delante la conducción económica, que la mejoría alcance a la vida cotidiana de la gente.

El brasileño común no ve los resultados. Las cosas no han mejorado para él en estos cien días. Por el contrario, ve que el dólar baja, pero los precios internos siguen subiendo, más que sus ingresos. La vida no se le ha hecho más fácil, sigue siendo una lucha ardorosa.

Pero siguen confiando mayoritariamente en lo que hará su Presidente. Ese hombre como ellos, que les habla por televisión como si tuviera el corazón en la mano. Que sufre, con ellos, por no poder cambiar más rápidamente las cosas. Sus circunstancias, sus penurias, que él las conoció y ahora debe gobernar para mitigarlas.

Para Lula y su gobierno, después de estos primeros cien días de gobierno, empieza la fase más difícil. No alcanzará, a partir de ahora, con desvestir fantasmas, con desterrar cucos que han mostrado no ser tales; viene la etapa de hacer. De incidir favorablemente en los factores que pueden despertar con ímpetu a la economía brasileña.

Eso es, nada menos, que poner en andamiento un círculo virtuoso en el país. Una tarea de equilibrado traslado de la bonanza macroecómica al nivel concreto de los negocios humanos. Que lo que se logró ordenar en las alturas abstractas de la economía, descienda a la vida de los hombres.

Lula esta ansioso por acometer esta etapa. Por volcarle a la gente los progresos logrados, pero esta es la etapa más compleja. No alcanza con hacer a un lado a lo que se temía sin fundamento, sacándose la careta que asustaba. Eso ya se ha hecho. Ahora hay que bajar al mundo de los humanos, al nivel de la tierra, para empezar a cambiar las cosas.

Aquí habrá que innovar. No alcanzará con continuar por la senda que transitó Fernando Henrique Cardoso en sus anteriores gobiernos. Aquí Lula y el PT tendrán que mostrar una impronta propia. Por supuesto, que asentada en sólidos sustentos económicos.

Sería funesto que, en esta etapa que se abre, borrarán con el codo lo que, en estos cien días, se escribió con mano certera. Lula está decidido a hacerlo. Se muestra determinado a realizarlo, aunque luego padezca noches en las que le cuesta dormir.

No es fácil ser gobernante, aunque desde fuera lo parezca. Muchas veces, al ir a conciliar el sueño, la cabeza se debe agitar con tantas preocupaciones. El trabajo no es sencillo, como no lo será en el futuro para Lula, aunque hoy esté gozando de apasionada luna de miel con sus gobernados. Ellas, desgraciadamente, terminan tan pronto. *

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