A dos semanas de las presidenciales no surge un triunfador neto
Semejante confusión hace más creíbles las denuncias sobre fraudes, o una judialización de las elecciones, como ocurrió en la disputa George Bush – Al Gore, en los EEUU cuando la Suprema Corte de Justicia debió optar por quién ocuparía la Casa Blanca.
Nunca, además, se presentaron tantos candidatos, más de 30, que si bien es un volumen poblado de sellos, refleja la enrome dispersión de voluntades donde la debacle mayor lo llevan los dos grandes partidos históricos: el peronismo, va con tres opciones que sería una maniobra genial quedantista si no fuera que es resultante de la crisis.
Parecida, pero ideológicamente más diferenciados, los radicales: tanto Elisa Carrió como Ricardo López Murphy, provienen de las entrañas de la Unión Cívica Radical pero el postulante oficial del partido está al margen de las mediciones, y los otros dos en el pelotón de los posibles.
¿Porque la líder del ARI y el centro-derechista que fue breve y fustigado ministro de economía, tienen chance? Si es verdad que, paradójicamente, no habría votos en blanco en masa, y que la concurrencia el 27 de abril sería normal tomando en cuenta el escenario de descreimiento o insatisfacción, una masa de ciudadanos podría volcarse por las novedades no peronistas.
Por lo pronto en el Gobierno advierten un sostenido e inopinado crecimiento de López Murphy, no solamente en la Capital Federal sino además en el primer cordón del Gran Buenos Aires, que actúan generalmente como la gran urbe. Ha podido despegarse de su pasado como integrante del gobierno de Fernando de la Rúa, y exhibir un discurso liberal coherente, antimenemista, de apariencias no demagógicas, cuidadoso de chocar con Carrió y elogioso de la seriedad de Lula.
Crece López Murphy
Es el desafío inesperado para los peronistas y Carrió. Pero los primeros, exhiben algunas novedades: uno, el pretendiente amparado por el oficialismo, Néstor Kirchner, luce estancamiento y en ciertos sondeos, algún retroceso; dos, ha vuelto a crecer Adolfo Rodríguez Saá en varias provincias y Carlos Menem parece tener un voto muy firme, todos dentro de cifras modestas. La líder del ARI confía también en ese universo indefinido e indiferente, aguardando el respaldo de los últimos días, que decante su discurso renovador, para vencer la tendencia a la meseta o a la caída, porque incluso López Murphy, tan distanciado ideológicamente de la chaqueña, le araña votos en grandes conglomerados.
El desencanto, para el oficialismo, es el destino del sureño, si llega o no al balotaje. Kirchner pasó parte de la semana en reuniones con el aparato político peronista de la provincia de Buenos Aires, donde si quiere estar en el segundo turno, este distrito clave debe brindarle una diferencia importante sobre cualquier competidor, sobre todo con Menem, para compensar su casi ausencia en provincias como las del Noroeste, donde el riojano va al frente.
Los últimos días envió mensajes a sectores medios. Incluyó en su equipo íntimo al titular de economía, Roberto Lavagna. El ministro logró diferenciarse del neoliberalismo, puso por momentos cierta racionalidad al manejo de la economía, aunque postergó para la administración que vendrá, la mayoría de los grandes asuntos: renegociación de la deuda externa, tarifas para los servicios públicos, reformulación del sistema impositivo y por último y no lo menos importante, el desempleo y los bajos salarios. Más que gobierno de transición, el de Duhalde parece ser el de la postergación, lo torean sus opositores.
Lavagna, sigamos con él, difícilmente encuentre pasiones en los sectores que perdieron con la devaluación, aunque la frágil estabilidad de precios, el levantamiento menos traumático al pensado del corralón (pero sin resolverse quién paga el costo, Estado o bancos), el control del dólar y la primavera industrial creó cierto estado de ánimo por la continuidad a la que Kirchner apuesta. Desde este enfoque la jugada parece más dirigida al exterior y a los empresarios, que no lo tienen en sus preferencias.
El establishment parece decidido a apoyar a Menem, aunque prefieren a López Murphy y no les cae mal, a pesar de su discurso petardista, Rodríguez Saá. Inesperadamente el puntano sacó certificado de «confiable» en un encuentro con uno de los grupos económicos más influyentes que lo encontraron «previsible», calificación que no merecen, para ese ojo, ni Kirchner y menos aún Carrió.
Los empresarios se preparan
Menem entona música ideal para el empresariado más concentrado. En una reunión con los zares del petróleo, les prometió eliminar las retenciones a las exportaciones del crudo, que son las que pagan parte de los subsidios sociales, la obra clave de Duhalde que acotó la conflictividad social. «Me gusta la derecha», los halagó en un momento de gran sinceridad. Pero no abandona ni a marginados ni a asalariados: promete bonanza, el regreso a los años de oro, cuando la convertibilidad aún no cerraba fábricas y creaba la ilusión de salarios dolarizados, los más altos de América Latina.
De cualquier manera, el quiebre de los partidos alcanza a organizaciones del empresariado y a las sindicales. Históricamente, ante cambios de importancia, los patronos del sector más concentrado, presentaban un bloque unido con lo más granado de la banca, el campo y la industria.
Con el golpe terrorista de marzo de 1976, ese papel lo jugó el Consejo Empresario Argentino, que fue la base de sustentación del ministro de economía, José Alfredo Martínez de Hoz, quien inició el ciclo de una manera de insertarse en el mundo que es lo que estalló en los últimos meses.
La inserción mundial en los nuevos tiempos del hegemonismo militar de los EEUU es un tema tan clave como la nueva concentración económica y financiera, no consumada totalmente. El sistema productivo se ha achicado aunque en los últimos meses hay una tendencia al crecimiento. La novedad llega con el discurso de «recrear la burguesía nacional» que pregona un sector que se prepara para las novedades que ocurrirán en la política y busca integrar a los bancos de capital nacional con grandes empresas de ese origen, para pesar en los acontecimientos y disputarle espacios a la banca y el capital extranjero. O negociar mejor como vivir en la Argentina que viene.
Esto proclama el nuevo liderazgo de la Asociación de Bancos Argentinos (Adeba) que se separa tanto de la banca foránea nucleada en ABA, como de los bancos estatales o provinciales y el cooperativo, para hacer alianzas con el empresariado local. Hay una feroz disputa por la conducción de la Unión Industrial Argentina (UIA), donde el grupo siderúrgico Techint, por caso, amenaza con crear una nueva entidad, sino se acepta que los empresarios locales sostengan como básico el modelo exportador que desbrozó la devaluación feroz de Duhalde.
En todos los casos, a los empresarios divididos como nunca en el pasado y sin un referente de peso decisivo, se le presenta el desafío de conformar un bloque de poder. ¿A favor de qué pretendiente? El que lidera Adeba, parecería inclinado a Kirchner o Rodríguez Saá, pero ya se sabe que los empresarios no son fanáticos y estarán donde mejor les defiendan sus intereses. Del más concentrado ya se señalaron sus preferencias.
Fuerte división del movimiento sindical
Más brutal es el desmembramiento del movimiento obrero. Hay un sector en decadencia, la CGT oficial, que estaría contenta con Menem, pero no se decide a decirlo ahora. La autoproclamada CGT combativa, está jugando abiertamente con Rodríguez Saá, al menos la mayoría de sus gremios, y le garantizan un aparato nacional, que puede controlarle los comicios
en todos los rincones. Kirchner es despreciado por unos y otros, lo que lo hace más dependiente, si cabe, de Duhalde.
La Central de Trabajadores Argentinos (CTA), antiburocrática pero no clasista, tironeada por su propio pluralismo donde cada sector que la integra apoya alguna propuesta electoral independiente de otras y no quiso o no pudo jugar un papel activo en enhebrar posiciones dispersas que no deberían ser antagónicas. Carrió no consiguió entenderse con Víctor de Gennaro, líder de la CTA, pero cada vez más cuestionado.
Además, el movimiento piquetero se ha organizado según el sector de la dividida izquierda o expresando a católicos avanzados; en todo caso, no pesaran en las elecciones, en algunos casos, por haber decidido desconocerlas pensando que lo que surgirá no durará demasiado. Este boicot es visible en los remanentes de las asambleas barriales.
Hay búsquedas a más largo plazo, como la propuesta de la CTA de impulsar un nuevo movimiento político pero donde ya han despertado liderazgos prematuros. O diferentes intentos de ir enhebrando comisiones de base de empresas, en general, clasistas, a la manera de las Comisiones Obreras de España, disputarle la legitimidad a la antigua burocracia sindical. No juegan nada en esta coyuntura. En estas dos semanas –con Pascuas que amortiguan más todavía las tareas proselitistas– queda como «espacio ganado» el desplazamiento noticioso de la invasión a Irak. Menem encabeza los tiempos de la TV, pero no le van en zaga Kirchner, Rodríguez Saá o López Murphy con mayor apoyo financiero que semanas atrás. A no ser por los reportajes sobre todo en canales de cable, la rubia candidata hubiera salida del foco. Y que decir de los partidos menores.
Dos asuntos se instalan adicionalmente. Uno, la gobernabilidad, en la seguridad que el ganador carecerá de la fuerza parlamentaria necesaria. El peronismo en todas sus variaciones, parte del supuesto de que el triunfador de ese color, reúne tras sí al resto, diluyendo así las diferencias de proyectos que ofrecen. Carrió se propone –de ganar–afianzar su legitimidad mediante consultas populares, hasta que las parlamentarias de octubre le provean de la mayoría que necesita. López Murphy, en fin, confía en las negociaciones.
Es la idea de que pueden ocurrir anormalidades o tensiones, si la paridad profetizada entre los primeros pretendientes se cumple. Salvo Kirchner y el Gobierno, los restantes o temen ese escenario o lo utilizan con elemento descalificador o, acaso, justificante de una derrota.
Nunca de la precariedad y de la indiferencia pudo construirse un futuro venturoso. Tal vez, lo que se avecina es otro tiempo de tormentas. *
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