Se comparaba con Saladino, libertador de Jerusalén

Saddam Hussein: del poder y la gloria a la derrota

El culto a la personalidad cultivado en torno al «gran dirigente», que no dudaba en compararse con Saladino, libertador de Jerusalén, y con el legendario Nabuconodosor de Babilonia, cayó tan rápidamente como la «inexpugnable» Bagdad a manos de las fuerzas estadounidenses.

Aunque siga con vida, la imagen de su desplome, la derrota sin resistencia del ejército del que tanto presumía y el súbito hundimiento del partido Baas, asociado con la brutalidad del régimen, marcarán para siempre la historia de una vida tumultuosa.

Saddam Hussein, que nació pobre y luego vivió en grandes y extravagantes palacios, desafió más de una vez a Estados Unidos, la gran potencia.

Lo pagó con la derrota y la humillación, cuando sus estatuas fueron arrastradas por el barro y sus retratos desgarrados, manchados o quemados.

El hombre que, a los 65 años, se dijo decidido a morir en su tierra y desafió a sus enemigos podría lanzar aún una última y fútil batalla que conduciría a la destrucción de su feudo, Tikrit.

Pero esto sólo retrasaría el destino de Saddam Hussein que, construyéndose un mundo surrealista, transforma cada derrota en victoria y cada desastre en una fiesta.

Su última proeza tuvo lugar la semana pasada en las calles de Bagdad, cuando apareció por primera vez desde hace años saludando a la muchedumbre ante las cámaras de la televisión estatal.

Saddam Hussein, que de 1980 a 1988 libró una sangrienta guerra con Irán y en 1991 sufrió la derrota de la guerra del Golfo, es un maestro del arte de la supervivencia, según algunos diplomáticos. Su autoridad se afirmó en numerosos combates.

Estados Unidos inundó Bagdad de bombas y misiles en 1998. Otros misiles habían caído sobre la capital en 1996 y en 1993, pero Saddam Hussein siempre reapareció cantando victoria.

Washington y Londres acariciaron la esperanza de que un levantamiento interno le expulsara del poder, pero el presidente iraquí castigó cualquier intento sin consideración.

Aplastó levantamientos en el sur chiíta y el norte kurdo en la estela de la guerra del Golfo, después de haberse hecho un nombre, en su juventud, tratando de asesinar al presidente Abdel Karim Qassem en 1959.

Herido en la pierna, huyó al extranjero para regresar cuatro años más tarde y, en 1964, fue enviado a prisión, de donde escapó para reanudar su actividad clandestina para el partido Baas.

En 1968 participó en el golpe de Estado que llevó a este partido al poder y que marcó el inicio de su ascensión hasta convertirse en el hombre fuerte del régimen del presidente Ahmed Hassan Al Bakr.

Secretario general adjunto del partido, en 1969 Saddam Hussein fue nombrado vicepresidente del Consejo de Mando de la Revolución, la más alta instancia directiva, y siguió reforzando su poder.

En 1979 acumulaba los cargos de jefe de Estado, secretario general del Baas y presidente del Consejo del Mando de la Revolución.

Saddam, que no toleró ninguna disidencia, practicó con frecuencia las purgas y envió a los opositores al exilio o al cementerio. Alentó la delación y ejerció un control férreo sobre los medios de comunicación.

El hombre que «inspiraba temor» pero que no pasó las pruebas de reclutamiento de oficiales en su juventud es mariscal y jefe supremo de un ejército actualmente amenazado de destrucción.

«Moriremos aquí. Moriremos en este país y salvaremos nuestro honor, el honor que debemos a nuestro pueblo», declaró recientemente. *

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