La segunda ciudad de Irak, conocida como la Venecia oriental

Entre el caos de los tanques y los saqueos

La actividad en las calles de esta ciudad, conocida como la Venecia oriental por sus numerosos canales, es frenética.

Los comerciantes ofrecen pan recién hecho, fruta o carne fresca, los automóviles circulan en todas las direcciones, las mujeres preparan café y comida caliente mientras los hombres conversan ante las puertas de las casas, justo al lado de los sacos de arena apilados por los milicianos en los últimos días para protegerse de los disparos británicos.

«Thank you!», repiten eufóricos decenas de niños al paso de los tanques y los blindados británicos que patrullan la ciudad. Sin embargo, sus gritos de júbilo son prácticamente la única celebración en esta ciudad ante el paso de las tropas extranjeras.

Los adultos las ven pasar con aire preocupado, los más mayores dudan de sus verdaderas intenciones y recuerdan que en la Primera Guerra Mundial, los abuelos de estos jóvenes soldados británicos «mataron y robaron» en Basora.

En el Paseo de los Mártires, al borde del río Shat Al Arab y a un lado de la gran estatua de Saddam Hussein  que con pose militar señala a Irán, acompañado de los héroes de la guerra contra este país (1980-88)  el hotel Sheraton-Basora arde, mientras es saqueado por decenas de ciudadanos ante la mirada desesperada de su director.

«Les pedí a los británicos desde hace tres días que vigilaran el lugar, que pusieran tanques pero no lo hicieron y ha vuelto a pasar lo mismo que en 1991: han robado todo, no queda nada», asegura Riyadh Al Ammar, explicando que un 50% del hotel pertenece al gobierno.

Ante la mirada impotente de los soldados británicos, camas, alfombras y mesas vuelan por las ventanas de todos los pisos mientras Al Ammar advierte, sin que nadie le haga el menor caso, de que dos cohetes entraron en el hotel hace dos días pero no explotaron y todo puede volar por los aires. A pocos metros, en la sede del Banco Central de Irak, que fue desvalijado el lunes, campan a sus anchas los ‘rateros’ de última hora que se llevan lo único que queda: las puertas, pedazos de madera o ventanas. *

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