El fracaso de la "Guerra en el Golfo II"

Esta guerra que está sucediendo en Irak es como la Parte II de las películas de éxito, la mayoría de las veces resulta un fiasco. Cambian al director o cambian los principales actores, o el guionista no es el mismo y la historia no continúa con la misma atracción que tuvo en el primer filme.

A esta Guerra en el Golfo II, que podría tener de subtítulo La invasión de Irak, le pasa lo mismo. Prometía ser grandiosa, con los mejores efectos especiales jamás vistos, la tecnología más avanzada y los mejores hombres para cada puesto estelar, con la gran novedad de cartel: el actor principal era sucedido por su hijo.

El villano era el mismo, un Saddam Hussein más envejecido, pero nadie pensó que por ello, un tanto más astuto. En ambos elencos, tanto el norteamericano se mantenían figuras destacadas de la primera película: Dick Cheney, entonces secretario de Defensa, ahora vicepresidente; Colin Powell también ascendía de puesto, de comandante a secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, reaparecía en escena con gran protagonismo.

En la trouppe iraquí tampoco había gran renovación. Como dijimos, la estrella máxima seguía en su puesto y su fiel vocero mundial, Tariq Aziz, cambiaba de rol para confundir al enemigo de siempre.

Pero la película que le prometieron a los televidentes de los Estados Unidos no tiene nada que ver con lo que sus ojos han visto en la pantalla en estos últimos doce días. Les dijeron que iba a ser una segunda versión más ágil y veloz que la primera y es lenta, pesada, como el desierto por el cual transita, va una semana y media desde su inicio y, por ahora, nadie tiene idea de cuánto puede durar.

Los espectadores ya se aburren de lo extenso de su duración. ¿No era que la maquinaria tecnológicamente más avanzada de la historia aseguraba la victoria de modo contundente y de forma rápida? No ha sido así. Aparecen imágenes de soldados norteamericanos e ingleses muertos en acción y otros, que han sido apresados por los iraquíes.

Y es en este momento que los ciudadanos estadounidenses empiezan a cuestionar por qué se continuó esta saga con una segunda parte con un guión tan malo, en el cual quiénes deberían ser los héroes aparecen como villanos y el Malo Mayor y su séquito de torturadores y asesinos comienzan a adoptar el papel de buenos, de víctimas, de mártires. Y no les gusta lo que ven en la televisión; como no nos gusta a ninguno lo que se ve en la cobertura de esta guerra.

Todos sabemos que lo que miramos en la pantalla no es ficción, como tan claramente nos lo explicó en la ceremonia de entrega del Oscar ese intrépido documentalista gordo. Es una guerra de verdad y muere gente, en ambos bandos y los misiles inteligentes también matan civiles, incluyendo niños y ancianos y hasta matan a nuestros propios soldados, piensan los norteamericanos después de diez días de mirar el conflicto en el living de sus casas. Y empiezan a rememorar cómo se llegó a esto: los hechos, las actitudes y las decisiones que llevaron a esta guerra. Recuerda, entre otras cosas, que se fue a ella sin el consentimiento de las Naciones Unidas. También rememora las multitudinarias manifestaciones en su contra, en todas partes del mundo. Y el ciudadano estadounidense recuerda y su visión de que pasa comienza a tornarse crítica. Las preguntas empiezan a retumbar en su interior, como pasó en Vietnam y como sucedió en Mogadiscio

¿Vale la pena tener a nuestros hijos en las arenas de Irak, con rumbo a Bagdad, donde los puede esperar una carnicería? Miran a Bush (hijo), también por sus televisores, y no ven al líder claro que creían tener y que iba a protegerlos de los embates del terrorismo.

Comienzan a percibir que no es con bombas, por más guiadas que estén por el más sofisticado sistema láser, que se siembra la paz.

La figura de su presidente empieza a desfigurarse ante ellos. Empiezan a detectar los halcones que se mueven a su alrededor y cómo aprovecharon el impacto del 11 de setiembre de 2001 para justificar este ataque. Este golpe sin sentido, no porque sea contra un atroz tirano como Saddam Hussein, sino por lo desproporcionado, injustificado e inoportuno de la acción.

La película ya no les gusta, los atormenta. Quieren que termine y no pueden cambiar de canal. Todas las emisoras están en lo mismo, todas tienen las mismas imágenes que los hieren.

La guerra está en todas partes, no se pueden desenchufar de ella; donde vayan, todos hablan de ella, pero no con igual triunfalismo, aflora incipiente la reflexión crítica. La conciencia de un pueblo empieza a despertar y muchos ya presienten el remedio. Este no es inmediato, habrá que esperar dos años, pero es efectivo. En las próximas elecciones, no votarán por la reelección. George W. Bush, al igual que su padre, tal vez no obtenga su segunda parte, su segundo mandato. *

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