Las "viudas de marido vivo"

En la empobrecida región semiárida brasileña que ayer sábado visitaron el presidente Luiz Inácio Lula da Silva y sus ministros, la sequía, la miseria, y la extrema necesidad han convertido a muchas mujeres en «viudas de marido vivo», que ven partir a sus esposos en busca de un trabajo en las grandes urbes, a miles de kilómetros.

Elani Nunes Coelho, de 27 años y madre de tres hijos, acaba de convertirse en una más de las «viudas de marido vivo», expresión utilizada en la región del Valle del Jequitinhonha y evidencia de la difícil realidad de esta área rural de la implacable región semiárida de Brasil en el Estado de Minas Gerais.

Su marido salió de casa en noviembre con la intención de encontrar un sustento en el industrial Estado de Sao Paulo.

«Es muy difícil nuestra situación, la de una mujer con hijos cuyo marido tiene que partir tan lejos por la desesperación del sustento. Si tuviéramos buenas autoridades, que garantizaran trabajo, nuestros maridos no tendrían que salir. Pero la necesidad aprieta mucho», lamenta Elani, que mantiene a sus hijos con subsidios estatales y los 25 reales por mes (cerca de ocho dólares) que gana lavando ropa en el río.

Ella vive en el «Mutirao», un pequeño lote de casas construidas por las propias familias, en adobe enmascarado en una gastada capa de pintura, en un terreno donado por mediación de autoridades vinculadas al Partido de los Trabajadores (PT), del presidente Lula, quien visitó ese mismo lugar en 1993.

El barrio se encuentra a un kilómetro de Itinga, el pueblo que Lula eligió para presentar y sensibilizar a su gobierno sobre la pobreza y las brutales consecuencias de la sequía en la región semiárida rural de su país.

Al inicio de la década de los noventa, el marido de Elani pasó seis años viajando a Sao Paulo nueve meses por año, para trabajar en la cosecha de la caña de azúcar. Luego volvió a instalarse en el pueblo, pero pasó tres años sin trabajo y volvió a buscar empleo en la urbe.

A su lado, su vecina Leonis Cardoso da Silva, de 32 años, reconoce tener más suerte: su marido trabaja en una lancha, cruzando a la gente a un lado y otro del rio que atraviesa el pueblo. En cambio, explica: «Mi hermano y diez primos míos salen cada año, durante nueve meses, para hacer la cosecha de la caña, y dejan a sus mujeres y sus hijos en casa, esperando». *

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