Chacho Alvarez: fue el "capítulo final"

 

El ex vicepresidente argentino (1999-2000) Carlos «Chacho» Alvarez sostuvo que la caída del gobierno de Fernando de la Rúa el 20 de diciembre de 2001 «fue el capítulo final de una crisis de larga data, que pone de manifiesto el fracaso de la clase política argentina».

Alvarez renunció en octubre de 2000, apenas diez meses después de haber accedido al cargo como compañero de fórmula de Fernando de la Rúa, avalada en las urnas por el 48 por ciento de los argentinos.

A un año de los acontecimientos de diciembre de 2001, cuando el gobierno de De la Rúa se derrumbó entre decenas de muertos, saqueos y movilizaciones populares, Alvarez descartó la hipótesis del golpe de Estado encubierto supuestamente alentado por la entonces oposición del Partido Justicialista (peronista), aunque sin desechar ciertas tendencias conspirativas.

El ex vicepresidente argentino, en una entrevista concedida a ANSA, resaltó que en aquellos días estalló «una crisis de hegemonía» sin que naciera «nada alternativo y por eso todavía no hay señales de una nueva dirigencia».

El siguiente es el diálogo que mantuvo con ANSA:

–¿Cuál es su lectura a un año de los acontecimientos que provocaron la renuncia de Fernando de la Rúa?

–De la Rúa renunció obligado por la desobediencia civil y todo lo que se tejió sobre un golpe de Estado es secundario con relación al cansancio de la sociedad que se movilizó espontáneamente en esos días. El 19 de diciembre por la noche hubo una gran movilización urbana a la casa de (el ex ministro de Economía, Domingo) Cavallo y a la Casa de Gobierno, que es lo que definió el desenlace. Las versiones conspirativas aparecieron después.

De la Rúa fue repudiado en esos días por las clases urbanas que eran su base, principalmente en la Ciudad de Buenos Aires. Cuando anuncia el Estado de Sitio (en la noche del 19 de diciembre) y la gente se moviliza es cuando la rebelión no le deja un camino de retorno al gobierno. Después se jugaron sectores y versiones de otro tipo, por ejemplo en la provincia de Buenos Aires, donde algunos dirigentes del peronismo esperaban capitalizar el caos, pero eso no alcanza para definir la caída de De la Rúa como golpe de Estado.

Siempre en estos acontecimientos aparecen otros condimentos, pero aún cuando hubiese sido así (una conspiración alentada por el peronismo bonaerense), después no terminó de capitalizar ese hecho, porque el presidente fue (Adolfo) Rodríguez Saá (un caudillo del interior del país). Entonces, aun aceptando que algunos dirigentes peronistas quisieron capitalizar la crisis, por lo menos no había una estrategia de liderazgo definido para ocupar el poder.

–¿Cuáles han sido los cambios políticos y culturales más significativos desde aquella rebelión popular?

–Los cambios culturales son más lentos. Sedimentan en la conciencia de los protagonistas. Por eso era imposible apostar a que ese nivel de protagonismo social se mantuviera en esos niveles de asambleísmo, juntas vecinales, movilizaciones y cacerolazos que conocimos en diciembre del año pasado.

El otro extremo sería decir que estamos en el mismo punto en que estábamos antes de diciembre pasado, pese a la experiencia que vivimos. Hay que ir avanzando en una cultura deliberativa y asociativa, porque vivíamos en una cultura paternalista de esperar al líder y al Estado.

A partir de la experiencia que vivimos durante este último año, hay que comenzar a reconocer una cultural diferente.

–A un año de distancia parecería que el único responsable de la crisis fue el gobierno de la Alianza y en especial Fernando de la Rúa, por su inoperancia. ¿Qué ha sido de los otros corresponsables?

–De la Rúa es el capítulo final de una crisis de larga data, que pone de manifiesto el fracaso de la clase política –en la que me incluyo–, de los empresarios, los banqueros y los sindicalistas. En diciembre hubo un derrumbe y todavía hay un crisis de hegemonía. Pero no ha nacido nada alternativo, no hay señales de una nueva dirigencia. Por eso se percibe como que no hay nada nuevo y cierta sensación de frustración en la gente. *

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