"La sensación era de que se hundía el barco"
La diputada opositora Marcela Bordenave (ARI, centroizquierda) fue de los pocos legisladores que dejó su despacho y se trasladó a la Plaza de Mayo el 20 de diciembre de 2001, cuando la televisión mostraba la feroz represión contra los manifestantes que pedían la renuncia del entonces presidente Fernando de la Rúa.
Aquella represión dejó un saldo de siete muertos sólo en torno a la Plaza de Mayo y, un año después, las siguientes son las reflexiones y recuerdos de Bordenave, viuda del dirigente sindical Germán Abdala.
ANSA: A un año de distancia, ¿cuál es su lectura de los acontecimientos de diciembre de 2001?
Bordenave: Fue un punto de inflexión. La gente no salió sólo por el tema económico del corralito (las restricciones bancarias impuestas por el gobierno argentino a partir del 3 de diciembre), sino contra el Estado de Sitio que había declarado De la Rúa la noche del 19 de diciembre.
La sociedad respondió en conjunto contra esa política represiva y en la Plaza de Mayo había chicos, mujeres, hombres grandes y mucha juventud.
Esa fue la respuesta directa al Estado de Sitio, la necesidad de decir «basta».
–Usted estuvo en la Plaza de Mayo el 20 de diciembre y pidió que terminaran con la represión. Pero no tuvo éxito. ¿Qué observó en la Casa de Gobierno en esas circunstancias?
–A mí y al diputado Luis Zamora (de izquierda), que fuimos a pedir que pararan con la represión, nos pasaron por arriba. A mí también me golpearon, aunque no como al resto de la gente porque era diputada.
Con Zamora fuimos a la Casa de Gobierno a pedir que terminaran con la represión y estuvimos cuarenta minutos esperando mientras los funcionarios sacaban cajas, biblioratos, computadoras. Estaban en retirada.
El ex viceministro de Interior, Lautaro García Batallán, se agarraba la cabeza mientras veía por televisión cómo la Policía reprimía pero era incapaz de decir basta con esto, pese a que estaba reunido el Consejo de Seguridad a pocos metros de su despacho.
La sensación en la Casa de Gobierno era que se hundía el barco y se iba todo el mundo, y el único que quedaba para poner el pecho era el pueblo argentino en una plaza tomada por la Policía, que no tenía ningún miramiento y parecía fuera de sí y fuera de alguien que los condujera». *
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