EL CUPLE

Yo le debo mi actual ciudadanía canadiense a un brotecito de maíz. Todo empezó cuando nos visitó una amiga de Sarandi del Yí. Ella tenía un fondo de ochocientos metros cuadrados donde plantaba de todo, hasta trigo y amapolas mezcladas porque la emocionaba mucho ver las amapolas rojas entre las espigas cuando llega la época. Claro que las plantaba en un canterito de dos por dos, pero el efecto era el mismo. Su visita me despertó algo así como una nostalgia campesina que no sé de dónde me viene porque toda mi familia fue siempre de la ciudad. Yo pensé que era muy probable que alguna tatarabuela haya sido campesina o haya tenido algún negocio de venta de semillas o que simplemente le gustara bordar florcitas en su ajuar nupcial. Con mi marido vivíamos en un apartamento de un tercer piso por escalera y sin balcón. Después que mi amiga volvió a su casa, me contagié de ella y empecé a sembrar de todo en canteritos que me inventé con los envases de helado. Es cierto que un poco obligaba a mi marido a comprar helados todas las noches? Fue un esfuerzo económico tremendo, y como a mí no me gustan los helados, casi todas las noches se tenía que comer el medio kilo él solo porque precisábamos urgente el envase de telgopor. Pero los resultados compensaron tanto sacrificio cuando la mesita del living parecía un campito en miniatura? teníamos desde arvejillas hasta girasol. Yo valoré muchísimo tener un marido capaz de acompañarme en toda esa siembra tan esperanzada. Que se haya comido tantos medio kilos de helado, que haya plantado las semillas de maíz, hablaban de un ser humano profundamente conectado con la naturaleza. Cuando se llevó una maceta a la mesa de luz no pude evitar sentir celos. El problema no empezó por decidir qué íbamos a hacer cuando naciera el brote. Empezó porque él se llevó a la mesa de luz precisamente una maceta sembrada con el maíz que le dejó mi amiga de regalo. Eso me trajo muchas amarguras, muchos celos. Tan desconfiada y triste estaba que ni la alegría de ver asomar una noche un brotecito logró hacerme feliz. Cuando hablé con mi marido y me dijo que era capaz de tirarlo con envase y todo al contenedor naranja si yo sospechaba de él, me puse en el lugar del brotecito y me agarró una especie de ataque de pánico. Y ahí sentí que yo no tenía derecho a dejarme llevar por los celos y poner en riesgo el destino vegetal de una semilla tan precolombina. Esa noche lo abracé como cuando recién empezábamos a salir y dormimos abrazados con la luz prendida, para que el brotecito se aprovechara del fototropismo positivo. Pero mi empatía vegetal no sirvió de nada. Al otro día mi marido puso una foto de mi amiga al lado del brotecito. Yo no dije nada, pero cuando se fue a trabajar bajé los tres pisos arrastrando mi valija y en la esquina tiré la libreta de casamiento al contenedor verde. Desde entonces nunca más supe nada de ninguno de los tres.

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