Para rehabilitar varones agresores, nadie se apunta

El Inmujeres, a través de su Departamento de Violencia basada en Género, que dirige Karina Ruiz, presentó lo que se ha intentado desde el organismo rector de políticas públicas de género respecto a la atención de varones que ejercen violencia hacia sus parejas. Pero, desde el comienzo, lo que se planteó fue una pregunta: ¿es posible el trabajo con estos varones?

Si bien la Ley 17.514 sobre Violencia Doméstica prevé que se brinde una atención integral no solo a la mujer víctima sino también al varón agresor, los diversos intentos han quedado truncos, según explicó Ruiz, porque ante el llamado público a organizaciones de la sociedad civil para trabajar en el tema, nadie se presentó.

Esto es significativo desde todo punto de vista. A los llamados que se han realizado para la atención de las víctimas femeninas de violencia en la pareja muchísimas organizaciones se presentaron. La ausencia de ofertas cuando se trata de varones, podría hablar de al menos dos posibilidades: o no hay interés en trabajar en la recuperación del agresor (si esto fuera posible) o no hay capacidad de hacerlo.

Tras una auditoría realizada por el Inmujeres, se llegó a la conclusión de que la segunda es la razón predominante: en Uruguay no hay técnicos capacitados para el abordaje de la violencia desde el punto de vista del agresor, y por tanto no hay tampoco posibilidad de instalar un servicio donde, de forma voluntaria, los varones intenten rehabilitarse.

 

RESULTADOS DESALENTADORES

En este marco, el Inmujeres convocó a profesionales con intenciones de que se capaciten en la temática y comenzó un curso con expertos extranjeros en el tratamiento de varones perpetradores de violencia hacia sus parejas. Sin embargo -y a pesar de que Ruiz insiste en la necesidad de creer en la posibilidad de cambio de las personas para abordar esta tarea- todo parece indicar que los números no son muy alentadores, y son muy pocos los que realmente logran rehabilitarse.

El problema es que, según advirtió al comienzo del seminario Carmen Beramendi, directora del Inmujeres, cuando hablamos de 5 mil expedientes que ingresaron a la Justicia en 2009, de 23 muertas en manos de sus parejas durante el mismo año, estamos hablando de ?5 mil varones delincuentes? y ?23 homicidas de género?, y visto así aparece el registro de cuántos son los varones con los que habría que trabajar.

Beramendi cree que ?debemos ir a una nueva legislación que penalice la violencia de género?. A su juicio, para hablar de ?nuevas masculinidades?, hay que tener en cuenta no sólo que los varones con la construcción hegemónica de la masculinidad ?pierden mucho?, sino que además ejercen violencia, y repensarse implica empezar por hacerse cargo de ello, porque ?mientras existan maltratadores no habrá democracia?.

 

PERCEPCIONES MASCULINAS

Los resultados primarios de un estudio exploratorio realizado en Maldonado por el psicólogo David Amorín con adolescentes de tres sectores bien diferenciados: no institucionalizados, institucionalizados en liceos públicos e institucionalizados en liceos privados, arroja algunos datos interesantes respecto a la percepción sobre violencia basada en género que tienen las nuevas generaciones.

Los y las adolescentes de entre 15 y 17 años inclusive participaron de grupos de discusión de mujeres y varones por separado, y de los mismos surgieron algunas cuestiones a tener en cuenta, entre otras: la principal fuente de conocimiento del tema es la televisión (que por lo general tiene un tratamiento superficial y sensacionalista).

En el caso de adolescentes no institucionalizados varones, no conocen el concepto de violencia basada en género aunque sí el de violencia doméstica, asociándola a lo físico fundamentalmente: el golpe, la pelea de pareja, maltrato físico, pero ?no pueden colocarlo en un evento más amplio de discriminación?, explica Amorín.

Los varones de liceos públicos tampoco conocen el primer término y sí el de violencia doméstica, y lo sienten como algo que ?está por todos lados?, además de poder ampliar el alcance de la noción a la violencia sexual y el abuso, así como a la violencia sicológica, pero quedándose en este caso en los ?insultos? y omitiendo violencias sicológicas más sutiles como la coacción, las amenazas, etc.

Tratándose de adolescentes de liceos privados, aparecen algunas sutilezas más: los hay que conocen parcialmente la noción de violencia basada en género, la asocian a la discriminación y a las desigualdades y, en varios casos, han tenido algún ?tímido trabajo? de algún profesor en el tema.

 

TRADICIONES Y ESTEREOTIPOS

También son distintas las percepciones de las causas de la violencia basada en género según el nivel de institucionalización: para los no institucionalizados puede ser una reacción provocada por alguna actitud de la mujer, se hace ?para imponer respeto?, ?para mandar?, o porque el hombre ?es más violento?, ?piensa menos y reacciona más?.

En el caso de los chicos que asisten a liceos públicos, aparecen algunas explicaciones que trascienden lo concreto, tales como la educación violenta, ser parte de una ?sociedad machista?, un abuso del hombre de su superioridad y, aunque no muchos, la tan conocida alusión a ?problemas sicológicos? del agresor.

Los adolescentes que concurren a liceos privados, identifican como causas ?la impotencia?, el intentar sobreponerse, la ?tradición?, así como la idea de que ?la mujer tensiona al varón?. Es llamativa la idea de que el matrimonio habilita más posibilidades de violencia, pues ?oficiaría de cárcel?, explica Amorín.

Algunas conclusiones que pueden desprenderse de modo primario de los datos aportados por este estudio, son que los adolescentes perciben que vamos aceptando como ?normal? la violencia de género, que la misma es legitimada por la sociedad, aunque registran más violencia en el mundo adulto que entre jóvenes, pues aseguran que entre ellos la violencia ?es más verbal?.

Por otra parte, queda claro que no manejan la noción de violencia basada en género, fundamentalmente quienes no están institucionalizados y quienes lo están en el sistema público, por lo que cabría preguntarse, en el caso de los últimos, qué está pasando con la aplicación del programa de educación sexual y si está teniendo o no algún efecto transformador de las subjetividades.

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