ESPEJITO DELIVERY
Después de leer en una revista que los espejos traen buena onda no dudé en comprar dos espejos nuevos. Uno para el baño y otro para la cocina. ¿Que a quién se le ocurre poner un espejo en la cocina? Realmente no lo sé. Sólo sé que desde entonces mi marido dejó de cocinar. Muchas veces cuando volvía de sus viajes de trabajo por el interior, le encantaba cocinar. A mí me emocionaba su manera de rallar zanahorias y esa especialidad suya de pollo marinado al ajillo. Me acuerdo que incluso una vez hasta se animó a ponerse un delantal de cocina. Esa noche estaba tan contento que descorchó una botella de vino. Y si hablo en pasado es porque desde que puse el espejo dejó de cocinar. Según él se deprimía viéndose pelar papas o rallando zanahorias. Dice que cuando cocina no quiere que nadie lo vea y menos verse a sí mismo. Y si al final tuve que sacarlo de la cocina no fue exactamente para que mi marido volviera a cocinar, cosa que en ese momento me hubiera encantado, sino porque me pasó lo mismo. Después de un tiempo no pude soportar verme cuando colaba fideos o freía milanesas, por más que antes de entrar a la cocina me pusiera rimel y me pintara los labios. Estoy segura que si los espejos tradicionalmente se hubieran usado en la cocina, eso hubiera desencadenado una revolución impresionante y una estampida de las mujeres hacia otras funciones. Seguro que se hubieran inventado prácticas culinarias más inteligentes, tipo pildoritas nutritivas y saborizadas como las que usan los astronautas. De todas maneras, por extraño que parezca, mi primera reacción no fue sacar el espejo sino dejar de cocinar. Preferí esa opción que me significaba incluso renunciar a la felicidad de ver a mi marido marinando el pollo. El espejo siguió en la cocina y empezamos a comprar todo hecho en el delivery. Yo descubrí que podía vivir perfectamente sin cocinar, cosa que creía imposible. Todo el tiempo que dedicaba a llorar pelando y picando cebollas, lo dedicaba a mirar novelas mexicanas o chilenas que hacen llorar pero de una manera mucho más emocionante. En esa época era encantador vernos en la cocina, sin llantos de cebolla ni rallando zanahorias con cara de pocos amigos. Yo llegué hasta a encontrar un plus de placer maquillándome en la cocina y no en el baño. Un día se me ocurrió trasladar el espejo al dormitorio. Y nos pasó lo mismo que cuando cocinábamos en la cocina: a ninguno de los dos nos gustó vernos tan realistas, digamos tan hiperrealistas. Yo quería llevarlo de nuevo a la cocina pero mi marido optó por llevarlo al garaje, donde terminó cumpliendo una función muy interesante: una especie de gigante retrovisor hacia adelante.
Ahora mi mayor preocupación es no romperlo con alguna maniobra medio atropellada. Dicen, y eso lo sabe cualquiera, que romper un espejo trae siete años de desgracia. Para mí la desgracia sería no volver a ver al chico del delivery. Le tomé tanto cariño que incluso cuando mi marido está de viaje él me trae el pedido cuando termina de trabajar. Y al otro día pedimos el desayuno por teléfono.
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