SONRISAS ESTATICAS

(17.2.1913)?Nuestra plataforma, un carro alto y desprotegido, fue armado contra la oscura pared de un deprimente consejo escolar quedando a merced de un viento aciago. Un pequeño grupo de gente se había congregado; las mujeres mantenían sus oscuros abrigos muy cerca de ellas, temblando y hablando del frío. Había cuatro o cinco policías y un par de inspectores. Subimos al carro y observamos cómo crecía la multitud, hombres y mujeres que dirigían sus pasos para unirse a la muchedumbre. Uno de los inspectores se acercó para preguntarme, discretamente, si estaba intentando formar una manifestación. Yo le contesté que no.

?Mi voz sonó alta y muy clara. Sentía la tensa expectativa que había en torno mío; muestras de simpatía respondían a mis palabras. Dije que sabía lo difícil que era para hombres y mujeres de ese barrio arriesgarse a caer en prisión ya que la mayoría de ellos eran trabajadores presionados por los problemas económicos, pero aún así alenté a las mujeres de Bow a unirse a nosotras y demostrarse a sí mismas que estaban preparadas para hacer sacrificios que asegurarían el voto femenino. Luego, en medio de una sorpresa indescriptible no dije nada más; la gente esperaba que yo llamara a la acción, me bajé del carro, caminé lentamente porque mis pies se habían entumecido por el frío.

La mitad de la multitud estaba desilusionada porque nada había sucedido en el mitin; la otra mitad se preguntaba si no pasaría algo todavía. La policía también esperaba y se mostraba prevenida de lo que yo intentaba hacer al dejar de hablar. Caminé lentamente hacia la calle Bow, la muchedumbre irresuelta, comenzó a seguirme aunque algunos también esperaban que hablara alguien más. Un puñado de mujeres me secundó. En la esquina había un brillante cartel de un comercio que anunciaba liquidaciones en su vidriera.

Saqué una piedra pesada de mi bolsillo y la arrojé lo más fuerte que pude. Rompió el vidrio con gran estrépito, pasando a través de él como si fuera manteca? Tres piedras volaron inmediatamente detrás de mí, sonaron como disparos de armas. Fui agarrada por dos policías y a otras tres mujeres les sucedió lo mismo. Fuimos arrastradas, resistiendo, a lo largo de toda la calle Bow, la gente nos alentaba y corría detrás de nosotras. De repente, un joven muchacho, soltó con vehemencia: ?¡El voto para las mujeres!? y tiró una piedra a la ventana del Bromley Public Hall. La gente lo aplaudió: ?Bravo!! ¡El voto para las mujeres!?. La policía saltó encima de él, blandiendo sus armas, esposándolo y dejándolo casi sin respiración. Era Willie, el hijo mayor de George Landsbury quien le había prometido a su esposa ir a prisión en su lugar, ya que ella tenía tuberculosis y no podía dejar a su pequeña hija de dos años de edad.

La multitud crecía en número, surgiendo por todas partes, vociferando y alentando con epítetos, presionando en la puerta de la nueva gran estación policial. La policía luchaba por mantenernos a raya dentro de la estación. El inspector gritó: ?¡Mantengan la fila y cierren la puerta!!?

Había otras cuatro conmigo: Annie Lansbury y su hermano Will, la pálida y delicada Sra. Watkins, una viuda que luchaba por mantenerse trabajando en una fábrica de costuras y la joven Sra. Moore. Un momento después, la pequeña Zelie Emerson se unió a nosotras, triunfante por haber roto la ventana del Club Liberal.

Las miré a todas que eran nuevas en estas acciones. Parecían contentas y satisfechas. En la Sra. Moore resaltaba su joven y hermoso rostro con una luminosa y estática sonrisa.

Tomado de: E. Syvia Pankhurst, ?The Suffragette Movement: An Intimate Account of Persons and Ideals?, Longmans, London, 1931, pp.439-440

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