Las Pankhurst, una saga de mujeres legendarias
Todo comienza con Emmeline. Su padre, el abogado Robert Goulden, era un abolicionista radical y su madre, Sophie Crane, una feminista apasionada. Ya desde muy niña acompañaba a su madre a los mitines sufragistas ingleses. Estudió en Francia y a su regreso la joven conoce al abogado Richard Pankhurst, quien la doblaba en edad pero tenía las mismas ideas avanzadas para la época. Tuvieron cuatro hijos; los Pankhurst pertenecían al Partido Laboral independiente y, a pesar de que era llamado el abogado ?rojo? por sus ideas socialistas, Richard logra acceder a la Cámara de los Comunes, pero muere repentinamente en 1898.
La viuda no se queda de manos cruzadas y en 1903 funda, junto con sus hijas Christabel y Sylvia, la Unión Política y Social de las Mujeres (WSPU). Las británicas venían pidiendo el voto paciente y organizadamente desde hacía décadas -el primer pedido formal en el parlamento lo hicieron a través de John Stuart Mill en 1866- pero sin éxito. Cansadas de no tener resultados, las Pankhurst decidieron tomar medidas más radicales. Son sus conocidas acciones públicas las que aún perviven en la memoria colectiva de muchas ciudadanas de las democracias occidentales, pero también en quienes han ridiculizado al movimiento sufragista desde entonces.
EL TIEMPO DE LAS ACCIONES ?TERRORISTAS?
Christabel (1880-1958) era la mayor de las tres hermanas mujeres. Dueña de una personalidad carismática, fue el puntal principal de su madre hasta su muerte. Junto con la militante Annie Kenney, obrera del algodón, en 1905 interrumpieron un mitin político del partido liberal para preguntar cuándo darían el voto a las mujeres. Como no se callaban, tuvo que intervenir la policía ?para gran asombro del disertante Sir Winston Churchill, que luego reclamó ?mano dura? para las sufragistas-. Las encontraron culpables de desacato y marcharon a prisión. Fue el comienzo de unas cuantas acciones sufragistas que terminarían siempre en la cárcel.
El 21 de junio de 1908 desfilaron 400.000 sufragistas por las calles de Londres. Desengañadas del propio Partido Laborista, iniciaron acciones directas, fundamentalmente atacando la propiedad porque entendían que era ?sagradamente masculina? y lo único que se respetaba para tener derecho a votar: destruyeron buzones de correos, ventanales, los cables del telégrafo, estaciones de trenes, casa vacías, gradas de los campos de criquet, quebraron vidrios en el West End, incendiaron iglesias, comercios y obras de arte clasificadas como denigrantes para las mujeres.
Las más pudientes se negaron a pagar sus impuestos y acosaron a los parlamentarios. Sabían escoger sus objetivos. No había bastiones masculinos que estuviesen a salvo de sus ataques: ?Voto para las mujeres? llegó a aparecer, escrito con ácido, sobre el césped de los campos de golf.
Como la monarquía también se oponía al voto femenino, fueron frecuentes las manifestaciones frente al Palacio de Buckingham donde llegaron a encadenarse en más de una oportunidad. En 1908, mientras el monarca británico se dirigía en carroza a la apertura del Parlamento y las sufragistas intentaron entregarle una petición en mano, otras sobrevolaban Londres en globo arrojando miles de mensajes sobre la ciudad y otras navegaban por el Tamesis denunciando en altavoz la injusta situación de las mujeres. Por lo visto, nadie podrá acusarlas de falta de creatividad e imaginación para emprender sus osadas acciones militantes.
Emmeline, por entonces con más de 50 años, llamó a la desobediencia civil y a la huelga de hambre cada vez que eran encarceladas y tratadas como terroristas o delincuentes comunes (reivindicaban ser tratadas como prisioneras políticas). El gobierno, que clausuró el periódico de la Unión, se vio obligado a tomar medidas en un juego que se conoció como ?la ley del gato y el ratón?: las excarcelaban por motivos de salud para ser apresadas nuevamente días más tarde. Como no disminuían las huelgas de hambre, las obligaron a alimentarse. Christabel lo relató así: ?Hubo escenas terribles en la prisión. Al resistirse a comer, los médicos alimentaban a las detenidas a través de un tubo que les introducían por la nariz o por la boca mientras forcejeaban con las celadoras que las sujetaban para reducir su oposición?.
El 13 de junio de 1913, cuarenta sufragistas acudieron al ?derby? de Epson para hacer agitación. Sin que nadie lo esperara, una de ellas, Emily Davidson, activa militante graduada con honores en la Universidad de Oxford, se tiró bajo las patas de un caballo que era propiedad del rey Jorge V, lo que le ocasionó la muerte. Este triste episodio de inmolación por la causa femenina, una vez más fue mal interpretado por los sectores conservadores y reaccionarios: ?si esto es lo que hace una mujer educada, ¿qué hará entonces una mujer menos educada? ¿Cómo se puede siquiera pensar en otorgarles el derecho a voto??. Todo servía para traer agua al molino de la negación de los derechos.
El funeral de Emily fue una de las más grandes manifestaciones a favor del sufragio femenino (pueden verse filmaciones en you tube). Concurrieron no solo las partidarias del movimiento, sino también las sufragistas de todas las tendencias, aún las que no estaban de acuerdo con los métodos empleados por ?las suffragettes?. Emmeline no pudo concurrir porque fue detenida al salir de su casa hacia el cementerio; simbólicamente, sus partidarias enviaron un carruaje vacío al funeral como protesta.
Arrestada y condenada a tres años de trabajos forzados, Emmeline, con ayuda de sus compañeras, logra escapar viajando hacia los Estados Unidos donde el presidente Wilson -que aún estaba lejos de atender las mismas demandas que reclamaban sus conciudadanas- la había invitado. En diciembre regresó de nuevo y la policía la encerró por última vez; ella se declaró inmediatamente en huelga de hambre. Como protesta por su detención, sus seguidoras incendiaron un gran edificio de Escocia y un pabellón de la exposición de Liverpool. Pero la guerra, que se avecinaba, iba a cambiarlo todo y también a dividirlas.
EL GENERO UNE, LA CLASE SEPARA
La guerra obligó al rey a amnistiar a las sufragistas: las mujeres eran necesarias en la producción mientras los hombres marchaban al frente. Tanto Emmeline como Christabel, apoyaron vehementemente al gobierno ?que en 1918 sólo dio el voto a las mujeres mayores de 30 años- cayendo en un chauvinismo ajeno a gran parte del movimiento que lideraban y apartándose de los ideales socialistas para avanzar claramente hacia la derecha.
Ambas forman en 1917 el Partido de las Mujeres. En su programa de 12 puntos se incluyen: la lucha contra Alemania, creación de cocinas comunales, igualdad de salario para trabajo igual, leyes iguales de unión y de divorcio, derechos de ambos padres sobre los menores, igualdad de derechos y oportunidades en el servicio público para las mujeres y un sistema de derechos por maternidad. Después de la Primera Guerra Mundial, Emmeline pasó varios años en Estados Unidos y Canadá. Cuando regresa a Gran Bretaña (1925), se afilia al Partido Conservador y se convierte en candidata por Londres; muere el 14 de junio de 1928, pocas semanas después de que el voto femenino se universalizara definitivamente, mientras que Christabel emigra a Estados Unidos donde adhiere al metodismo.
Sylvia (1882-1960), desde siempre identificada con la clase trabajadora, denunció el falso patriotismo, el imperialismo bélico y advirtió que las mujeres perderían sus trabajos una vez finalizada la guerra defendiendo la igualdad salarial. El triunfo de la revolución bolchevique la entusiasmó tanto que viajó a Rusia y de regreso a su país ?donde pagó con cárcel sus simpatías bolcheviques- mantuvo correspondencia con Lenin y ayudó a fundar el Partido Comunista inglés.
En 1913 rompió definitivamente con su madre y su hermana y fundó la Federación del Este de Londres de Sufragistas, en la que se organizaron tanto mujeres como hombres pertenecientes a la cl
ase trabajadora; años más tarde también se alejaría del partido comunista.
Fiel a sus ideales libertarios, con 44 años de edad, tuvo un hijo siendo soltera ? el conocido historiador Richard Pankhurst, hoy de 80 años- y convivió con el revolucionario italiano Silvio Curio. En la década del 30, como otros ingleses, ayudó a la causa de la República española, a los judíos que escapaban del régimen nazi y denunció en su periódico ?donde involuntariamente se convierte en la primera mujer que contrata periodistas negros – la invasión de la Italia de Mussolini a Etiopía sin sentirse respaldada por el gobierno británico.
DE INGLATERRA A ETIOPÍA
Sylvia era una talentosa artista y escritora. Fue ella quien diseñó los distintivos que usaban las mujeres de la WSPU en púrpura, verde y blanco (púrpura representaba la dignidad, blanco la pureza y el verde la esperanza en el futuro). Durante su vida editó cuatro periódicos, publicó 22 libros ?entre ellos la ?Historia del movimiento sufragista femenino? en 1911- y cientos de artículos que traslucen su pensamiento progresista, comprometido y combativo frente al fascismo y el colonialismo europeo sobre el Tercer Mundo.
No es sorprendente que en 1956 el emperador Haile Selassie (Rasta Fari) la invitara a ir a vivir a Etiopía, país por el que ella había escrito tantos artículos defendiendo su independencia de toda injerencia extranjera. Cercana al panafricanismo, Sylvia acepta la propuesta y se traslada a ese país donde muere a los 78 años de edad en 1960, recibiendo honores de Estado.
Su hijo Richard, doctorado en Historia Económica, trabajó durante décadas en la Universidad de Addis Ababa, donde funda el Instituto de Estudios de Etiopía. Su bibliografía en torno a la historia, la cultura y la sociedad etíope, es amplísima. También escribió una biografía sobre su madre: ?Sylvia Pankhurst, Artist and Crusader?.
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