KATHY HEROICA
En las cercanías de Wellington, a mediados del siglo XIX, Kathy Carver dedicó años de su vida a recoger el aserrín del taller en el que su padre y su marido tallaban madera. Su padre realizaba con cierta habilidad el tallado artístico de mástiles de velero, aunque sin duda siempre fue ella quien prolijaba las terminaciones. Por su parte, el marido se ocupó durante años del tallado de respaldos de camas matrimoniales realizados con madera de kauris, árboles típicos de la región. Respaldos en los que predominaban mujeres desnudas, debidamente cubiertas por los maridos en la noche de bodas. El olor a madera se impregnó en sus sentidos y habiendo sido durante largos años una especie de ayudante no cualificada tanto de su marido como de su padre, comenzó casi por azar a tallar los restos de madera inservible que cubrían el piso del taller. Ante la mirada despectiva y por momentos satírica de su progenitor y de su marido, con pequeñas pinzas y estiletes utilizados en el arreglo de sus manos y sus pies, fue tallando en miniatura escenas de la guerra de la Troya.
Helena y Paris, unidos en un solo abrazo emergían, con ayuda de una lupa, en toda la dimensión de un amor que atravesó los siglos. Su pasión por la guerra de Troya, inexplicable si se piensa en su origen neozelandés, trascendió los límites del taller cuando luego de cinco años de trabajo incesante sus tallados fueron colocados en una vitrina de la Asociación Troyana de la región, creada gracias a su iniciativa. Hasta ella llegaron historiadores, arqueólogas y visitantes ilustres de regiones vecinas para maravillarse de su arte y de su paciencia creadora. Repudiada públicamente y en privado por su padre y su marido por haber osado ofenderlos con diseños minúsculos, dado que para ellos el tallado era una cuestión de grandes dimensiones y de uso exclusivamente masculino, Kathy huyó con su vitrina troyana y durante meses permaneció oculta en los bosques linderos. Rescatada por los bomberos zonales a causa de un incendio intencional, en medio del nutrido público que se había acercado a presenciar el rescate y luego de recibir los primeros auxilios para sus quemaduras afortunadamente superficiales, Kathy solicitó una vasija para depositar las cenizas de su vitrina y de su colección troyana. En contra de lo previsto, no hubo en ella ni desesperación ni dolor sino una inmensa felicidad. Se sentía conmovida y orgullosa de que su arte hubiera sido tan maravillosamente real como para arder igual que Troya. Arrepentidos de haberla condenado por pura soberbia, su padre y su marido quisieron volver a ella, pero Kathy pasó orgullosamente delante de ellos con su vasija funeraria sin siquiera dirigirles la mirada. La asociación Troyana le rindió homenaje durante los años que duró la comisión vitalicia , luego de lo cual quedó disuelta por falta de aspirantes interesados en su continuidad. Desde este espacio tributamos un homenaje a su creación, al mismo tiempo que denunciamos el imperdonable olvido histórico de esta moderna heroína de la guerra de Troya.
Compartí tu opinión con toda la comunidad