Estrogenada Helena

De origen griego, por razones políticas la familia de Helena acabó viviendo a principios del siglo XX en el norte de Arizona, en un pueblo perdido entre cactus gigantes y caminos polvorientos. La nostalgia por la tierra natal permeó la piel sensible de su abuelo paterno, conocedor y defensor a ultranza de los mitos griegos y las tradiciones más auténticas entre las que se incluía el consumo de cebolla cruda rehogada en aceite de oliva y el ritual de las plañideras en las ceremonias funerarias. Luego de la muerte de su abuela, reconocida por consenso unánime del poblado de Arizona y sus alrededores como la plañidera oficial en los velorios, su abuelo asumió esas funciones, también por consenso unánime, vestido con el ropaje de su amada esposa y agregando a su atuendo una peluca rizada de la que en el fragor de los llantos arrancaba abundantes mechones. En ese ambiente de rituales y de llantos ensayados durantes horas y horas, primero por su abuela y luego por su abuelo, Helena fue adquiriendo un particular vínculo con las ceremonias fúnebres. De carácter afable y sonrisa fácil, los llantos plañideros y el sentimiento trágico de la muerte no pudieron con esa alegría visceral que la caracterizaba. Pensando en cuál podría ser su aporte a la economía familiar, con dedicación y esmero diseñó pañuelos de riguroso negro, bordando en tonos fucsia, blanco o lila hermosos cactus en miniatura. Vendidos por ella misma como souvenir del evento fúnebre, al principio a un precio módico, fue paulatinamente haciéndose conocer más allá de los pueblos vecinos. Con el tiempo los pañuelos, superando en las ventas un cien por ciento el valor del costo, fueron utilizados no ya como paño de lágrimas sino como accesorios, diríamos fashion, de las damas elegantes de Arizona. En bodas, cumpleaños, citas amorosas y hasta en un tren podía verse a una dama desplegar entre sus dedos el pañuelo negro, acariciando sutilmente la rugosidad bordada de un mínimo cactus. A los efectos de llegar masivamente, Helena los distribuía en cuanta cadena comercial se cruzaba por su mente, llegando incluso a bocas de mercado inusitadas para la época como puestos de gasolina a lo largo de las interminables rutas de Arizona. Con la muerte de su abuelo la vida de Helena, próspera y plagada de viajes de negocios al Reino Unido y Francia donde adquiría hilos de seda y telas exclusivas, dio un brusco giro hacia otras inquietudes. Enamorada de los cactus reales, sustituyó el mercado fúnebre por un vivero de cinco hectáreas donde produjo especies exóticas destinadas al mercado hindú. Con una enorme tendencia a la interculturalidad, sus viajes a la India despertaron en ella un acercamiento a las filosofías orientales. A los sesenta años, infatigable, llena de vitalidad y de sentido positivo de la existencia, se casó con un violinista de la banda municipal de su pueblo, de origen japonés y veinte años menor que ella. Ambos se radicaron en una pequeña isla griega casi desértica, llevando una vida frugal y feliz dedicada casi exclusivamente al cultivo de cactus bonsai y a la exploración del sexo tántrico.

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