INNOVADORA CECILIA

La vida de Marie Cécile, nacida a principios del siglo XX en una pequeña ciudad al sur de los Alpes suizos, fue un ir y venir entre la música sacra, clásica y popular. Hija de un ejecutante de órgano de la principal iglesia y de una profesora de solfeo, su nombre responde a la devoción de sus progenitores por la virgen María y santa Cecilia, patrona de la música. No obstante, desde pequeña tuvo una relación con la música que no respondía ni a los cánones tradicionales ni a la doble santidad de su nombre. A los tres años se escondió adentro del órgano de su padre. Cuando la encontraron después de arduas búsquedas durante un día y una noche, sólo balbuceó ?no encontré la clave de sol?. A los cinco años destruyó partituras de música sacra de la Baja Edad Media custodiadas durante siglos en el centro de documentación de la iglesia. A los siete dirigió un coro de niños que cantaban en lugares públicos villancicos navideños con letras profanas inventadas por ella misma del tipo, traducción mediante, ?noche sin paz, noche de horror, todos duermen la mona en derredor?. Subyugada por su maravillosa voz, la congregación justificaba sus infantiles transgresiones atribuyéndoles rasgos de un ser llamado a trascendencias sagradas. Ya en la adolescencia bastaba que Marie Cécile tarareara mientras jugaba al dominó ?el Señor es mi pastor?, para que sus contrincantes, impactados por la sonoridad cristalina de su voz, olvidaran sus tácticas más exitosas y perdieran todas las partidas. Contrariando las disposiciones paternas y los controles maternos, a los dieciocho años organizó el coro De Profundisimus, integrado por quince alternadoras de un burdel de las afueras de la ciudad que interpretaban como ángeles la música sacra del siglo XII. A los veinte años abandonó la ciudad y se trasladó al norte de Alemania. Allí creó el coro de hombres Homo Musikus, que interpretaba danzas populares y una especie de lo que actualmente llamaríamos música de fusión, inspirada en los antiguos lieder y en las canciones tradicionales de los marineros del puerto de Hamburgo. Casada con el segundo tenor de dicho coro y a su vez dueño de una reconocida empresa cervecera, organizó varios conciertos al aire libre auspiciados por la mencionada empresa. La curiosidad consistía en que el escenario estaba realizado con barriles perimetrales llenos de cerveza, los cuales, en los intervalos de las interpretaciones corales, se abrían al público asistente y a los vocalistas, con la ya por entonces famosa modalidad de canilla libre.

Promediando los cuarenta años, viuda y accionista de la empresa de su marido, regresa a su ciudad natal donde funda, en homenaje póstumo a su padre, su madre y su marido, un conservatorio que utiliza un xilofón construido por ella misma con botellas de cerveza. Lamentablemente, la historiografía musical no ha reconocido hasta el presente los aportes de esta gran musicóloga y luthier. Del novedoso xilofón quedan solamente xilografías y grabados en una colección privada.

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