arriesgada Renée

ija de una costurera soltera de los suburbios de Lyon, Renée creció entre agujas e hilos. De temperamento liberal, nada habitual en la segunda década del siglo pasado sostuvo largas discusiones con su madre por su sistemática negativa a hilvanar por segunda vez las prendas luego de ser probadas a las clientas. Simplemente con una mirada, Renée sabía donde soltar o entrar una costura.

Conservadora y altiva, para su madre el hilván era el ABC de toda confección y no transó con sus reclamos. La separación comercial entre madre e hija dejó secuelas no solo en sus propias vidas, dado que nunca más volvieron a verse, sino en la propia clientela, que como es de suponer se dividió entre quienes adherían a una u a otra. Pero sus adherentes quedaron por el camino. Rápidamente Renée abrió brecha en otro sector de la indumentaria, confeccionando equipos de fútbol para la tercera división de un cuadro de ciertos méritos. Con sus primeras ganancias equipó con nuevas máquinas su taller y contrató un aprendiz para supervisar las pruebas, evitando así el pudor de algunos jugadores. Anexó a su taller «el salón de pruebas», ambientado con dos espejos de cuerpo entero, donde los jugadores podían verse de frente y espalda. Cuando el jugador de turno se probaba la nueva prenda, Renée entraba discretamente y a golpe de ojo registraba los ajustes o los aflojes necesarios. El éxito del emprendimiento tuvo de todas maneras alas cortas. Los celos del aprendiz, profundamente enamorado de Renée, se pusieron de manifiesto cuando el capitán del cuadro se probó un nuevo pantalón y Renée propuso la variante de realizar los arreglos in situ. El tácito acuerdo del capitán desencadenó la furia del aprendiz, que provocó una violenta escena de violencia en el fútbol fuera de la cancha. Decepcionada con la renuncia del aprendiz, que sin duda constituía su mano derecha, Renée clausuró su taller. Al poco tiempo, su visión de futuro nuevamente la puso en el candelero del pret a porter alternativo. Luego de contratar a tres modelos que respondían a tres tallas estándares, creó la primera boutique de prendas interiores masculinas. Interesada en profundizar las ventajas de las pruebas con el método propio de ajustes y aflojes in situ, eligió modelos con mentalidad abierta y sin falso sentido del pudor. Cuando los modelos, por dietas inapropiadas, alteraban las tallas estipuladas, cosa que percibía inmediatamente, convocaba a nuevos aspirantes a quienes seleccionaba rigurosamente. Con diseños exclusivos y bajo los estrictos dictámenes de la moda de la época, a saber: bóxer holgados y hasta la mitad de la pierna, los más encumbrados hombres de Lyon se vestían y se desvestían íntimamente con la marca «R de R» (R de Renée). Todos los años y durante décadas Renée pasó sus lujosas vacaciones en Niza, donde en fiestas exclusivas encontraba inspiración para nuevos diseños. Inmerecidamente olvidada, reivindicamos a Renée y a la marca «R de R» como el aporte más valioso del siglo pasado a la moda íntima masculina.

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