la libertad de Patricia

ontar cómo llegó a estar presa la moviliza: «Es una historia muy fea, muy desagradable, pero como yo siempre digo: la cruz creo que va a quedar de por vida, es un pasado que nunca voy a olvidar», aseguró Patricia Goller a La República de las Mujeres mientras comenzaba a relatar lo que sucedía en aquel momento.

Con su pareja y sus tres hijos habían vivido en España. Pasaron por Paraguay antes de regresar a nuestro país para arreglar algunos temas familiares. Pero «él venía arrastrando su violencia desde hacía muchos años. Fue como la gota que rebasó el vaso. Un día reventé», cuenta Goller, que prefiere no ahondar demasiado porque si no «empezás a lagrimear».

Ella fue procesada en primera instancia en Canelones, y a sus tres hijos los enviaron a un internado al que no pudo ir a verlos demasiado, en parte porque se complicaban los traslados y en parte porque el colegio «nunca estuvo muy afín conmigo, me discriminó», lo que le significó una nueva tristeza.

 

EL PROCESO DE ADAPTACION

A la primera etapa de pasaje por la cárcel de Canelones la describe como muy angustiante, con pocas perspectivas, aunque ella «siempre preguntaba por trabajos para hacer» y en el último tiempo (estuvo allí durante 30 meses), se ofrecieron algunos cursos de plástica y cocina. «Yo me dedicaba a hacer cosas dulces», para sacar al resto de la rutina, evoca.

Luego de varias solicitudes logró la autorización del juez para ser trasladada a la cárcel de Cabildo, a donde llegó en agosto de 2002. Pero la «adaptación» a la vida sin libertad aún continuaba para ella y más aún en este establecimiento que, según cuenta, en esa época «no tenía nada, la asistencia médica era terrible y el control era mucho más intenso».

«Yo me armé como pude», relata Goller, pues provenía de una realidad completamente ajena a la jerga carcelaria y tuvo que mostrar que «era una presa diferente a todas las demás», que no conocía los códigos y, de a poco, tomar aquella instancia como una «escuela».

Como no quería quedarse «estancada», demostró que deseaba salir adelante, aunque no fue fácil porque a pesar de tener abogados privados «no eran buenos» y en muchos casos «terminé sabiendo más que ellos» de los asuntos que importaban para su causa.

 

SIEMPRE HACIA DELANTE

A pesar de todo y tras cuatro largos años de adaptación, Cabildo fue para Goller el lugar en el que «se abrieron más las puertas en el contacto con la sociedad», pues comenzó a aprender en talleres como el de cestería modos de fabricar objetos que le permitirían ganarse la vida, a la vez que logró obtener un trabajo en una fábrica con el que siguió hasta hace pocos meses, luego de la libertad anticipada.

«La gente que venía de afuera a ver nuestras cosas siempre te tiraba buena onda y eso te hacía bien», relata, pero su condena era larga y eso a veces «tiraba para abajo». En principio, y aún considerando algunos atenuantes, la pena era de 20 años: en el proceso terminó en 15 y más adelante, al aprobarse la ley que permite computar por dos días trabajados uno menos de condena, su cumplimiento resultó extendido hasta el 2014.

Fue así que tuvo la oportunidad de pedir la libertad anticipada, la que le fue otorgada a pesar de que según cree «no es común con un delito como el mío». Quizá, aunque nunca pudo presentar su caso como de legítima defensa, los adelantos legales sociales en materia de violencia doméstica influyeron a su favor.

Uno de los jueces que tuvo a cargo su causa le decía: «Es una lástima Patricia, porque si vos hubieses presentado como antecedentes esos grandes golpes que recibiste durante años todo hubiese sido distinto».

Para Patricia lo peor no habían sido los golpes sino el maltrato psicológico, porque » si estaba 10 días con la cara reventada igual iba a trabajar, no me importaba»; el problema era que el destrato psíquico «queda marcado mucho más a fondo». No obstante, asegura que si una pareja falla, «es porque fallan los dos».

 

REHACER LA VIDA

Regresar a la vida en libertad es una alegría inmensa, pero también un nuevo golpe por varias razones: en primer lugar el encierro y el control también tienen algo de contenedor; estar de nuevo, después de tantos años, moviéndose por sí sola no siempre es fácil y mientras habla Patricia Goller la voz, por momentos, se le traba.

Pero, además, como madre perdió la adolescencia de sus hijos, que actualmente tienen 17, 19 y 20 años, y eso «duele mucho, vos salís cuando ellos ya crecieron», cuenta entre lágrimas. Aunque ahora vive con dos de sus hijos, ella siente que en el fondo no hay vuelta de hoja: «la familia se te deshace».

Goller se describe como una persona «muy sentimental, muy romántica», que mide las cosas con el corazón; eso hace que por momentos sienta que extraña la cárcel. Es que la vida fuera de ella se le está haciendo difícil, cuenta arriba. La despidieron de la fábrica donde trabajaba desde antes de salir en libertad: dijeron que era «reducción de personal».

«Yo viví muchos años en Europa y en parte me conceptúo más como europea», dice tratando de explicar por qué le cuesta hallarse en este Uruguay tras la cárcel, de la que salió en julio de 2008. Pero, además, «todos mis dolores están acá y en parte rechazo este país porque tiene esa carga para mí, aunque es un país hermoso».

Hoy por hoy está abocada a la elaboración de distintas artesanías: la cestería que aprendió en la cárcel y objetos en cerámica. Tiene muy buena formación y experiencia en secretaría y en el área gastronómica. Está dispuesta a conseguir un nuevo trabajo, si alguien tiene una oferta puede avisarle al teléfono 096 273 020.

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