Rosita dos por cuatro

osita fue mucho más que una milonguera de mi flor en los bailes canyengues del barrio El farolito. Nunca aceptó cafishos ni fiolos ni otarios que fueran su perdición. Siempre manejó sus finanzas como si hubiera conocido los tejes y manejes de Wall Street. Nunca, ni en los peores momentos de su vida, a saber cuando se le incendió el tapado de armiño o cuando le cortaron la luz por un año, dejó de venerar la figura de su padre, un humilde relojero aficionado a la ópera. Compositora, intérprete y coreógrafa, el tango fue para Rosita una especie de revelación. Una mañana, mientras su padre, entre engranajes y agujas rotas, tarareaba el brindis de La Traviata, ella entendió que había cosas que sólo las podía decir el tango. Fue así que escribió su primer tango: Brindis y engranaje, jamás interpretado por ella ni por nadie y que pasó a la fama precisamente porque según ella misma «todavía no nació quien pueda interpretar un tango tan operístico». Preocupada por la endeble salud de su padre, procuró en vida no darle ningún disgusto, para lo cual fue desarrollando una doble vida, que lejos de provocarle una angustia esquizofrénica, le permitió enfrentarse a malandrines y cachafaces como toda una dama. Durante el día era una humilde planchadora, capaz de dejar sin ninguna arruga visible las blancas camisas del presidente del club Social y Deportivo El Farolito, un hombre ególatra y celoso. Obsesionado por Rosita llegaba a usar hasta cinco camisas por día para que no tuviese tiempo de planchar a nadie más. Por la noche, cuando su padre empezaba a roncar, Rosita taconeaba hasta el Mistinguette, un tugurio de rompe y raje, en el que las minas se enfrentaban a cualquier cajetilla que las mirase con los ojos revirados. Una noche, la doble vida de Rosita llegó a su fin. Molesta por un guiño lascivo del presidente del Farolito, fue hasta la pensión, volvió con una plancha y empezó a revolearla al compás de un bandoneón. El desparramo que se armó fue suficiente como para que el fulano supiera cómo eran las cosas.

A partir de esa noche dejó de planchar camisas y fue la reina indiscutida del Mistinguette. En cuanto pudo se mudó con su padre al centro, a la suite de un hotel cuatro estrellas. Un amanecer, cuando entraba de puntas de pie a la habitación que compartían, lo encontró muerto con un reloj a medio arreglar en la mano derecha. Afligida, en una sola noche escribió más de quince tangos. Todos tenían ese qué se yo que hacía llorar de pena con solo anunciar el título; basta mencionar, Por qué te fuiste, papá; En tus brazos, papá; No me dejes papá. Sumida en una tristeza de azúcar y de hiel, parte hacia La Habana en un barco de carga.

Por mucho tiempo nadie supo nada de su rumbo infeliz hasta que por fin una noche regresó al Mistinguette, con una licencia para importar ron cubano. Flor y nata de las minas arrabaleras que saben lo que quieren, en la etiqueta de las botellas resplandecía una imagen radiante de Rosita cantando tangos en un salón exclusivo de La Habana.

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