Poder Judicial en el banquillo

l próximo 4 de marzo, en la Facultad de Comunicación de la ORT, se presentará el libro «Silencio, violencia doméstica (un caso)», escrito por el periodista Andrés Alsina con el apoyo de Unifem y del Instituto de Comunicación y Desarrollo.

«El objetivo de este trabajo es mostrar la carnadura de un mal que cruza la sociedad, disimulado en una diversidad de silencios cómplices por razones subalternas a los derechos humanos que viola: intereses materiales, reglas de juego para ascender en la carrera funcional, complicidad gremial, machismo también en mujeres, preservación del statu quo, el no te metás y un largo etcétera», explica Alsina antes de sumergirse en el minucioso reportaje en profundidad de un caso de violencia doméstica y abuso sexual que considera paradigmático.

Los hechos son reales y dramática la peripecia de Matilde y de Pedro y Manuel, sus dos hijos, en los vericuetos de un Poder Judicial, al decir de la doctora Ana Lima, consultora de Unifem presente en el introito de la obra, «incapaz -las más de las veces- de una escucha activa, respetuosa y sensible».

Muchos años ­buena parte de los cuales transcurrieron en la ignorancia judicial de los esfuerzos de Matilde y sus sucesivas abogadas para demostrar que la violencia doméstica sufrida por los tres y el abuso sexual del menor de los hijos sucedieron efectivamente- no alcanzaron para hacer justicia. Sobraron, en cambio, para que las víctimas conocieran en carne propia otra violencia: la institucional que se ensañó con ellas.

 

OIDOS SORDOS

Alsina desarrolla el reportaje a partir de la presencia temprana de la violencia en la pareja, pasando por una separación que transforma a los hijos de espectadores involuntarios en víctimas directas en tanto herramientas para perpetuar la agresión a la madre de ambos, incluyendo el abuso sexual del menor, consignando fundamentalmente desde la visión de Matilde, el tratamiento del caso en sedes Penal y de Familia. Dos instancias que permanecieron tercamente «incomunicadas» – lo que propició la multiplicación de pericias (siempre a las víctimas, nunca al victimario)- más preocupadas por demostrar que Matilde manipulaba a los hijos para vengarse de su ex marido, que por indagar la conducta de Mike, el hombre que además de violentarlos física y psicológicamente a los tres, fue acusado de «ofrendar» a su hijo al abuelo a sabiendas de que atentaba sexualmente contra él cuando quedaban a solas.

En el fuero de Familia, cuanta vez el padre insistió en visitas que el hijo rechazaba, se hizo caso omiso del contexto de violencia: fue más fácil declarar sospechosa a la madre e influenciado por ella al niño. Un niño que se fue convenciendo que a sus palabras se las llevaba el viento cuando lograba pronunciarlas ante funcionarios para quienes parecía no existir pese a que debían protegerlo.

El esposo y padre acusado, en cambio, siempre fue escuchado en esos ámbitos. Es que «El hombre, más si es un profesional, cuenta con la ´credibilidad´, y la mujer es colocada en el lugar de la ´sospecha´, subordinada, sometida y descalificada; para peor, la víctima se transforma en una victimaria victimizada por la sociedad», sintetiza también en el introito al reportaje Ana Falú, directora regional de Unifem para Brasil y los países del Cono Sur.

Pero la mujer/madre sospechada tenía las cosas claras: «La mamá loca y despechada dice que su abuelo abusó del menor, entregado por su papá. Acá no se expidió nunca la justicia, y no importa si la mamá es loca, psicópata, despechada y quiere vengarse. No importa. No importa si el padre es un pobre mártir que es maniobrado. Acá hay profesionales ante un ser humano (Manuel) que dice que pasó tal cosa y esa cosa se ha podido comprobar», hizo saber a los magistrados.

 

LO QUE PASO Y SIGUE PASANDO

«Me guió la convicción de que somos capaces del pudor y del respeto a la integridad de las víctimas, más, por ejemplo, que el sistema judicial. Me guió también el principio de que lo más escandaloso del escándalo es acostumbrarse a él», asegura Alsina explicando sus motivaciones para escribir el libro.

«Esperamos que este libro apoye la construcción de caminos colectivos y que sume huellas a los esfuerzos que vienen gestando en nuestro país y en el mundo ciudadanas y ciudadanos… que un día se atrevieron a soñar que es posible una vida sin violencia. Para que lo que le ha sucedido a Matilde y a sus hijos, y a tantas otras mujeres, no sea en vano. Para contribuir a romper el silencio», escribe Anabel Cruz, directora del Instituto de Investigación y Desarrollo (ICD).

«Más allá de las circunstancias, acá nunca se cumplió con la ley. Yo denuncio un hecho para que la justicia de este país diga si es o no un delito. Y me encuentro con la sorpresa de que el sistema judicial no investiga, no junta pruebas y me las exige a mí. Es loco, si yo no manejo la policía ni recursos investigativos. ¡Pero si yo pido que me pasen a un chiquilín al forense y ni siquiera lo ve el forense! Claro, me vengo a enterar dos años después que el ano cicatriza y entonces no se puede hablar de violación. Pero yo moriré sin saber si mi hijo fue violado», recoge Alsina de las palabras de Matilde.

Su defensora denunció «que los expedientes no traslucen la realidad de los procesos. Nada de lo que denunciamos surge de actas».

«Ya lo dijo Matilde: el sistema judicial fue el mayor colaborador de Mike; hasta fue más protagonista que el protagonista (…) No, la justicia no es para Matilde y sus hijos (…) Ella es mujer. Y entonces lo peor no es todo lo que le pasó a ella y a sus hijos, es lo que sigue pasando», concluye Alsina en la sexta parte del riguroso reportaje, la que refiere al presente.

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