El currículo oculto

Durante los últimos 20 años, ¿en qué aspectos crees que se ha avanzado respecto a la equidad de género?

 

.- Sin duda la mujeres hemos ido ganando espacios. Incluso a nivel legislativo se están discutiendo cuestiones importantes como la cuota política. Pero creo que ahora debemos abocarnos a pensar cómo el género masculino también debe resignificarse y ayudar a ello. Parecería que lo nuestro es una suma: cada logro lo agregamos a todo lo demás que ya hacíamos y de lo que se trata ahora es de repartir un poco más, por ejemplo en lo doméstico.

 

– ¿Qué herramientas tenías cuanto te recibiste y con cuáles contás ahora para trabajar el tema?

– La escuela no sólo es un ámbito de formación de personas, sino que además es un espacio que desde el vamos marca el deber ser del niño y de la niña. Por eso es fundamental vernos a nosotros mismos como educadores y pensar nuestras prácticas; quizás respecto a estos temas tengamos más información ahora para hacerlo. Pero queda muchísimo por hacer, apenas se ha comenzado tímidamente a trabajar, pero se trata de experiencias individuales y no de una escuela que como institución promueva otros valores. También de un ámbito de conocimiento a construir, al menos en Uruguay. Y allí hay dos cosas para pensar: por un lado el currículum explícito y por otro el currículo oculto, que es todo aquello que de forma implícita esperamos del niño o la niña. Por ejemplo, esperamos que el niño sea el más asertivo, el que decida, el más fuerte, y a la niña le adjudicamos el lugar de los afectos, de la sensibilidad. Haciendo una autocrítica o una introspección, también he repetido muchas veces estos modelos en el aula. El problema es que es una cultura que nos construyó también a nosotros. Y me atrevería a decir que no sé hasta que punto hay tantas personas comprometidas con la equidad de género a nivel racional, porque también tiene que ver con ideologías.

Es importante llevar a plano consciente todos los estereotipos que reproducimos, pensar si nos parecen bien, reflexionar acerca de si hay una base natural o se trata de un asunto cultural el de las diferencias asignadas a cada género. Incluso pensarnos como maestros y encontrarnos con que tenemos una imposibilidad de nuestro imaginario de ver esas características que asignamos a lo femenino en otro cuerpo, por ejemplo el de un varón, o al revés. Eso nos ha generado mucha discriminación.

 

– ¿Recordás alguna anécdota que pueda ilustrar esto que decís?

– Hace cerca de 10 años, en un taller de teatro en inglés, propuse la representación de «Pateando lunas», un cuento de Roy Berocay en el que la protagonista, una niña, comienza a jugar al fútbol. Fue una experiencia impresionante para la niña que hizo el personaje y para su familia, que asumió que los había movilizado enfrentarse a otra posible forma de actuar de su hija. Pero hay otros casos, sobre todo con los varones, en que la familia se preocupa ante el crecimiento a nivel teatral de sus hijos. Recuerdo padres que me pedían entrevista y me decían: ´Che, Gabriela, yo que sé, no estoy convencido de que siga con el taller de teatro`. Yo les decía: ´No lo saques porque es sensacional´. ¡Y cuanto más insistía en su capacidad, más rápido se convencía el padre de que lo iba a sacar! Eso se me repite hasta el día de hoy, por ejemplo, insistiendo para que se inscriban en otro taller y desvalorizando el de teatro.

 

– Y en los docentes, ¿en qué actitudes lo visualizas?

– He visto a docentes varones hacer chistes para los niños y no para las niñas. O para entrar a una clase al varón se le dice: `Dale Juan, va, va, va´, golpeándolo en la espalda, y a la mujer: `Carolina, entrá…´ Estas son algunas de las cuestiones que integran el currículo oculto, la idea de que el varón requiere un tono de voz más tosco y la mujer una suavidad que la mantenga en ese color de rosa.

El problema es que no se trata tampoco de una guerra de sexos, se trata de combatir una postura machista que no siempre va de la mano del varón. Yo creo que debemos resignificar ambos roles de género. Y nosotros, los docentes, somos los reproductores número uno de la sociedad. Además de estos valores que se defienden, tan desgastados y vacíos de contenidos muchas veces, como por ejemplo la tolerancia, deberíamos integrar el valor de la equidad de género.

 

– ¿Cuál es entonces el camino?

– Arrancar sin duda por la revisión de nuestras prácticas docentes, tener en cuenta el respeto por las diferencias para que no sean poco felices quienes tienen actitudes asignadas a otro cuerpo distinto al de ellos, pues este es un tema preocupante.

Como decía un educador argentino que vino hace poquito, Ricardo Vaquero, tenemos que desarrollar y traer a la conciencia la vergüenza de lo que estamos reproduciendo, pues allí ves con claridad los resultados.

Yo en eso soy muy defensora del niño, la niña y adolescentes, porque muchas veces se les cargan a ellos las tintas y nosotros realmente tenemos una gran responsabilidad. Retomar la vergüenza puede ayudarnos a poner en el tapete el asunto y trabajar para transformarlo.

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