Masculino/Femenino

Cómo fue tu encuentro con la opción de la docencia de Filosofía?

– La opción fue en principio por la Filosofía, la docencia vino después. Sobre todo la elegí porque el hecho de educar materializa un poco el estudio de una disciplina, que es como la hermana menor del conocimiento. Mi preocupación ya no es tanto el qué sino el cómo educar.

 

– En tus actuales prácticas docentes y comparando con tu propia historia educativa, ¿advertís cambios respecto a los valores que se transmiten sobre lo femenino y lo masculino?

– Lo que siempre me llamó la atención desde que iba al liceo, es la diferencia en lo que se recepciona del discurso masculino y del femenino. Tiene mucho que ver con la razón y el logocentrismo, que se han construido como una actividad puramente masculina y ha excluido todas las formas femeninas de conocimiento. Se nota muy bien en el liceo, cuando por ejemplo el aspecto creativo es el hombre quien lo tiene permitido, porque es quien parece que puede estar más allá de lo que se dice y hablar sin tomar en cuenta lo que dice el o la docente; en cambio, la actitud femenina que es aplaudida es la de una reproducción prolija y sistemática de lo que se dice, tener el cuaderno subrayado, hacer escritos que por lo general son de notas mucho más altas que las de los varones, de excelencia. Los varones en el fondo, medios tapados, «canchereando», y las mujeres en la primera fila. Podría interpretarse como la actitud del excluido que trata a toda costa de formar parte. Y esto es un problema porque parece que se tratase de ocupar el lugar de lo masculino, de adaptarse a sus normas, en lugar de construir una identidad propia.

 

¿Ves lo mismo en otros ámbitos de lo social respecto de las mujeres?

– Sí, creo que las mujeres mediáticas, al menos en Uruguay, si bien intentan ser muy femeninas, en sus actitudes suelen ser muy masculinas. Están en una actitud que parece tender a acomodarse en esos espacios masculinos, no a crear nuevas formas de ocupar esos lugares.

 

¿Habría que pensar en una educación que permita el desarrollo de la identidad femenina?

– Sí. Uno como docente siempre está en ese juego ambiguo en el que por un lado se siente atraído por cómo piensa determinado tipo, que se sale de las lecturas clásicas de un texto, pero a su vez no tiene otra que premiar la actitud reproductiva. Que además refuerza la cuestión liberal del «juntar puntos, demostrar lo más posible que uno hace lo que tiene que hacer para estar donde está». El escrito es una instancia bien paradigmática, porque es donde el profesor que cumple el lugar del poder te ve, evalúa si estás cumpliendo, tiene algo de la práctica de la confesión.

 

– ¿Visualizas alguna solución para esa situación?

– Y, es medio difícil, al menos en lo práctico. Se podrían tomar dos caminos. Uno es suponer que no existe tal distinción entre lo masculino y lo femenino, al menos en el hecho de compartir una misma y única racionalidad, para lo cual entonces se podría armar un único discurso dirigido a ambos. El problema de esto es que sería hasta contra histórico, porque hay procesos culturales ya muy sedimentados, que al menos hacen funcionar a ambos como distintas racionalidades aunque no lo sean. Otro es suponer que se trata, aunque a través de construcciones culturales, de dos racionalidades distintas. Y uno se encuentra siempre en ese lugar paradójico de querer construir un discurso universal que alcance a todos suponiendo, ya que en realidad eso no es posible. Lo que yo tendería a pensar es que puede que tal razón única existiera pero luego habría que negarla, pues la historia hace que después nos volquemos hacia lo femenino y lo masculino. El tercer paso sería entonces que diera lo mismo tender hacia lo masculino o hacia lo femenino, cosa que hoy no pasa. Quizás habría que resignificar qué acciones me definen como varón o mujer o, por lo menos, dejar de entenderlas como inamovibles. Por ejemplo: yo soy varón, entonces no lloro, no soy prolijo y demás. Y si soy mujer, tengo que ser todo aquello que no es varonil.

 

Pareciera que lo femenino se define por lo que no es…

– Eso era algo que le preocupaba mucho a Freud: decía que la mujer está en todos lados pero no la podía definir. Estás condenado a no poder decir lo que es. La mujer es la madre, es la maestra, es la que reproduce todo, pero no toma la forma de nada.

Y es raro, porque si bien hay un movimiento feminista y de mujeres cada vez más fuerte, también se ha ido como encerrando. La manera de liberarse el obrero del capitalista no es cortando todos los lazos con el capitalismo y reivindicando su ser obrero, que parece ser lo que quiere hacer la mujer: cortar todos los lazos con el hombre y decir yo voy a ser lo que quiero ser realmente. El problema es que la mujer ha estado construida desde el otro, entonces termina tropezando. Quizás en la educación habría que colaborar a la reflexión acerca de esto, teniendo en cuenta que son las dos partes las que deben resignificarse. El problema es que el hombre no está muy dispuesto a hacerlo.

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