Veinte años cumplidos

einte años no es nada», popularizó el tango «Volver». Seguro que Alfredo Le Pera, autor de la letra, no tuvo que hacer La República de las Mujeres semana a semana durante dos décadas…

Más realista parece Joaquín Sabina cuando canta » Veinte años cosidos a retazos de urgencias y rutinas…». Las urgencias son una constante en la labor periodística; las rutinas una necesidad, aunque a menudo las desborde lo inesperado.

Lo cierto es que veinte años de reflejar historias del día a día, constitutivas para sus protagonistas, poco «interesantes» para la mayoria de los otros medios, supuso un desafío enorme.

Si a ese registro metódico se suma la abierta promoción de conductas diversas a las decretadas por los cánones culturales tradicionales, la subversión no es puro cuento.

Asumiendo la agenda feminista y del movimiento de mujeres, sin exclusiones, respetuosa de la diversidad, «rompiendo códigos» y defendiendo principios, bajo la crítica ácida de temerosos a los cambios, consciente del riesgo de desacreditación que la asechaba, La República de las Mujeres comenzó a caminar con el apoyo de las lectoras que, asombradas primero e identificadas después, tomaron en serio la propuesta participativa y se dispusieron a hacerla suya.

La desconfianza del poder masculino, hasta entonces tan poco cuestionado, se hizo notar. No obstante, aunque no fuera más que por curiosidad o para poder decir que lo que hacíamos «no era periodismo», algunos varones se asomaron a las páginas y todo sirve si de abrir cabezas se trata.

Veinte años literalmente escritos y fotografiados hablan de muchas transformaciones. En 1988 hubo que ponerle nombre a los obstáculos que encuentran las mujeres en el camino de recuperar la condición de sujetos plenos de derecho que nunca debieron haber perdido. Hoy forman parte de las conversaciones cotidianas la violencia doméstica, la discriminación laboral, el sexismo, la salud sexual y reproductiva, la diversidad sexual, la participación política equitativa, el lugar de las mujeres en el desarrollo sustentable, entre otros temas que también asaltaron la agenda política y la gubernamental.

Una ley de violencia doméstica, un plan nacional para combatirla, el primer plan nacional de igualdad de derechos y oportunidades en ejecución (pionera, la Intendencia de Montevideo ya empezó a desarrollar el segundo), la remisión al Parlamento -por primera vez en la historia- de una relación de los compromisos que en materia de equidad asumió el Poder Ejecutivo, la educación sexual incorporada a la currícula de todos los niveles de la educación pública, son logros concretos conquistados palmo a palmo.

Pero todavía no es la hora de cantar victoria. Apenas más del 11% de representación política femenina en el Parlamento y sin medidas que tiendan a equilibrar el reparto de bancas; asignación inequitativa de cargos ejecutivos; brecha salarial pese al mayor nivel educativo femenino; feminización de la pobreza (la mayoría de las jefaturas de hogares pobres están a cargo de mujeres) y de la pandemia de VIH-sida; no reconocimiento de la capacidad de las mujeres para decidir sobre sus propios cuerpos y su potencialidad reproductiva; responsabilidades familiares sin distribuir; estadísticas alarmantes de violencia doméstica y sexual contra mujeres, niñas y niños, son indicadores de un preocupante déficit democrático.

Sin desmerecerlos, hay avances que todavía no van mucho más allá del papel y el discurso políticamente correcto. Los cambios cuestan, no solo en términos de transformaciones culturales profundas: también en recursos contantes y sonantes. La amalgama de convicción y responsabilidad que puede abrir las billeteras públicas, sigue sin estar a punto y hay evidencia: ante la última rendición de cuentas del gobierno progresista, es resistida la inversión en la erradicación de la violencia doméstica.

Cumplir veinte años no fue un objetivo de La República de las Mujeres, su presencia está al servicio de los procesos que conduzcan a las metas.

Es cierto que los temas que viene abordando fueron abriéndose paso en otros medios no especializados; eso sí estaba entre los objetivos y lo celebramos. La cuestión es el cómo, el cuánto y el para qué. Y volvemos a aquello de que lo políticamente correcto no es igual a compromiso real de cambio.

Más allá de la visión general que antecede, la idea de esta edición es que el balance de lo que hay y lo que falta lo hagan quienes sientan que vale la pena pensar en estas cosas. Para estimular la reflexión, le dimos voz a jóvenes que nacieron con el suplemento, veinteañeras de hoy que se preparan para hacer su aporte desde distintas tiendas: algunas encarando la seria responsabilidad de promover cambios educativos desde el pie, como se debe hacer; otras frente al desafío de modernizar democratizando los medios de comunicación. Un varón del mismo grupo etáreo agrega su propia visión.

También procuramos la mirada de mujeres que hace 20 años se animaron a emprender, en distintos campos y de acuerdo a sus vocaciones y posibilidades. Son las que vivieron las transformaciones de las últimas dos décadas y pueden mostrar lo que significaron en su vida profesional.

Los testimonios podrían haber sido muchos más y seguramente algunos de los que faltan estarán en estas páginas más adelante. La de hoy es apenas una muestra de protagonistas del presente que se empeñan en seguir construyendo historia.

Como sucede en los aniversarios, y más cuando se trata de números redondos, recibimos muchos mensajes emitidos desde Uruguay y desde otros países de la región. Hoy los compartimos, agradeciendo el acompañamiento en un momento importante de la trayectoria de una publicación que no se rinde.

¡Salud!

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