el lugar de las mujeres en las maras
abel Muñoz ha realizado diversas exposiciones en las que destaca su interés por el impacto en los cuerpos de las diversas formas de convivencia adoptadas por el ser humano. Su fuerte inclinación hacia lo social se refleja en la muestra que puede visitarse hasta el 30 de agosto en el Centro Cultural de España (Rincón 690, Montevideo) e intenta acercar una mirada sobre las maras o pandillas salvadoreñas, desde los cuerpos de sus protagonistas como rastros de un modo de vida que prioriza la violencia.
Muñoz contó además con el apoyo y la curaduría de Publio López, reconocido «comisario» en diversas muestras fotográficas, entre las que se destaca «150 años de fotografía en España», que tras presentarse en Madrid recorrió varias ciudades del mundo. La autora de la muestra valora en López una gran sensibilidad para enfrentarse y comprometerse en este caso con una mirada particular de las pandillas.
SENTIMIENTOS ENCONTRADOS
La fotógrafa reconoce que el recorrido que la llevó a concretar la actual muestra, pasando por las cárceles que alojan a la mayoría de quienes integran las maras, «ha implicado muchas cosas, pues todo lo que cuento tiene que pasar antes por mi corazón«. En este caso, ello ha implicado vincularse con «gente asesina», que le generaba una contradicción interna entre no olvidar lo que han hecho y tener en cuenta que los asesinos son seres humanos, con sentimientos» que, asegura, es lo que ha intentado mostrar.
«Para mí implica rabia, por un lado; pero te genera motivación para ver el modo de denunciar y colaborar para que no siga existiendo». En la pandilla matar o morir es la consigna, y para Muñoz esto es injusto porque » la juventud se merece soñar» y no vivir esa etapa formativa como sujetos privados de «saber leer, escribir, tener ilusiones o afectos». Sin embargo, la autora no es ingenua : las maras no son la única manifestación de esta «cultura de la violencia» en la que sus jóvenes integrantes son víctimas y a la vez victimarios; lo compara, por ejemplo, con los niños y niñas que en tantos países viven en las calles.
VIOLENTAS Y VIOLENTADAS
En cuanto al lugar femenino en las maras, Muñoz comienza diciendo que «la mujer no deja de ser mujer nunca», a pesar de encontrarse en este caso en «un país machista», y de estar asociada a tribus «mucho más machistas todavía». Si bien por un lado las mujeres » tenemos una forma de querer muy apasionada», esto se traduce en las maras en «un odio y una forma de matar también muy pasional», explica.
Las mujeres de algún modo tienen allí una demostración que realizar, agrega Muñoz, y por tanto tienen que mostrarse «mucho más sanguinarias, más valientes para ser respetadas». Aunque esto seguramente se vincule con la violencia que implica tan sólo su ingreso a la mara, donde queda claro «su papel» en la pandilla: deben optar «entre 18 a 20 minutos de una paliza por todos sus compañeros o que la violen 18 miembros», lo cual es una muestra brutal de la agresión primaria del ingreso.
A su vez, «me encontré en una de las visitas con una chica que estaba embarazada y era increíble como la protegían las demás. Para ellas ese niño era como algo sagrado», asegura la fotógrafa, aunque sin duda se trata del lugar culturalmente asignado a las mujeres: el de la reproducción y quizá eso cifre el respeto.
Para Muñoz, la «cuestión de género» atraviesa la mayoría de sus trabajos, y en su tarea de fotógrafa considera que muchas veces ha estado en posición de denuncia de problemas que sufren las mujeres. En el caso particular de esta muestra, cree que el tema «va más allá, está metido dentro de ese horror que es la violencia de matar por matar», como bandera, sin justificación aparente.
De hecho, otros trabajos de la fotógrafa, tales como uno relativo al tráfico y esclavitud de niñas en Camboya y diversos vinculados a la violencia de género, la homofobia y temas relacionados con la discriminación, son parte de su historia profesional y reflejan su compromiso.
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