Elsa, una vecina peleadora

lsa Tassara asegura que la propuesta surgió de «una necesidad» y no por una idea iluminada, hace unos 24 años, cuando ya «la cosa andaba mal» y con otras vecinas comenzaron a organizar una olla popular, que sostuvieron con el apoyo del tan conocido por esos barrios y hoy fallecido Padre Cacho, quien dedicó parte importante de su vida a impulsar experiencias como esta en barrios periféricos de la cuidad.

Durante los primeros dos años, albergaron la olla popular en un «rancho de chapa y cartón», relata Elsa, cuyo rostro muestra el trabajo para otros de toda una vida. Más tarde comenzaron a construir un mejor lugar con ayuda de Cacho, que conseguía dinero para comprar los bloques y demás materiales que hoy componen el local de unos 80 metros cuadrados.

Después de la olla popular, vino el merendero y más tarde el comedor, con el apoyo del Instituto Nacional de la Alimentación (INDA) y de la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM). Pero mientras, el grupo que se habia formado para organizar la tarea se dividió, al decir de Elsa «porque no nos entendíamos. Más tarde fallece el padre (Cacho) y fuimos quedando solas».

 

ASISTENCIA NO

Con el correr del tiempo se unen al trabajo María y Uli, nuevas vecinas que llegan a vivir a la zona y con su ayuda el comedor sigue funcionando algunos años. Más adelante «la falta de participación» y la ausencia de compromiso con el proyecto le hicieron ver a Elsa «que la cosa había cambiado», y queriendo evitar una pura asistencia a los vecinos, cerraron por un tiempo el local de trabajo.

Para Elsa, el trabajo pierde sentido «Si el gurí viene, come y se va a la esquina», pues está convencida de la necesidad de » tener algo más para ofrecerle». Por ejemplo talleres de plástica, tambores, costura. Sólo comida, a su juicio es un ofrecimiento asistencial, » jodido», del cual obviamente eligió no ser parte.

Actualmente, en un espacio de buen tamaño y aislamiento, construido con bloques y planchada, puertas de madera y ventanas amplias, diversos talleres reúnen a más de 40 niñas y niños del barrio (fueron 160 en algunos momentos), que pronto podrán utilizar también la reciente donación de «doña Margot»: varias computadoras que están esperando una posible conexión a Internet.

Respecto de las mesas de coordinación vecinales, denominadas Servicios de Orientación, Consulta y Articulación Territorial (Socat), que instaló el Ministerio de Desarrollo Social con el Programa Infancia y Familia, Elsa no acierta a saber si lo que siente es un mayor respaldo institucional, pero considera que «se trabaja distinto, aprendés a trabajar de otra manera», pues la coordinación cada 15 días con las organizaciones de la zona ayuda a mirar con mayor perspectiva.

Elsa coordina todos los miércoles talleres con niños del barrio y los sábados los reúne en un ámbito de recreación. Expresa con un orgullo que no esconde que «ellos son parte de la vida de una, pasas a ser la abuela, la tía. Y el niño por suerte, responde».

Dirigiéndonos al local por la calle Castro y ya entre las miradas de niños y niñas descalzas a la entrada de los ranchos, observamos que como a una cuadra había un tumulto de jóvenes. Elsa manifestó su preocupación por lo frecuentes que son esas peleas en el barrio y, tras su disolución, rezongó a los niños que venían de aquel lado: «¿Qué hacían allá? No se metan en los líos de los grandes, vayan a su casa».

La chiquillada del barrio es parte de su vida, aunque trata de » no ser acaparadora» y está convencida de que la niñez es el momento justo para empezar porque «el mayor ya tiene su vida hecha y no colabora tanto. El niño, en cambio, quiere trabajar». Por eso la población a la que se dedica la organización oscila entre los 3 y los 14 años.

 

PREOCUPACION POR EL FUTURO

Igualmente, para Elsa la franja adolescente constituye una preocupación, porque se integra con quienes actualmente están más expuestos a problemas como la droga. A su vez reconoce que «una mujer de barrio como yo, ¿qué tiene para ofrecerles? Un abrazo, un oído, pero eso no alcanza. No hay herramientas concretas, porque además ya con 16 años son padres de familia». Pero, «el ser solidario entre vecinos es lo más lindo que hay», dice Elsa, convencida de que «entre todos los problemas, entre todas las carencias que se ven en estos barrios difíciles, la libertad y la felicidad que tenemos entre vecinos es muy linda», aunque sabe que hay a quienes no les gusta. Otro de los saberes que Elsa está en condiciones de trasmitir a los niños con los que trabaja, además de la lucha y la solidaridad, es el del reciclaje, porque durante 23 años ella fue clasificadora. Aunque en el barrio es un saber compartido, que muchas veces complementan con novedades los más pequeños.

«La mayoría de los niños que participan de los talleres son hijos de clasificadores, y al conocer yo tambien el tema se va contagiando. Ellos mismos de repente te traen la botella y te dicen que sirve para tal o cual cosa». Pero lo más importante es que aprenden que «con un cartón y un poco de pintura» se hace un cuadro «y que no todo es para ir a gastar».

Para Elsa la primera escuela es el barrio, y muchas veces «es más lo que el gurí te enseña que lo que uno le da». No obstante, sabe que en muchos casos los pequeños son quienes cargan con la violencia heredada por los padres y arrastrada por varias generaciones, lo que los coloca en el lugar de los más débiles.

 

MUJERES CON MAS LIBERTAD

Respecto a la condición de las mujeres, Elsa recuerda cuando llegó al barrio la Comisión de la Mujer del Centro Comunal Zonal 11 de la IMM, hace unos nueve años, fue el momento en que ella se acercó a diversas charlas y «eso cambió la realidad, la mía por ejemplo, por no decir la de todas. Despertó cantidad de cosas en nosotras, fue una explosión».

Ahora las mujeres «tenemos más libertad. Antes nos ocupábamos de la pileta, el marido y los gurises; ahora te enteras de una reunión social y querés ir», ejemplifica Elsa. Le parece «lindo que eso pase», y, aunque no ignora que hay violencia de género en el barrio, cree que «la mujer ya sabe adonde puede acudir». El tema la movilizada, porque le tocó que acudieran a ella sus propias hijas.

Sin embargo, «Yo pensé que era más fácil». Elsa creía que alcanzaba con acercarse para terminar con la violencia doméstica, y fue así como llevó a sus hijas a la Comisión de la Mujer. Después entendió que no era tan sencillo: «las sicólogas me decían, no Elsa, no es tan así, hay que respetar los tiempos de la mujer, si quiere venir o no».

«A veces son muchos años al lado de una persona y ya estamos acostumbradas a que toma un palo; que te den un palo es normal entre nosotros. Entonces cuando viene gente como la de la Comuna Mujer, las cosas van cambiando. Y las vecinas después ya sabían que podían confiar. Pero más de una vez nos agarró el marido de una, porque sabía que eras la que ibas a la Comuna y decía que vos la llevabas a su mujer».

«El hombre es hombre, quiere mandar y no dejar el poder que tiene», dice Elsa, aunque considera que hoy las cosas ya han cambiado bastante y hay mejores posibilidades para las mujeres. «El tema más delicado creo que son los niños que reciben la violencia», «historia tan repetida», que hasta «parece imposible de revertir».

«Muchas veces el niño viene a confiarte algo y te pide que no lo cuentes; vos le buscas la vuelta por ser la madre tu vecina o de la familia y, si lo hablas con la madre, ella lo entiende. Te das cuenta porque larga el llanto y cuando una madre larga la lágrima es porque te está escuchando. El tema es que ella también está apaleada o no está preparada, hay muchas cosas…», reflex
iona Elsa.

Es consciente de que el barrio puede generar diversas crianzas, diversos futuros para sus niñas y niños, y afirma que no es lo mismo que «te críen descalzo, requechando y a palos», qu e «con amor y cariño, porque eso se trasmite«. Está segura de que «hay muy buenos padres en el barrio», haciendo lo mejor por sus hijos e hijas, y hay muchos y muchas a los que se les puede brindar ayuda.

Hoy por hoy, Elsa se propone armar un CD con la historia del trabajo en el barrio Aparicio Saravia, una leyenda de la cual es protagonista. Se enfrenta a un desafío «muy movilizador», porque en cada fotografía que vuelve a hojear hay una vida, no siempre con el mejor final. No obsante, es allí donde está viva una realidad que, para ella, es un orgullo que no puede dejar de contar.

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